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Full text of "Ausías March y su época"

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AUSÍAS MARCH 

Y SU ÉPOCA. 


MONOGRAFÍA ESCRITA 

POR 

D. JOAQUIN RUBIO Y ORS, 


PRESIDENTE DE LA ACADEMIA 

DE BUENAS LETRAS DE BARCELONA, CORRESPONDIENTE DE LA DE LA HISTORIA, ETC. , 


Y PREMIADA EN LOS JUEGOS FLORALES 
DE VALENCIA DE 1879. 



BARCELONA. 

IMPRENTA DE LA VIUDA É HUOS DE J. SUBIRANA 

CALLE DE LA PUERTA FERR1SA, NDM. 16 

1883 . 


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ES PROPIEDAD DEL AUTOR 


C. Cr t 


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AUSÍAS MARCH Y SU ÉPOCA. 


4— HH- f 


INTRODUCCIÓN. 

orpresa no escasa debe causar á quien, al hojear por 
vez primera la historia de nuestra patria literatura, se 
encuentra de repente, si es que abre por acaso sus pá- 
ginas por aquellas en que éste se describe, con el asombroso 
florecimiento que alcanzó en el período que abraza los dos dila- 
tados reinados de Alfonso V y de Juan II de Aragón, en el cual 
descuella, á manera de astro de primera magnitud en medio de 
numeroso grupo de estrellas de luz menos viva, el que fué ape- 
llidado por el más fecundo y docto en literarias disciplinas de 
su época, el marqués de Santillana, «gran trovador y varón 
de esclarecido ingenio»; el llamado por la mayor parte de los 
críticos de aquellos y de más cercanos tiempos Petrarca valen- 
ciano; el estrenuo y animoso caballero y elegantísimo y por todo* 
extremo sutil poeta Ausías Mar( h. ¿De dónde deriva el tal flore- 
cimiento, preguntaráse sin duda á sí mismo, si es de los que 
se placen en remontarse á las causas de los hechos? ¿De qué 
punto arrancan las raíces que comunicaron su fecundante savia 
al majestuoso árbol poético, cuyas frondosas ramas se dilatan, 
embelleciéndolas y ofreciéndoles regalados frutos, por las dos 
provincias hermanas, Cataluña y Valencia, y en especial, y 
por más de media centuria, por esta última comarca? 

No somos de los que creen que existen en los vastos cam- 
pos del arte florecimientos aislados, cual en el desierto hállan- 
se oasis completamente rodeados, á modo de islas de verdu- 



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— 4 — 

ra, de mares de tostadas é infecundas arenas, por más que 
reconozcamos la posibilidad, por la historia demostrada, de que 
á deshora aparezcan, á impulsos de una suprema voluntad crea- 
dora, ingenios sobresalientes, en torno de los cuales, y en vir- 
tud de la vida que les comunican, brotan y florecen otros, como 
retoños de un tronco fecundo. Dando de mano á las excepcio- 
nes, y ateniéndonos á lo común y á lo que puede considerarse 
casi como ley histórica, es innegable que do quier que se mues- 
tra lozana y fecunda , en cualquiera de las ramas del árbol de 
la belleza, una manifestación, sea cual fuere, del arte, es, no 
tan sólo porque son á su desenvolvimiento favorables el suelo 
donde arraiga, y las auras que la mecen, y el calor que la vivi- 
fica, sinó porque llegan hasta ella en mayor ó menor abundancia 
y por más ó menos conocidos canales , y á manera de hilos de 
fertilizadoras aguas, las influencias de otros florecimientos, ó 
anteriores ó coetáneos suyos, ya del propio, ya de extraños paí- 
ses. Por esto y porque es poco menos que imposible valorar en 
su justo precio, ni determinar el carácter verdadero de un pe- 
ríodo notable ó de una escuela literaria, sin conocer, además 
del medio ambiente, por decirlo así, bajo cuya más inmediata y 
directa acción se ha formado, las influencias que más ó menos 
han contribuido á darle vida é imprimirle el propio sello y espe- 
cial fisonomía que de las demás escuelas ó períodos literarios le 
distingue, hemos creído que debíamos, antes de ocuparnos en el 
que es, con razón, llamado Príncipe de nuestros poetas, y el pri- 
mero en mérito entre los que versificaron en lengua catalana , 
bosquejar á grandes rasgos, — y ojalá acertáramos en el desem- 
peño, — los hechos que prepararon el florecimiento en el siglo xv 
de nuestra poesía, de que fué aquél el más ilustre representan- 
te y el más acabado modelo, y las extrañas influencias que más 
contribuyeron, sin perjudicar en nada su nativa originalidad, 
á dar á él y á la poesía de su época sello y carácter especiales. 


A principios del siglo xiv fórmase y se desenvuelve allen- 
de la cordillera Pirenaica, — que no era entonces, cual lo es aho- 
ra , línea divisoria de dos Estados, — más por transformación 
lenta que por brusco y no esperado nacimiento, una escuela 
poética que por el lugar donde tuvo su asiento principal, y por 


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— 5 — 

la lengua de que se sirve, toma el nombre de tolosano-catalana. 
Sus nuevos adeptos, que se dan á sí propios el dictado de cul- 
tivadores de la muy noble y excelente dama la gaya ciencia , ape- 
llidan ya antiguos, anticz (1), á los trovadores , sin embargo 
que algunos, y entre ellos Guiraldo Riquier de Narbona, cuyas 
obras, como observa nuestro amigo el señor Milá, señalan la 
transición entre la anterior poesía feudal y cortesana y la nue- 
va escuela, y que murió en 1294, alcanzan los tiempos inme- 
diatos al establecimiento del gay consistorio tolosano. 

No es la ocasión esta de investigar las causas que contri- 
buyeron á que fuesen extinguiéndose sucesivamente, á la ma- 
nera que se pierden en el espacio las últimas vibraciones de 
un eco que se aleja, las voces poéticas que por espacio de 
cerca de dos centurias habían hecho de la Provenza el país 
del amor y de los cantores, y que prepararon el renacimiento 
poético de este lado de acá de los Pirineos, que debía subsistir, 
bien que no siempre con igual esplendor, por espacio de otros 
dos siglos. 

No faltan quienes, obedeciendo á preocupaciones políticas, 
ó dejándose llevar de manías anticatólicas, atribuyan casi por 
entero aquel primer hecho á la cruzada contra los albigenses, 
en la cual no aciertan á ver más que una guerra de religión, y 
de donde toman pretexto para lanzar sobre la Roma pontificia 
más groseros insultos y desentonados anatemas que contra la 
misma arrojó el cínico y licencioso (2) Guillermo Figuera. Al 

(1) Per so qu' el sabers de trovar, lo qual havian tengut rescost li anticz tro- 
vador e civotas doctrinas, las quals degus deis anticz trovadors non han paula- 
das et en ayssó gran re deis anticz trovadors si son peccat, etc. Leys d’ amor. 

Milá, Los trovadores en España , pág. 41, nota 21. 

(2) Ya porque para no pocos es autoridad de grave peso este trovador en sus 
rencorosas sátiras contra la Santa Sede, causante, según ellos, de todas las calami- 
dades que cayeron por efecto de aquella guerra sobre Provenza; ya porque no se 
crea que le calumniamos para rebajarle á los ojos de los que le conocen sólo por 
sus serventesios, nos ha parecido conveniente trasladar aquí el retrato que hace de él 
el biógrafo provenzal, para quien tanto abundan, como observa el que fué nuestro 
amigo Sr. Coll y Vehí (*), los buenos caballeros , los buenos trovadores y las bo- 
no* domaos : «Non fo hom, dice, que saubés caber entre los barós ni entre la bona 
geni; mas mout se fe grazir ais arlots et ais putans et ais hostes et ais taver- 
ners. G s’el vesia bon borne de cort venir lai on el esta va, el era tristz e doleos; 
et ades se percassava de abaissar e de levar los arlots. » 

(*) De la sátira Provenzal, pág. 160. 


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igual délos pájaros que huyen á bandadas de una comarca de- 
solada por repentina inundación, ó de un bosque presa del in- 
cendio, abandonaron, según ellos, para siempre los trovadores 
las antes risueñas campiñas, las florecientes ciudades y las ricas 
y hospitalarias cortes feudales del Mediodía de Francia, huér- 
fanas éstas de sus antiguos señores, y aquéllas, inundadas de 
sangre, puestas por la fuerza de las armas bajo el odiado yugo 
de los Cape tos, para ir á exhalar sus tristes desconorts y sus 
atrevidos serventesios en comarcas más felices y tranquilas. 
Pero sin desconocer ni negar la parte que en la desaparición 
en los países de la lengua de oc de la poesía de los trovadores 
ambulantes y feudales tuvo aquel lamentable suceso, fuerza 
es reconocer que antes que se sintiesen los efectos de aquella 
desastrosa guerra, notábanse los síntomas de una próxima deca- 
dencia de dicha poesía, por no pocos mirada ya, según el tes-* 
timonio de Ramón Vidal, con indiferencia; en cuyas produc- 
ciones había entrado por más el artificio que el arte verdadero; 
que en algunos de sus géneros había pecado por exceso de mo- 
notonía; que había agotado en casi todos, á fuerza de acudir 
con sobrada frecuencia á ellas, las fuentes de la inspira- 
ción, y que habíase hasta cierto punto vulgarizado á puro de 
ser cultivada por tan crecido número de trovadores, algunos 
no más que de mediano ingenio, y por muchedumbres de ju- 
glares que habían hecho de ella uno como á manera de oficio 
mecánico y objeto de grangería. 

Gomo quiera que sea, es indudable que la guerra contra los 
albigenses, sembrando divisiones y odios y siendo ocasión de 
persecuciones, lo fué en gran parte de que algunos trovadores, 
más hostiles á la cruzada por lo que de francesa tenía que por 
lo que tenía de religiosa, y más adictos al bando de los he- 
rejes por perversión del sentido moral que por error de la in- 
teligencia, se dispersaran por Aragón y Castilla, en cuyas cor- 
tes recibieron no menos generoso é ilustrado hospedaje que lo 
habían logrado antes en los castillos de los nobles señores de 
Provenza; siendo esto causa de que se conservara en uno y otro 
reino como un eco de la antigua poesía trovadoresca; la cual de- 
bía ir perdiendo algo de su primitivo carácter, bien que sin des- 
prenderse del todo de ciertos rasgos, que eran como el sello de 
su viejo abolengo, á medida que iba modificándose bajo la in- 
fluencia de la nueva escuela nacida á la sombra de los verjeles 


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— 7 — 

y al amparo de los magistrados municipales de Tolosa; escuela 
que era á su vez una derivación, ó por mejor decir, una conti- 
nuación, aunque algún tanto alterada, de la tradición poética 
que se conservaba aiin, bien que de cada día menos viva, en 
los países de Occitania. 

Sería tomar las cosas de demasiado lejos ocuparnos, en un 
escrito destinado á dar á conocerá Ausias March y su siglo, en 
los trovadores que brillaron en la corte de nuestros monarcas- 
condes de Aragón y Cataluña, en el tiempo que medió entre Al- 
fonso II, el hijo de Berenguer IV y doña Petronila, y don Pedro 
el Ceremonioso. Los Guillermo de Bergadan, los Hugo de Ma- 
taplana, los R. Vidal de Bezalú, los Guillermo de Cervera, 
los Serverí de Girona y otros deben ser considerados como 
poetas provenzales, ya que en la lengua y en las formas mé- 
tricas de éstos escribieron sus versos, por más que hubiesen 
abierto los ojos á la luz en Cataluña y compuesto aquí sus ser- 
ventesios, canciones y tenzones. No hay que buscar todavía 
en sus obras el bell catalanesch de nuestra tierra, qüe esti- 
maba el buen Muntaner sobre el que se hablaba en los demás 
dominios de nuestros condes-reyes. 

La verdadera poesía catalana debía nacer algo más tarde: 
y aunque no ha de renegar de su antiguo origen, antes por el 
contrario se envanecerá en engalanarse con algunas de las 
más estimadas preseas con que se adornaron los viejos trova- 
dores; y tendrá á orgullo que se le conozca el aire de familia 
que traerá de aquéllos, es indudable que la influencia á que 
más ceda, el dejo que más se le pegue, el sello con que más 
hondamente marque los frutos de su primerizo ingenio, cuando 
llegue á sazón de producirlos, serán los que reciba de la es- 
cuela tolosana, más acomodada, fuerza es decirlo, á su carác- 
ter grave y á la índole de su especial j uicio ; — más inclinado 
ésteá producir los sazonados frutos de la razón que las vistosas 
flores de la fantasía; — y á su espíritu mucho más práctico que 
lo fué el de la antigua poesía trovadoresca. 

No es aventurado poner el nacimiento de esta nueva escue- 
la, por lo que á Cataluña se refiere, ya que desde ella fué de don- 
de se dilató por las demás comarcas ganadas en el siglo anterior 
á los musulmanes por la espada del invicto don Jaime el Con- 
quistador, á principios del siglo xiv (1), por más que el pe- 

(1) En él florecieron todavía Ramón Lull (muerto en 1315), Ramón Bruguera 


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ríodo de su mayor florecimiento, en dicha centuria, fuese el del 
reinado de don Pedro el Ceremonioso, en cuya corte resplande- 
cieron y de cuyos favores disfrutaron poetas de tan alto renom- 
bre, entre los nuestros, como Jaime March,el vizconde de Roca- 
bertí y Lorenzo Mallol, que son considerados como maestros en 
el arte de trovar, y durante cuyo reinado se escribieron algunos 
de los tratados (1), que fueron como los códigos á cuyas leyes 
debían someterse y según las cuales eran á la sazón con extre- 
mado rigor, bien que con estrecho criterio, juzgados los pro- 
ductos del ingenio. Cábele, sin embargo, á la escuela poética 
catalana la gloria, — y lo decimos muy alto en honra de nues- 
tra patria y de nuestras letras por los modernos críticos cas- 
tellanos (2) menos conocidas y estudiadas de lo que debieran 
serlo, — de que, aunque bija, ó hermana menor, si se quiere, 
como la llama Milá, de la tolosana, tanto creció y se adelantó 
pronto á ésta, que en lugar de seguir considerándola como á 
su maestra, parece que fué á su vez objeto de estudio y de la 
imitación de sus poetas, sobre todo cuando llegó á su apogeo 
y brilló en todo su esplendor en el reinado de Alfonso V el 
Sabio. 

No sin fundamento, dado caso que se advierten rasgos es- 
peciales y asaz distintos en cada una de ellos, divide el señor 
Milá en tres períodos la historia de la escuela poética catalana; 
es á saber, en el que va desde el reinado del Ceremonioso hasta 
los tiempos en que comenzó á trovar Ausías March ; en el que 
abraza la existencia poética de éste, ó sea en los treinta ó cua- 
renta años de mediados del siglo xv, que coinciden con el rei- 
nado del citado Alfonso V; y por fin, en el que corre entre los 
últimos tiempos del poeta amante de Teresa y los primeros 
años de la siguiente centuria. 

(1228-1315), que compuso una Biblia rimada en romans , y Ramón Muntaner, 
que empezó á escribir su crónica en 1330. 

(1) Milá, fíesenya histórica y critica deis anticks poetas calalans , pági- 
nas 118 y siguientes. Esta obra, que fué premiada en los Juegos Florales del 
año 1865 con la medalla de oro ofrecida por el Ateneo Catalán, y á la cual hace- 
mos con frecuencia referencia en este nuestro trabajo, es la mejor fuente á donde 
se puede acudir para el conocimiento de nuestra literatura poética en los si- 
glos xiv, xv y xvi. 

(2) Es honrosa excepción entre ellos el Sr. Amador de los Ríos, quien en su 
Historia general de la literatura española dió grandísima importancia á la de las 
antiguas letras catalanas. 


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Distínguese el primero, sobre todo durante una gran parte 
del siglo xiv, por el más frecuente uso de palabras y formas 
gramaticales provenzales, especialmente en las obras poéticas, 
ya que en las prosaicas aparece el catalanesck ó romans más 
puro y exento de resabios de la lengua de oc; uso que va dis- 
minuyendo, — bien que sin desaparecer del todo ni áun en el 
segundo período, puesto que no es difícil encontrar dejos de pro- 
venzalismo hasta en Ausías March, — á medida que se van mo- 
dificando las formas antiguas, é introduciéndose y generali- 
zándose otras nuevas; y se emplea ya más para las obras en 
verso la lengua catalana, bajo la influencia de los tratados di- 
dácticos acerca el arte de trovar; y empiezan á hacer ley. los 
fallos de nuestro consistorio, más atento por ventura á apuntar 
los defectos de forma, que al mérito intrínseco de la obra poé- 
tica. Así, por ejemplo, el mismo Muntaner, dechado en su 
Crónica del iell catalanesck, de que tan prendado se muestra, 
provenzaliza cuanto le es dado hacerlo su lenguaje en su Ser - 
mó; así se advierte también en aquellos tan conocidos versos 
de don Pedro: 


Vetlan el lit suy ’n un penser cazut, etc., 

en los cuales son poco menos que provenzales la forma métrica 
y el idioma; y así aparecen, en suma, abundantemente salpi- 
cadas de provenzalismo las esparsas de los dos March, Jaime 
y Pedro, y en especial del primero, de Rocaberti, de Ma- 
llol, etc. 

Consérvanse también en gran parte de este primer período 
muchas de las formas métricas más usadas en la antigua es- 
cuela trovadoresca. Adviértese, no obstante, en él, á nuestro 
entender, cierto desvío, nonos atrevemos á afirmar si inten- 
cionado ó casual, de las formas de corle más lírico y de mayor 
artificio á que tan aficionada se mostró la generalidad de 
los antiguos poetas provenzales, á par que el más común 
empleo de las coplas, en sus diferentes variedades de croadas , 
encadenadas , capcaudadas, unissonants , etc., de versos de 
once sílabas con el acento y pausa en la cuarta. En este mis- 
mo periodo comienza el uso de los endecasílabos libres 
(i estramps ), usados más adelante por Ausías March, con más fre- 
cuencia quizás que por ninguno de sus contemporáneos, con 


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— 10 — 

muy marcada cadencia yámbica, en lo cual cree descubrir 
nuestro conspicuo crítico, señor Milá, un efecto de la influen- 
cia italiana. 

Este escritor, que á un sano juicio y á un ojo certero para 
apreciar las condiciones de una obra artística, reúne una gran 
desconfianza de sí propio, y un temor, muy poco común en li- 
teratos de su valer, y en ciertas ocasiones excesivo, de dar fallos 
que parezcan demasiado absolutos, no atreviéndose á afirmar 
que existen en el período en que nos ocupamos diferencias li- 
terarias entre nuestra escuela y la de los poetas occitánicos, 
se limita á decir que tal vez podría hallarse alguna distinción 
literaria entre una y otra. Por de poco peso que sea nuestra 
autoridad al lado de la suya, no tendríamos inconveniente en 
dar por cierto que hasta literariamente, y dejando á un lado 
las diferencias de forma que dejamos apuntadas, se distingue 
bastante una escuela de la otra, ya en la manera especial de 
tratar los asuntos, por lo general en la nuestra más grave, 
más filosófica, permítasenos el vocablo, aunque con ribetes de 
pedantería, que en la de los trovadores; ya por la mayor pureza 
de los afectos y el modo de expresarlos, más conforme con los 
preceptos éticos y con las prescripciones del libro de Las leys 
d‘ amor (1), y ora por último por el mayor y más puro sentimien- 
to religioso que se advierte en las obras de este género y hasta 
en las amorosas de nuestros poetas, que en las de los occitáni- 
cos, por más que no se hayan elevado , sinó con rarísimas ex- 
cepciones, al ideal del mismo. 

Gomo, según dejamos apuntado, es Ausías March, como 
poeta, el tipo más acabado, la más cabal y genuina representa- 
ción del carácter distintivo del segundo período, excusamos 
detenernos en notar las diferencias que le separan del anterior 
y del que le sigue, ya que se desprenderán, — y allí podrán ver- 
las nuestros lectores,— del estudio y juicio crítico que más 
adelante hemos de hacer de sus obras. 

Por fin, el período tercero y último «se singulariza, añade 
el mencionado crítico, por la adopción del verso castellano 

(1) Léese en ellas que «li aymador deuhen anar fujin et esquivan tot avol de- 
sirier et causa dezonesta.» — Cit. por Milá, Los Trovadores en España, pág 478, 
nota.— Y en otra parte, hablando de la falta de castidad: «Et en ayssó,— dice, — 
gran re deis anticz trovadora si son peccás.* 


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— 11 — 

de doce sílabas, la reduplicación de las rimas en las coplas de 
ocho versos, á la manera de la octava de arte mayor castella- 
na, mostrando además marcados efectos del renacimiento 
italiano, que se conocen hasta en el compás más yámbico, se- 
gún queda ya dicho más arriba, del verso de once sílabas, y 
en una manera de expresarse más culta y latinizada.» En- 
cuéntrense muchas de las obras versificadas en ese último pe- 
ríodo, después del cual entra la poesía catalana en una época 
de decadencia que en Valencia, tan fértil en poetasen el ante- 
rior, llegó casi hasta la muerte de la misma , en la modesta 
colección, sin pretensiones de cancionero, titulada Jardinet 
d 1 Orats , pequeña ontología de rimadores y prosistas catalanes y 
valencianos que se guarda en la Biblioteca provincial de Barce- 
lona, y en los libros estampados á últimos del siglo xv y prin- 
cipios del xvi en la ciudad del Cid. 

No hemos de poner fin á esta introducción sin advertir á 
los doctos jurados del tribunal que ha de juzgar este nuestro 
pobre y desaliñado trabajo, y al público ilustrado á quien por 
ventura algún día le ofrezcamos , que apartándonos de la cos- 
tumbre, en Cataluña bastante común, y en Valencia constante- 
temenle y casi sin excepción usada, de apellidar lemosina el 
habla en que escribieron nuestros antiguos poetas, sobre todo 
los de allende el Ebro, y valenciana y lemosino-valenciana, 
como lo hace el Sr. Ferrer y Bigué (1), la escuela á que per- 
tenecen los trovadores de la XV centuria, designamos constante 
y sistemáticamente con el vocablo de catalanas, así la lengua 
en que nuestros poetas de Cataluña, Mallorca y Valencia com- 
pusieron sus trovas, como la escuela á que pertenecen, por 
todo extremo distinta, como acabamos de ver de la antigua 
provenzal; ó sea la escuela que floreció en la parte de acá de 
los Pirineos, nacida y por breve espacio de tiempo educada al 
calor y en el regazo de la tolosana , y que se desenvolvió bajo 
la influencia de los tratados sobre el arte de trovar (2), de que 
dejamos hecha mención, obras en su mayor parle de escritores 
tolosanos y catalanes; y en no escasa parte por efecto del es- 

(t) En su Estudio histórtco-crilico sobre los poetas valencianos de los $\- 
glos xui, xiv y xv. 

(2) La influencia de dichos tratados dejóse sentir, como seria fácil demostrar, 
sobre los poetas aragoneses, y, por confesióa del marqués de Santillana, hasta so- 
bre los de Castilla. 


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— 12 — 

tablecimiento en Barcelona, á imitación del que había sido 
fundado á principios del siglo xiv en Tolosa, del Consistorio 
del Gay saber, en el reinado y por órden de don Juan II, el 
Amador de gentileza. 

Y no se crea que nos lleve á usar aquella denominación un 
mezquino sentimiento de estrecho provincialismo: muévenos 
por el contrario á hacerlo el amor á la verdad y el deseo de 
poner las cosas en su verdadero punto y estado. Nosotros que 
hace un momento decíamos que deben ser considerados como 
poetas provenzales los trovadores que florecieron en esta nues- 
tra tierra en los tiempos que median desde Alfonso II hasta el 
reinado de Pedro el del Púnale t, pero que escribieron en pro- 
venzal, y que por la forma y el espíritu de sus obras poéticas 
pertenecen á la escuela trovadoresca , creemos tener derecho á 
llamar poetas catalanes á los que escribieron al calor de las 
influencias que dejamos señaladas, en la lengua que fué lle- 
vada por la conquista á Mallorca y á Valencia, y tal como en 
esta parte de la corona aragonesa se hablaba ; como nos cree- 
mos igualmente autorizados á dar el nombre de escuela tolo- 
sano-catalana dentro de cierto período, y de catalana en otro, 
sin el aditamento del primer calificativo, á la que, acomodán- 
dose á nuevas y más locales influencias, se sirvió, depurándolo 
cada vez más de antiguos resabios de provenzalismo, de aquel 
idioma. 

Sabemos cuándo, por quién y con qué motivo se introdujo 
aquí la denominación de lemosi para designar el idioma cata- 
lán. ¿Mas son razones bastantes para adoptar esta denomina- 
ción, que ninguna relación tiene ni con el origen, ni con las 
causas que pudieron modificar nuestra lengua, que aparece ya 
formada antes que se dejara sentir en nuestras tierras la influen- 
cia de la poesía de los trovadores, ni mucho menos con el nom- 
bre de ninguna localidad de la patria catalana ni aragonesa, el 
que Vidal de Besalú la usara por vez primera acaso por res- 
peto á los dos famosos trovadores Bertrán de Born y Guillermo 
de Borneil, llamado este último por Dante antonomásticamente 
el Lemosi; el que imitando á Vidal la emplearan, á veces obliga- 
dos por la ley de la rima, algunos de los autores (1) de los nue- 

(1) Sobre totz razonars parlare 
Parladura lemoyzina 
Es maya avinens é fina. 


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vos tratados que se compusieron á ejemplo de sus fíazós de 
trobar; que se valieran casi tan sólo de aquel vocablo para 
designar la lengua catalana Santillana y Villena, á quienes no 
creemos hacer agravio negándoles que sean autoridades dig- 
nas de respeto en estas materias, ya que, en especial el prime- 
ro, casi únicamente de oidas conocía las obras de los poetas 
provenzales, franceses ó catalanes que cita (1); y por último 
que Jaime Roig aplicara aquel nombre hasta á la tierra de 
donde era hijo: 


Criat en la patria que s’ diu limosina 
No vol aquest libre mudar son lenguatje? 

Mucho dudamos que los de Valencia, por más que es- 
timen al autor del Libre de consells como poeta, por igual 
manera que se placen en trocar por el nombre de lemosina di 
de la lengua que con su independencia de la dominación mu- 
sulmana les llevó el rey don Jaime, se conformaran hoy con 
aplicar á su patria, á la rica y fértil tierra que riega el Turia, y 
cuyas playas platea el mar con sus espumas, el dictado que le 
daba aquel poeta de patria lemosina; ó lo que es lo mismo, el 
nombre de una de las más insignificantes comarcas donde se 
hablaba la lengua de o¿, la más apartada de Cataluña, y la que 
menos derecho tenía á que se designase con su nombre la len- 
gua de los poetas provenzales y catalanes, ya que por espacio 
de dos centurias, — las del mayor florecimiento de la poesía tro- 
vadoresca, — estuvo sometida, como formando parte del riquí- 
simo patrimonio de los Plantagenets, á Inglaterra (2). 

El Sr. Milá advierte que el nombre de lemosi fué más usa- 
do por las provincias no catalanas, para las cuales debió ser 
más grato que el de catalán. Si así fuese, si por causas que no 
queremos averiguar, pero que fácilmente se adivinan, no sonara 
bien á los oidos de los mallorquines y valencianos, ya que no 
siempre fueron hermanos nuestros, la denominación de cata- 

(1) «Extendiéronse creo de aquellas tierras ó comarcas de los lemosines estas 
artes á los gállicos,» etc. Proemio , pág. 8, edic. del Sr. Amador de los Ríos. 

(2) Formó parte de la dote que llevó á Enrique II de Inglaterra (1182) Leo- 
nor de Aquitania. Ganada más tarde (1203) por Felipe Augusto, fué devuelta (1259) 
por San Luis á los ingleses, quienes la poseyeron hasta que fué de nuevo incorpo- 
rada á la corona de Francia en tiempo de Garlos V, en 1369. 


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lana dada á su lengua escrita,— que es en la que aquí única- 
mente nos ocupamos — , sobre todo refiriéndose á los siglos de 
su mayor florecimiento, ó sea á los en que el más experto y 
diligente filólogo no sabría encontrar diferencias verdadera- 
mente léxicas ó gramaticales en el idioma usado por los poe- 
tas ó escritores en prosa de Cataluña, Mallorca y Valencia, 
¿por qué en vez de la denominación lemosina, sin duda la más 
impropia que podía adoptarse para significar nuestra lengua, 
no aceptan la de provenzal-valenciana, ó la de lenguadociano- 
valenciana, que al menos indicaría, por más que fuese de una 
manera remota, su filiación de aquella lengua? 

Permítannos los escritores y poetas de Valencia que usan 
el calificativo de escuela lemosino-valenciana que les recor- 
demos que no hubo jamás ninguna escuela poética propia y 
exclusivamente lemosina; que cuantos crílicos dentro y fuera 
de España se ocupan en la literatura provenzal y en la nues- 
tra, hablan de la escuela de los trovadores, de la tolosana y de 
la catalano-tolosana, y algunos de la valenciana, pero nunca 
de aquélla; como también que, rectificando denominaciones im- 
propias, hoy que un más profundo estudio de los hechos y de 
las cosas tiende, á dar á los nombres técnicos su propio y ver- 
dadero valor, rechacemos, limitándonos al sujeto que nos ocu- 
pa, la calificación de dialectos dada al catalán y valenciano (1), 
no ya tan sólo por el vulgo de las gentes y por autores hueros 
y adocenados, sinó hasta por escritores tan eminentes, y por 
tan graves y discretos críticos como, por ejemplo, el señor don 
José x\mador de los Ríos, y esto en una obra de tanta impor- 
tancia y valor como lo es su Historia de la literatura española . 

Concluiremos protestando una y cien veces más que al 
hacer esta declaración no ha sido en manera alguna nuestro 
ánimo herir en lo más mínimo susceptibilidades personales ni 
locales, sinó tan sólo salir al encuentro á los que extrañasen 
que no designáramos j imás en este escrito con el nombre de 
lemosín nuestro idioma, ni de valenciana la escuela de los tro- 
vadores que florecieron tanto en Valencia como en Cataluña en 
la xv centuria, explicándoles los motivos que nos han inducido 
á obrar de esta suerte. Nuestra divisa como escritores es, según 

(t) «Gran número de cultivadores, dire, logró durante este período isiglo xv) 
la poesía que tiene por instrumentos los dialectos catalán y valenciano.» 


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indicamos ya en otro trabajo, el amicus Planto, sed magis amica 
ventas . Podremos errar tomando por verdad lo que no es más que 
su apariencia; pero en este caso podrá decirse de nosotros que 
rompemos lanzas por un fantasma ; jamás que faltamos á sa- 
biendas á las reglas de la justa, ni mucho menos que nos ba- 
timos para que ande nuestro humilde nombre en boca de las 
gentes. 


POETAS ANTERIORES Á AUSÍAS MARCH. 


A la manera que el temprano florecimiento de los almen- 
dros y la aparición en el mes de Abril de algunas flores pri- 
merizas anuncian la llegada de Mayo, y son como el preludio 
del reinado de las flores que en este afortunado mes cubren 
los campos con sus perfumados mantos de gayos y bellísimos 
matices, de igual modo á últimos del siglo xiv y en los albores 
del xv aparece un buen número de poetas á quienes parecía 
entrarles, según el dicho de uno de los suyos, deseo de soltar 
la voz al canto; 


Lis prenia talent de cantar, 

siendo como anticipado anuncio de la aparición en el cielo de 
las catalanas letras del estrenuo caballero y elegantísimo poeta 
Ausías March, y de la muchedumbre de cantores que debían 
formar su brillante cortejo. 

No habría de sernos difícil hallar las causas de aquel dis- 
pertamiento de la musa catalana y florecimiento poético, que 
llega, en el reinado de Alfonso V de Aragón, á emular el de la 
poesía provenzal en los mejores tiempos de su existencia, y 
que dejó muy atrás, según en otra parle ya indicábamos, el 
de su hermana y maestra la escuela tolosana. El ejemplo del 
Dante y del Petrarca estimulando á nuestros ingenios, si no á 
igualarles, que esto era empresa por demás difícil, á seguir, 
siquiera fuese de lejos, sus pisadas; la nueva luz con que ba- 
ñaban las inteligencias, al paso que adelantaban la hora del 
nuevo dispertar de su actividad creadora, los albores del rena- 


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cimiento, que nos venían de Italia por medio de aquellos dos 
grandes poetas, los cuales parecía como que se proponían sa- 
tisfacernos por tan generoso modo, como herederos que éramos 
de los trovadores, las deudas que tenía con ellos contraída su 
patria, por haber sido cuna de Sordelo, de Alberto de Males- 
pina, de Bonifacio Calvo y otros varios poetas italiano-proven- 
zales (1); el establecimiento en Barcelona del Consistorio del 
Gay saber, quien, dando la norma de los certámenes ó justas 
poéticas que con frecuencia continuaron celebrándose, así en 
esta ciudad como en Valencia durante el siglo xv, y con me- 
nos acierto en sus fallos y menos provecho del arte, ya degene- 
rado, en la siguiente centuria, sirvió, ora por el aparato de 
que se les rodeaba (2), ora por los públicos honores con que se 
festejaba á los vencedores (3), de poderoso incentivo á los poe- 
tas para consagrarse al culto de la gaya ciencia ; y por último, 
la protección, tan generosa como ilustrada, y no á precio de 
bajas adulaciones adquirida, con que alentaron nuestros mo- 
narcas, desde don Pedro IV basta don Alfonso V, á los cultivado- 
res de aquella ciencia, habían de ser motivos poderosísimos 
para que, así como el aire se puebla de alegres golondrinas al 
retorno del buen tiempo, se poblaran por igual modo de poetas 
las comarcas donde más se dejaban sentir las bienhechoras 
influencias de tan potentes estímulos. 

Por más que no nos reconozcamos obligados á mencionar, 
para mejor hacer resaltar la importancia del florecimiento poé- 
tico de la época que historiamos, los poetas todos pertenecien- 
tes á la misma, cuyos nombres, salvándose del olvido, han lle- 
gado hasta nosotros, ya porque no cabría tarea tan extensa en 

(1) Fueron varios, y no de segundo orden, los poetas italianos, además de los 
citados, que versificaron en lengua provenzal. El mismo Dante, que en su Vulgare tío - 
quio se queja de los malos italianos (asi los llama) que seguiau aún en su tiempo 
prefiriendo á la suya la lengua de los trovadores, pone, como es sabido, en boca de 
Arnaldo Daniel, eu el canto XXVI del Purgatorio, algunos versos en dicha lengua. 

(2) D. Martin el Humano asignó al Consistorio de Barcelona cuarenta florines 
de oro de Aragón para premios. 

(3) D. Eurique de Villcna, que fué presidente de nuestro Consistorio, nos dejó 
una extensa relación de las ceremonias con que procedía éste en la adjudicación de 
los premios y de los obsequios con que honraba á los que eran considerados dignos 
de ellos, que por haberla publicado ya en otro trabajo nuestro, en la Revista titu- 
lada El Arte , y más adelante Milá en su ñtsenya histórica y critica , y por ser 
muy conocida, nos creemos dispensados de reproducir. 


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los límites estrechos de un trabajo de la índole del nuestro, ya 
porque no podríamos hacer más que repetir por cuarta ó quinta 
vez lo que han dicho Balaguer en su Historia de Cataluña, al 
dar á conocer el famoso Cancionero de Zaragoza, nuestro amigo 
Milá y Fontanals en su erudita Resenya histórico-critica deis 
antichs poetas catalans, y Ferrer y Bigué en su Estudio histó- 
r ico-critico de los poetas valencianos en los siglos xm, xiv 
y xv (1); creemos, sin embargo, conveniente á nuestro princi- 
pal propósito, que es dar á conocer á Ausías March y sus obras; 
éstas no tan sólo en sí mismas, sinó en relación con las de los 
poetas de la época en que fueron escritas, apuntar algunas li- 
geras indicaciones acerca los más notables trovadores que en 
ella florecieron, unos como precursores ó maestros suyos; como 
sus#compañeros ó discípulos otros que unieron á los de él sus 
cantos, bien que sin poder levantar, ni de mucho, su voz hasta 
donde llegó la suya; no pocos, en suma, como sus imitadores 
después de su fallecimiento. La palmera que luce su gallardo 
y erguido tronco cuando se la contempla sola y aislada en 
medio de las arenas del desierto, osténtase más altiva y air- 
rosa cuando , mecida por los aires en el bellísimo mar de 
verdura salpicado de frutos de oro que forma la huerta valen- 
ciana, eleva su cabellera por cima de los modestos árboles 
frutales que crecen á sus plantas. Así aparece también más 
grande el ingenio de Ausías March, y se le admira más como 
hombre y como poeta, cuando se le compara con la muche- 
dumbre de éstos, que prepararon, por decirlo así, sus caminos, 
formaron su cortejo en vida y cantaron aún después de su 
muerte, á la mayor parte de los cuales, y hasta á los de más 
ingenio, hubiera podido decir él de su laúd lo que Roldán á 
los paladines de su tiempo de sus armas : 


Nessun le muova 

Che star non possa con Roldan a pruova. 


Sin que podamos precisar el tiempo en que floreció cada 
uno de los poetas que vamos á nombrar , aparecen en los últi- 
mos años del siglo xiv y primeros del xv, entre otros trovado- 
res de menos fama, Mossen Jordi de Sent Jordi, Luis de Vila- 


(1) También este último trabajo fué premiado con una abeja de oro ofrecida 
por la Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia. 


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— 18 — 

rasa, Andrés Febrer y los tres March, Jaime, Pedro y Arnaldo, 
pariente también por ventura este último, y tío y padre los dos 
primeros de Ausías. 

Si bien debió el de Sent Jordi, en no escasa parte, la repu- 
tación de que goza al error, harto generalizado entre muchos 
de los críticos que antes de nuestros tiempos se ocuparon en 
la historia de las letras catalanas (1), de que hubo tres poetas 
de aquel apellido, y que aquél, llamado del Rey, fué imitado y 
hasta en alguno de sus versos traducido por el Petrarca (2), y 
á los elogios que de él hizo en su famoso Proemio el Marqués 
de Santillana (3), quien además compuso con motivo de su 
muerte una obra titulada Coronación (4), merece sin embargo 
en justicia ocupar, si no el primero, uno de los más preferen- 
tes asientos entre los precursores y maestros del amanta de 
Teresa, á quien unas veces se parece y con el cual otras se 
iguala, aventajándole en la claridad del concepto y acaso en 
la mayor belleza de la forma poética. Entre las varias compo- 
siciones que de este poeta se conocen, que no bajan de quince 
á diez y seis (5), puede citarse la canción de opósitos (contrastes), 
mencionada por el citado Marqués de Santillana, y que pu- 
diera creerse haber imitado en más de una ocasión el mismo 
Ausías March, si no fuera la afición á los antítesis uno de los 
rasgos característicos de nuestros antiguos trovadores ; y la 
compuesta en estramps , que empieza: 

Pus lo front port vostra bella sembhmca, etc., 
que podría ponerse al lado de las de aquel poeta, sin que el ojo 

(1) Tales como Beuter y Escolano, y siguiendo á éstos, Argote de Molina, Ni- 
colás Antonio, Quadrio, Bastero, Torres Amat, etc. 

(2) Véase el Diccionario de Autores catalanes , de este último, página 332, 
en las notas á la composición que empieza: 

Tots joms aprench é desaprendí ensemps, etc., 

donde pone los versos que se supone haber traducido de él el cantor de Laura. 

(3) «En estos nuestros tiempos floreció Mossen Jorde de San Jorde, caballero 
prudente: el cual ciertamente compuso asaz fermosas cosas, las cuales el mismo aso- 
naba: ca fué músico excelente é fizo entre otras una canción de opósitos que co- 
mienza: «Tots joms aprench é desaprench ensemps». 

(4) Véase la colección de sus obras por don José Amador de los Ríos, página 
332, y la nota referente al mismo poeta en las páginas 618 y 619. 

(5) Se encuentran siete de ellas en el Cancionero de Zaragoza. 


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más experto y versado en la lectura de sus esparsas pudiese 
adivinar que no era obra suya. Véase como muestra la última 
de sus estancias : 

Axí ’m te pres e’ liatz en son car<?re 
Amors ardens com si stes en un coffre, ' 

Tancat jus claus e’ tot mon cor fos dintre, 

On no pugués mover per nuil encontré, 

Car tant es grans 1’ amor que us ai é ferme 
Que lo meu cor no ’s part punt per angoxa, 

Bella, de vos, ans esay ferm com torres 
En sol amar á vos, blanxa coloraba, etc 

Aunque es poco lo que de Vilarasa conocemos (1), puede 
colocársele entre los precursores de Ausías, á quien se asemeja 
igualmente, bien que sin igualarle, en alguna de las estancias 
de sus cinco baladas, que tenemos por las mejores de sus 
obras. Merecen citarse la primera copla de su cuarta balada, 
que es como sigue: 

Si com lo flach qui ’n brega no *s estat 
Se feng ardit crehent que sia tal, 

Mes quant s i veu en un punt es torbat, 

Tal que fugir no ’l sembla cosa mal, 

Me pren á mí qu’ ans que tal don’ amás 
Me fou semblant que le-y gosás ben dir, 

Mes quant e (es?) loch que la pusch requerir 
Li parle d’ al é call-me de mon cas. 

y algunas de la balada segunda: 

Sobres d’ amor m’ a tret de llibertat, etc. 

Sin detenernos á hablar de Lorenzo Mallol, en cuyas obras, 
no tan ajustadas al carácter que imprimió á las suyas Ausías 
March, se advierte más el estilo de la poesía trovadoresca, y 
en cuya lengua, como dijimos en otra parte, se notan más 
resabios de provenzalismo que en las de otras de sus contem- 
poráneos; ni de Andrés Febrer, de quien únicamente por la 

(1) Véase Torres Amat, páginas 666 y 667, y Milü, Resenya histórica , pági- 
nas 142 y 143. 


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autoridad de Santillana, que quizás le confundió con otro 
poeta de su nombre, real ó supuesto, sabemos «que fizo 
obras nobles», y al cual sólo citamos y ponemos entre los más 
distinguidos poetas de su tiempo por su traducción, dada 
recientemente á la estampa (1), de la Divina Comedia del 
Dante; ni de Arnau March, de quien no conocemos más que 
una copla de amores, nos fijaremos en los otros dos trovadores 
de este apellido, Jaime (2) y Pedro, ya mencionados. 

Prescindiendo, para dejársela á la paciente investigación de 
los eruditos, de la cuestión de si la familia de los March es oriun- 
da de Jaca, según opinan los escritores valencianos, ó de si 
procede'de Cataluña, como, á nuestro entender con más funda- 
mento, suponen algunos biógrafos catalanes de Ausías, á cuya 
opinión parece inclinarse el docto autor tantas veces citado de 
la Reseny a histórica (3); de si tuvo ó no su habitual residencia 
en la capital de Valencia, en lo cual pueden caber algunas 
dudas respecto de los dos Mossen Pedro y Jaime; y de si este 

(t) En Barcelona en el año de 1878, que era el en que escribíamos esta me- 
moria, por nuestro estimado amigo y compañero de claustro don Cayetano Vidal y 
Valenciano, quien se valió para ello de una copia sacada por su propia mano del 
códice existente en la biblioteca del Escorial. 

(2) Nos inclinamos á creer á Jaime hermano, más bien que padre, de Pedro, 
y por consiguiente tío y no abuelo, como opinan algunos, de Ausías, primeramente 
porque siendo autor el Jaime de la Copla equivocada , dirigida á Mossen Pere 
March, á la cual sigue la Resposta feta per Moss. P. March d Moss.Jac. March , 
cuyo epígrafe deja de copiar el señor Torres Amat por su cinismo, no es de supo- 
ner que se tomara aquel poeta libertades que repugnasen á la moral en una obra 
dirigida á su padre; y en segundo lugar, porque en un documento que tenemos ¿ 
la vista, fechado en Valencia en 1361 (véase el Apéndice núm. 1), aparece Pedro 
March reconociendo á Jaime March, de quien se dice que era «de casa d’ aquell 
mateix Senyor» (el citado don Pedro IV), una deuda que con él tenia la corte desde el 
año 1334; y como en aquella fecha, por joven que supongamos al Moss. Pedro, he- 
mos de concederle por lo menos, eii atención á la importancia del cargo que desem- 
peñaba, unos treinta años de edad, resultaría que habiendo muerto el Moss. Jaime 
después del año 1 400 (*) si hubiese sido padre y no hermano del citado don Pe- 
dro, no tan sólo hubiera debido vivir hasta una edad por extremo adelantada, sinó 
estar en disposición de ejercer en ella el cargo de diputado general de Cataluña, 
cuyo título le da en el documento á que se alude en la nota \ 

(3) Pag. 127, donde se hallan reunidas las escasas noticias que nos quedan 
de Jaime March. 

(*) Es una escritura de creación de un censal inserta en el libro de protocolos del notario públi- 
co de Barcelona, fechada en 18 de Marzo de 1398, en la cual se leen estas palabras: Jacobus Marchi 
mile deputatus Generalis Cathalonix, residen s Barchinone, etc. Existe otra escritura del mismo, 
de 11 de Febrero de 1400, en que se le designa con el mismo título. 


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— 21 — 

último, autor del Libre de las concordances , dispuesto en 1371 
por orden de don Pedro el Ceremonioso (1), y que contribuyó 
con don Luís de Aversó á la fundación del consistorio del Gay 
saber de Barcelona, es el mismo, como creemos nosotros, que el 
miles y diputado del general de Cataluña y oficial en la casa 
del rey que figura en el documento á que hacemos referencia en 
la nota segunda de la página anterior, y en los que citan Torres 
Amaten su diccionario (2) y Ferrer en su estudio histórico-crí- 
tico (3); cuestiones de escasísimo interés bajo el punto de vista 
de la historia literaria para los que opinamos que no existe en 
la época que reseñamos una escuela valenciana distinta de la 
catalana; y por los que creemos que la historia de una litera- 
tura, cuando en ella no reinan más que un solo gusto, una mis- 
ma lengua é idéntico carácter, no debe fraccionarse en tantos 
capítulos como son las comarcas ó ciudades donde florecieron 
grupos más ó menos numerosos de escritores; prescindiendo, 
repetimos, de dichas cuestiones, hijas las más veces de un amor 
propio de localidad exagerado, ó que sirven á lo más para fingir 
lindes ó fronteras donde ni la geografía ni la historia las han 
levantado, veamos si cabe señalar la parte de influencia que 
pudieron ejercer los dos March, padre y tío, en el desenvolvi- 
miento del ingenio poético y en el espíritu y carácter que do- 
minan en las obras de Ausías. 

Que la atmósfera de poesía que debió respirar éste desde 
su infancia en el seno de su propia familia, donde tan ardoroso 
culto se daba á la ciencia gaya, debía preparar su mente y su 
fantasía á recibir las inspiraciones de ésta y abrir su corazón á 
los puros goces de la belleza; que el renombre que como poetas 
gozaban, y las honrosas distinciones que de sus monarcas y de 
las damas y demás trovadores de su corte habían de recibir aqué- 
llos debían ser eficacísimos estímulos que le excitasen á seguir 
sus pasos para por ellos llegar al logro de parecidos honores, ni 
hay por qué advertirlo ni porqué encarecerlo. Inteligencia asaz 
menguada, fantasía por demás pobre, corazón por todo extremo 
frío hubiera debido tener el niño Ausías, si el recuerdo de su 
tío y el ejemplo y la memoria de su padre, sobrado reciente 

(1) Véase el titulo eu Mil k, loe . cit. 

(2) Pág. 366 y 370. 

(3) Pág. 24 del Boletin, etc. 


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— 22 — 

la de este último en la época en que debió arrojarse á balbucir 
su primeros versos, no hubiesen encendido en su alma la ce- 
leste llama y en su pecho el fuego sagrado de la poesía. 

Ello no obstante, si debiésemos señalar la parte de in- 
fluencia que en el especial sabor y en el carácter de las espar- 
sas del que debía ser el príncipe de nuestros poetas ejercieron 
las obras poéticas de Jaime y de Pedro, no vacilaríamos en 
atribuir la mayor y más visible, si vale decirlo así, al segun- 
do. En las escasas muestras de las poesías del primero que 
han llegado á nosotros, y más que en otra alguna en la Questió 
sobre lo departiment del estiu e del ivern , nos parece advertir 
más resabios de la escuela trovadoresca que de la tolosana; sin 
que por otro lado resalte en la amorosa que pone en boca de 
una dama que había perdido á su amante, de quien dice: 

La qual no crey en lo mon n agües par, 

la suave melancolía, ó si se quiere la tristeza religiosa que se 
advierte en los cantos de muerte del apasionado amador de 
Teresa. 

Respecto de Pedro, á quien apellida Santillana valiente y 
noble caballero, ora porque hubo de sobrevivir (1) á su hermano 
Mossen Jaime, muerto, según se presume, por los años de 1400, 
ora por el carácter de sus versos, más parecidos á los de su hijo, 
no vacilamos un punto en considerarle como maestro de éste. 

Hé aquí la primera estancia de una de sus obras morales, 
que como para confirmar el dicho del mencionado Santillana, 
de que Pedro March «fizo asaz fermosas cosas», copia íntegra 
el señor Milá (2): 

Al punt c om naix comencé de morir 
E morint creix e creixent mor tot dia, 

(1) El Sr. Ferrer dice en su discurso que Pedro March otorgó su testamento 
en Játiva en 1413. Del documento señalado en los Apéndices con el n. 2, que por 
vez primera sale á luz pública en este trabajo, se desprende que debió morir quizás 
en dicho año ó á principios del siguiente en la ciudad de Balaguer, á cuyo sitio 
asistió sin duda como criado que era de la casa de Alfonso de Aragón, duque de 
Gandía, que estuvo al servicio de Fernando de Antequera en aquella jornada, de 
triste recordación para los catalanes. 

(2) Op. cit. Vide además acerca de los dos March , Jaime y Pedro, A Torres 
Amat, Dic. de AA. catalanes , y á Ferrer en el Discurso citado. 


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— 23 — 

E un pauch moment no cessa de far via, 
Ne per menjar ne jaser ne dormir, 

Tro per edat more descreix amassa (?) 
Tan qu aysi vay al terme ordenat 
Ab dol, ab guaig, ab mal, ab sanitat, 
Mas pus avan del terme nuil hom passa. 


COETÁNEOS DE AUSÍAS MARCH 


En el transcurso de breves años, ó por ventura en los mis- 
mos días, lamentábase Ausías March de que era escaso el nú- 
mero de poetas: 

En gran desfals es lo mon de poetes 

Per embeilir los fets deis que be obren (1), 

y declaraba Sors sentirse embarazado por tener que hablar 
antela corte poética de Alfonso V, 

Car veig m‘ entorn tan gentil trovador (2). 

Si entendía el amante de Teresa hablar de la escasez de 
los que consagrasen especialmente su numen á divulgar y 
poner por encima de las nubes los hechos gloriosos de los 
hombres de su tiempo, por todo extremo justa, mal que nos 
pese confesarlo, era su queja. Si tan sólo pretendió afirmar que 
en comparación de otras épocas era la en que él floreció po- 
bre en trovadores, en este caso, más que al dictamen suyo, por 
de peso que sea, nos inclinamos al del trovador de la corte del 
conquistador de Nápoles; y á su ejemplo y cual él nos senti- 
mos embarazados, puestos en presencia de la muchedumbre de 
vates que por aquellos tiempos florecían, para escoger, ya que 

(1) Obras moráis ; Stramps , pág. 136, ed. de 1540. 

(2) Citado porelSr. Milá, pág. 156. 


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— 24 — 

no sea posible ni necesario á nuestro propósito hablar de todos, 
los más granados de entre ellos y los que mejor caracterizan 
la escuela poético-catalana en el que es el segundo y, sin duda 
alguna, el más fecundo y brillante período de los tres en que 
dividíamos hace poco dicha escuela. 

Y al llegar á este punto, y antes de hablar de dichos poe- 
tas y del que es sin disputa el primero y más original de los de 
la xv centuria, no ya únicamente en nuestro particular Par- 
naso, sinó hasta en el más fecundo y rico en ingenios de Cas- 
tilla, parécenos oportuno y á nuestro propósito casi necesario, 
antes de ocuparnos en Ausías March, y de deducir del estudio 
y crítica de sus obras el carácter de la escuela á que pertenece 
y de la cual es la expresión más genuina y el más perfecto re- 
presentante, según más arriba dejamos indicado, apuntar en 
breve resumen la naturaleza y principales rasgos de aque- 
lla escuela, más que en ninguno de sus períodos, visibles y 
hondamente marcados , en el que va por pocos momentos 
á ocuparnos. Y como con más acierto que pudiéramos nos- 
otros lo ha hecho el que es consumado maestro en literarias 
disciplinas, y en lo que se refiere á las catalanas letras sobre- 
saliente, nuestro estimado amigo el autor de la Breve resenya , 
tantas veces aludida, nos limitaremos á trasladar aquí, vertido al 
castellano, el pasaje de ésta que se refiere al sujeto que nos ocu- 
pa, seguros de que nos lo han de agradecer nuestros lectores 
y que ha de ganar no poco en ello esta parte de nuestro trabajo. 

«Si hubiésemos de dar una respuesta meditada á quien nos 
preguntase qué opinamos de la naturaleza y mérito de dicha 
escuela poética, deberíamos en primer lugar advertir que no 
era aquella una poesía popular ó natural, sinó una poesía ver- 
daderamente artística, es á saber, que atendía no poco á la ha- 
bilidad ó maestría de los poetas, ó sea á los primores y á la di- 
ficultad en la ejecución y á evitar toda falta, fuese grave ó de 
escasa monta; por manera que los méritos de las composicio- 
nes han de buscarse principalmente en las bellezas de len- 
guaje y de versificación. Ni pretendemos decir con esto que el 
lenguaje poético de nuestros trovadores tenga aquella delica- 
deza del de los provenzales, que le daba muchas veces cierto 
aire de obra musical, ya que el de aquéllos era, si cabe decirlo 
así, más tirante (perdónesenos el vocablo) y dispuesto de una 
manera casi mecánica; pero también es verdad que estaba muy 


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— 25 — 

bien ordenado, sujeto á determinado compás y que sabía ex- 
presar lo que el poeta quería.» 

«Nuestra poesía era más obra de esludio y de cabeza que 
de corazón y de fantasía; lo cual provenía de su propia natura- 
leza, de la atmósfera en que vivía, del genio pensativo y poco 
aficionado á flores de los hijos de este país. Han de excep- 
tuarse, sin embargo, de esta regla general muchas composi- 
ciones, pues sucedía no pocas veces que la fuerza de los efectos 
rompía las trabas con que los sujetaban las prácticas de la 
escuela.» 

«Y pasando á ocuparnos, continúa diciendo, en la materia ó 
argumento de las obras, échase de ver desde luégo, y así en la 
nuestra como en otras muchas escuelas, que no pocas veces (so- 
bre todo en las amorosas) ocupa el lugar de los verdaderos 
afectos cierta gentileza cortesana. Y en. este punto debemos 
advertir que si bien doctos escritores han creído, no sin razón, 
que era preferible aquella gentileza á la expresión de groseros 
apetitos, propia de los antiguos poetas paganos; y si bien es 
cierto que los nuestros muéstranse más limpios que los viejos 
trovadores provenzales, no hay que figurarse por eso que los 
usos cortesanos anduviesen siempre por el más recto camino, 
sinó que por el contrario, poco de lo que recogen los historia- 
dores de nuestra literatura puede ofrecerse como modelo á los 
jóvenes que desean adelantar en el estudio de la gaya ciencia. 
Por lo que respecta á la parte literaria, no puede negarse que 
semejante gentileza produjo más abundancia de obras, y mu- 
chas asaz elegantes y primorosas ; pero también es cierto que 
multiplicó las de escasa importancia, y los que la ciencia de 
los retóricos apellida lugares comunes .» 

«Por lo que hasta aquí llevamos expuesto, termina diciendo 
después de haberse ocupado en las especies de poesías más usa- 
das en aquellos tiempos , no es difícil conocer cuál es nuestra 
opinión acerca de sus méritos, y que ahora más paladinamente 
manifestaremos. Nuestra escuela tenía los defectos de todas 
las escuelas de trovadores, y esos defectos procedían del equi- 
vocado concepto que se habían formado de la poesía, cuyas 
fuentes buscaban más bien en una mal entendida ciencia, en 
ciertas ideas convencionales y en un arte material, que en el pe- 
culiar ingenio de cada poeta y en el amor de la natural belleza. 


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— 26 — 

Sin embargo, la misma escuela nos ofrece en abundante copia 
en muchas de sus obras toda clase de primores; juiciosas y gra- 
ves sentencias; pensamientos l egran maestría expresados; 
arranques de vivo afecto, lenguaje gentil y elegante y bellezas 
de ejecución que nos traen á la memoria que era aquella la épo- 
ca del gótico más florido y del comienzo del renacimiento artís- 
tico. Y por más que con exceso abundasen ciertos géneros y 
determinadas materias, y que á causa de leerse juntas muchas 
obras del mismo tiempo se advierta á veces en algunas sobrada 
uniformidad, nótase en otras bastante variedad y riqueza. Así 
es que, tomadas en cuenta todas las circunstancias, no troca- 
ríamos nuestra escuela por ninguna otra de trovadores ; y si 
bien no podemos enorgullecemos de poseer ningún Dante, po- 
demos proclamar algunos nombres, no tan sólo de diestros é 
ingeniosos versificadores, como Yalmanya, Sors,Romeu Lull, 
Gazull y otros, sinó de verdaderos poetas, tales como Pedro 
March, maestro en poesía moral, Jordi, autor de algún canto 
de no escaso precio, Corella, que es quien más se aproxima 
al estilo de la moderna poesía, y sobre todo Ausías March y 
Jaime Roig, que nos exigen más detenido estudio (1).» 

Que además de los caracteres especiales y de los rasgos 
fisonómicos que dan determinada y propia vida á la poesía 
catalana en aquel su segundo período, se revela también en 
ella, al igual que en el período anterior, la influencia de extra- 
ñas literaturas, en especial de la italiana y de la clásica, una 
y otra más conocidas y estudiadas desde que, á consecuencia 
de la conquista del reino de Nápoles por Alfonso Y, se hicieron 
más frecuentes las relaciones políticas y literarias entre las co- 
marcas orientales del reino aragonés y la Italia, no hay necesi- 
dad de apuntarlo. Y si bien va disminuyendo la influencia de la 
literatura provenzal y no es tan visible cual en la anterior cen- 
turia la de la literatura francesa, en cambio adviértese, sobre 
todo después de la muerte de Ausías March, ó sea desde la se- 
gunda mitad de su siglo, la de la poesía castellana, resultado 
natural del advenimiento al trono de Aragón de la dinastía de 
Trastamara y del frecuente trato, en la corte de aquel soberano, 
de los trovadores de Castilla y catalanes, á quienes por igual 
prodigaba sus favores, y más adelante de la unión de las dos co- 
tí) Pág. 135 y siguientes. 


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— 27 — 

roñas, aragonesa y castellana, al heredar los estados de su pa- 
dre D. Juan, Fernando II. 

Indicábamos hace un momento lo embarazados que debía- 
mos hallarnos para escoger entre la muchedumbre de poetas 
de aquel tiempo, de que se conservan obras en los antiguos can- 
cioneros de París y Zaragoza, los más notables y que mejor y 
más claramente caracterizan nuestra escuela poética en el men- 
cionado período. ¿A quiénes, en efecto, conceder los primeros 
asientos alrededor de Ausías en el coro de poetas que éste pre- 
side y por encima de los cuales tan alto brilla, entre el fecundo 
Torrella, el grande admirador del amante de Teresa; Leonardo 
de Sors, en una de cuyas más importantes obras no puede 
menos de reconocerse la influencia del Dante; los dos Masdo- 
vellas; el laureado Antonio Valmanya, en alguna de cuyas ri- 
mas se revela no menos conocimiento de las producciones de 
los grandes maestros de las letras italianas, que de los más 
señalados poetas de la literatura latina; Johan Fogassot, apa- 
sionado admirador del desgraciado príncipe de Viana, en 
cuya muerte escribió una sentidísima elegía ; Fr. Rocaberti, 
que fué de los poetas de su tiempo el que en su Gloria de 
amor más de cerca siguió las huellas del autor de la Divina 
Comedia , imitándole, no ya tan sólo en el carácter alegórico que 
imprimió á aquella obra, sinó hasta en la forma desús versos; 
el fecundísimo Romeu Lull, en quien se ve patente la influen- 
cia de Ausías March; Mossen Juan Roig de Corella; Mossen 
Bernardo Fenollar, Miguel Estela, y otros menos conocidos, y 
quizás más dignos de serlo, pero cuyas rimas dejaron perderse 
en el olvido la excesiva modestia de sus autores, ó la ninguna 
diligencia de sus contemporáneos en recogerlas y trasladarlas 
á la posteridad? 

Aun á riesgo, sin embargo, de que desde el fondo de las ig- 
noradas sepulturas donde yacen, al dispensar, sin quererlo, 
más honra á unos que á otros y á las obras de aquéllos mayor 
estimajqueá la de éstos, nos den voces los agraviados, protes- 
tando de la ligereza ó injusticia de nuestros fallos, hemos de ha- 
cer especial mención de los que, á nuestro juicio, sean dignos, 
no ya de compartir con Ausías su fama, ya que á este punto no 
llegó ninguno de ellos, sinó de que se les saque de la oscuridad 
ú olvido á que se les ha tenido por los extraños y hasta por los 
propios, vergüenza causa tener que confesarlo, condenados. 


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— 28 — 

Y empezando por Romea Lull, sin que se entienda que res- 
pecto de él y de los que vayamos sucesivamente citando nos 
propongamos someternos al orden cronológico, ni menos aún 
al de su respectivo mérito, imposible aquél hoy por la falta de 
datos biográficos, y éste, por lo poco que de sus obras sabemos, 
dificilísimo de fijar; y empezando, repetimos, por Romeu Lull, 
apenas conocido hasta que el Sr. Milá divulgó los títulos de 
sus composiciones en su Resenya y que dió á la estampa el 
Sr. Briz algunas de ellas, religiosas y de amor (1), desde luégo 
podemos decir en su elogio, que le tenemos, á juzgar por las 
que de él nos quedan, por uno de los más abundantes poetas y 
diestros rimadores de su tiempo; y si bien en las poesías de 
aquel primer género nos parece que se le puede poner por 
debajo de Corella y de otros poetas de menos renombre, le tene- 
mos por uno de los más afortunados y discretos imitadores 
de Ausías en las eróticas, y en especial en la que llora la 
muerte de su amada, á quien apellida alguna vez Arxiu de 
seny y casi siempre Par esenspar y á la manera que aquél Lir 
entre carts á la suya: en lo cual y en la afición que muestra á 
versificar en estramps es imposible no ver claros indicios de 
haber tomado por modelo al trovador amante de Teresa. Hé 
aquí como muestra de ello la siguiente estancia: 

Vingut es temps que ‘n amor daré terme 
E mon parlar mudará novell lay 
Puys que l‘a mort ab s‘ aspasa tan ferma 
Ha convertit tot mon delit en guay. 

Mon cant será per tot temps cridar ay 
Fins aurá fí ma dolorosa vida; 

Ja tarda molt la dolga departida 

Que desig tant que no-m par vinga raay. 

Una composición suya en la cual, desmintiendo que hubiese 
hablado mal de su querida, pide que caigan sobre él, si no es 
verdad lo que dice, todo linaje de males, es, según el Sr. Milá, 
después de otras iguales ó parecidas de Bertrán de Born, Pe- 
trarca y Mallol, la cuarta y última de su género. Véase su prin- 
cipio: 

(1) Al publicaren 1868 en esta ciudad varios fragmentos de la ya citada on- 
tologíu, hasta entonces de pocos leida, rotulada con el extraño título de Jardinet 
d i Orats, 


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— 29 — 


Si us he mal dit en pensar ni per obre 
No ‘ni do Deu be ni lo que li deman; 

Si us he mal dit la casa ‘m caigue á sobre; 
Si us he mal dit muyra com á dampnat; 

Si us he mal dit veurem puga orat 
En 1‘ ospital que ja mes lo seny cobre (1). 


Bien que separándose á veces del género y del estilo de las 
obras del príncipe de nuestros poetas, de quien debió ser, sin 
embargo, grande admirador, dado caso que tiene una llamada 
Complantá de amor compuesta de trozos suyos, merece citarse 
entre los que más fama hubieron de lograren su tiempo, no 
menos por sus versos que por ser de la servidumbre del prín- 
cipe de Viana, á Pedro Torroella, de quien existen varias com- 
posiciones en el Cancionero de París y hasta veinte y dos en 
el de Zaragoza. Su obra más notable, y que no carece de im- 
portancia literaria, es su Codolada, según la llama Milá, que 
empieza: 


Tant mon voler se ‘s dat (a) amors, 

bastante parecida en su forma al Conhort de F. R. Ferrer, y 
en la cual introduce como interlocutores hasta veinte y ocho 
poetas provenzales, castellanos y catalanes. Reservándonos 
para cuando hablemos de Jaime Roig ocuparnos en este li- 
naje de composiciones, debidas á la influencia de la poesía 
occitánica, nos limitaremos á advertir aquí que por esta com- 
posición, bastante extensa (2), por la obra satírica que em- 
pieza: 


Doleuvos enamorats 
E vestius tots vos de negre 
Car jo pens que us pendra febre 
Escoltant mes veritats, etc. 


(1) Jardinet d k Orats , pág. 49. 

(2) Lo publicó por vez primera, que sepamos, copiado del Cancionero de Za- 
ragoza, el Sr. Balaguer en su Historia de Cataluña , tomo 111, pág. 722 y si- 
guientes. 


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— 30 — 

y por su poesía castellana, titulada Condició de las donas : 

Quien bien amando persigue 
Dueny así mesmo destruye, etc., 

es por lo que dejamos de colocarle entre los poetas de la es- 
cuela de Ausías, aunque le tengamos por uno de los más no- 
tables de su época. 

Entre los que de más alto renombre en ella disfrutaron, y á 
quien uno de sus contemporáneos se adelantó á comparar no 
menos que á Virgilio, ocupa por ventura el primer lugar el 
valenciano Mossen Juan Roig de Corella. Si es cierto, como 
afirma el Sr. Ferrer y Bigué, que sostuvo amistosa correspon- 
dencia con el desafortunado príncipe de Viana, quien sobre- 
vivió dos años al que lo fué de nuestros trovadores, bien puede 
colocársele entre los contemporáneos de éste, por más que al- 
canzase á ver los albores de la xvi centuria. Maestro en sa- 
grada teología , aunque se revela su afición á las letras clásicas 
en las obras en prosa, por demás culta y limada, en que trató 
asuntos mitológicos (1), y que alguna vez como poeta empleara 
su lira en sujetos profanos, como lo prueban, entre otros, los 
versos en estramps con que termina la llamada Tragedia de 
Caldesa (2), no indignos algunos de ellos de figurar al lado de 
los mejores de Ausías March, fué sin embargo la poesía reli- 
giosa la de su especial predilección y en la que dejó la mejor 
muestra de su ingenio, al par que la más acabada y tierna 
composición que en dicho género nos ha legado la escuela poé- 
tica catalana del siglo xv. Nos referimos á la intitulada: Ora- 
ció á la Senyora N ostra tenint son fill Jesús á la falda demllat 
de la eren, y de la cual ponemos como muestra su primera es- 
tancia: 

Ab dolor gran que nostres pits abeura, 

E greu dolor qu‘ el nostre cor esquinsa 

(1) Tales como las producciones tituladas: Lo Rahonament de Telamó é de 
Ulises sobre las armes de Achiles; Lo plant dolorós de la reine Hecuba sobre la 
mort de Priam; La Istoria de Leander; La lamentado de Mirra filia de Si- 
nara, etc .—Jardinet d‘ Orats , pág. 93 y siguientes. 

(2) Mourás corrent la tremuntana ferma 

E tots enserap los cels caurán en trossos (*), etc. 

(*) Jardinet i ‘ Orats, pág. H9y 120. 


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— 31 — 

Venim á Vos, filia de Deu é mare, 

Que nostra carn deis ossos se arranca, 

Hi 4 1 sperit desija l 4 esser perdre, 

Pensant que, mort per nostres grans delictes, 
Ver Deu é hom lo fill de Deu é vostre, 

Jau tot estés en vostres castes faldes. 


No conocemos, fuera de los versos ya citados, ni los demás 
de que hace mención en su artículo sobre este poeta el señor 
Ferrer, ni la traducción de la Vida de Jesús, escrita por el Car- 
tujano, ni la de los Salmos, titulada Epsalteri trelladat del 
llaii en romang, de que hace mención dicho crítico. Sin embar- 
go, aunque no hubiese escrito más que aquella tan tierna como 
inspirada oración, que está muy por encima de las muchas 
poesías que de asunto religioso se escribieron en aquel siglo, 
nos asociaríamos al parecer de aquel escritor de que «no debe 
confundirse á Corella con la generalidad de los versificadores, 
sinó que merece especial mención entre los poetas del siglo de 
oro déla literatura valenciana.» 

Otros varios poetas pudiéramos citar, como Fogassot, Val- 
manya, que siguieron con más ó menos fortuna el camino tra- 
zado por Ansias March, en particular en sus poesías amorosas, 
— no en su espíritu, que en esto no tuvo quien se le pareciese — 
sinó en la forma y giro especiales que dió á su esparsas , y que 
por lo tanto contribuyeron con su ingenio algunos de ellos, 
con su numen todos, á dar esplendor y más marcada fisono- 
mía á la escuela poética catalana. Sin embargo, como ni ésta 
se ofrece bajo un solo aspecto, ni es únicamente la influencia 
de March la que en ella domina, ya que, según dejamos indi- 
cado, muéstrase en la misma la de otras literaturas y la de otros 
géneros, dejaríamos sin terminar y sólo en una de sus partes 
bosquejado el cuadro que de aquel período literario estamos 
con mejor buen deseo que fortuna reseñando, si en otros de sus 
especiales y también característicos aspectos no nos ocupára- 
mos. Pero como los poetas que más contribuyeron con sus 
producciones á imprimírselo ó que son la más genuina repre- 
sentación de los mismos, tales como Gazull, Fenollar, y sobre 
todo Jaime Roig, aunque alcanzaron los tiempos de Ausías, es- 
cribieron casi todos en la segunda mitad del siglo xv, y por 
consiguiente después de la muerte de aquel poeta, hemos 


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— 32 — 

creído deber interrumpir aquí por algiinos momentos nuestra 
tarea, para proseguirla en ocasión que consideraremos más 
oportuna, á fin de ocuparnos ya en la vida y en las obras del 
inmortal amante y cantor de Teresa. 


VIDA Y OBRAS DE AUSÍAS MARCH 

Y JUICIO DE ÉSTAS 

De pocos ingenios que hayan alcanzado viviendo aún, el re- 
nombre del que es objeto de este nuestro estudio, habrá que 
lamentar más escasez de datos biográficos. Ni los contemporá- 
neos suyos, que le tomaron por guía y modelo como poeta; ni 
los que después de su muerte le admiraron y reconocieron como 
maestro; ni los que más tarde, pero en tiempos en que vivían 
todavía en la memoria de las gentes los recuerdos de los suce- 
sos de su vida, le tradujeron ó le comentaron, nos han dejado 
más que escasísimos datos acerca de su persona y de sus ac- 
tos; ni él mismo , cual si creyese que, bastando para inmorta- 
lizarle sus poesías, no tenía necesidad para pasar á la posteri- 
dad más que de revelar su nombre, 

Yo som aquell que ’m dich Ausías March, 

se dignó hablar de su persona ni de los hechos de su vida, muy 
al contrario de lo que acostumbran hacer en nuestros tiempos 
muchos de los que se dan á sí mismos el nombre de poetas, quie- 
nes, atentos en demasía á que las generaciones venideras no ig- 
noren las más insignificantes circunstancias de su existencia, 
revelan hasta aquellas cosas que, que para honra suya y respe- 
to á la moral, hubieran debido permanecer ocultas. Lo único 
que en limpio sacamos de la lectura de las melancólicas estan- 
cias de Ausías es que, combatido su corazón por dos afectos, 
como el mar por dos encontrados vientos, acabó por elegir 

per haber d’ amor vida, 

aquella en quien cifró todos sus deseos: 

Si com la mar se plany greument é crida 
Com dos forts venís la baten egualment 


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— 33 — 

Hu de levant é V altre de ponent 
E dura tants fins i’ un vent Y ha jaquida 
Sa forsa grant per lo mes poderos; 

Dos grans desitjs han combatut ma pensa, 

Mas lo voler vers un seguir dispensa, 

Y yo ’l vos publich amar dretament vos; 

(i Canto II de amor . — Aixi eom cell.) 

aquella que, siendo para él cual lirio entre cardos, fué por él 
amada como no lo ha sido mujer ninguna por otro hombre, y 
que habiéndole sido arrebatada por la muerte, la lloró con lá- 
grimas cuya amargura templaba á veces la esperanza, no exenta 
sin embargo de duda, de que en el cielo, donde esperaba reunirse 
de nuevo con ella, gozaba más puros y duraderos amores. 

Omitimos por impertinente y ya gastada la cuestión del ori- 
gen, de la familia y de la patria de nuestro poeta. Tenemos al 
abolengo de los Marchs por de origen catalán ; pero opinamos 
que se estableció, aunque por ventura no en todas sus ramas, 
en Valencia, donde logró heredamientos que le otorgaron don 
Jaime en tiempo de la conquista , y más tarde y por especial 
favor otros condes-reyes de Aragón ; y por natural de aquel 
reino, por más que no podamos fijar el lugar de su nacimiento, 
á Ausías. ¿Cabe, en efecto, disputar la patria que le vió nacer, 
á quien por tan evidente inanera la revela él mismo en sus 
obras? 


La velletat en valencians mal proba, 

E no sé com yo fassa obra nova. 

(Canto VIII de muerte . — Obrir no puch.) 

y si hubiese todavía algún catalán que, por exagerado y mal 
entendido amor patrio, se empeñara en sostener que lo es de 
aquel poeta Cataluña, le recordaríamos que Serra y Pos- 
tius (1671-1748), á quien pocos de los que hoy viven podrán 
igualar en el amor y entusiasmo por las cosas de su tierra, 
escribió una disertacioncita encaminada á probar que Ausías 
no fué hijo de Cervera, ni de Barcelona, sinó que era, aunque 
de abolengo catalán, valenciano de nacimiento. 

Declarábamos hace un momento quién fué su padre. Como 
hijo suyo le nombra Pedro March en el testamento de que de- 
jamos hecho mérito al hablar de este trovador insigne. Mas ¿en 

3 


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— 34 — 

qué año, poco más ó menos, vino al mundo? La mayor parte 
de sus biógrafos (1) fijan su nacimienlo en los jprimeros años 
del siglo xv, y á este dictamen parece inclinarse el Sr. Ferrer 
y Bigné, que es de entre los que conocemos el que más noti- 
cias ha logrado reunir acerca de nuestro poeta. Sin embargo, 
atendida la edad avanzada á que debía haber llegado su pro- 
genitor, Mossen Pedro, al tiempo de su muerte, ó sea en 1413 
ó 1414, ya que, según se desprende del documento que hace 
poco citamos, debió haber nacido en el primer tercio del siglo 
anterior, nos inclinamos á creer que más bien debe colocarse 
el nacimiento de Ausías en los últimos años del siglo xiv que en 
los principios del xv. Del primer verso de los dos hace poco ci- 
tados deducen con razón sus biógrafos que llegó hasta la vejez. 
¿Mas quién les ha dicho que aquellos versos fueron escritos en 
los últimos años de su vida, único caso en que, áun exagerando 
el significado de aquel vocablo, pudiese Ausías ser tenido como 
viejo, si en realidad hubiese abierto los ojos á la luz en los al- 
bores de la xv centuria? Y si aquellos versos fueron escritos 
en años anteriores, como cabe suponerlo, encontrándose como 
sé encuentran en uno de sus cantos de muerte, ¿no nos vería- 
mos obligados en este caso á adelantar algunos más la fecha 
dé su nacimiento? 

No queda duda que Ausías March siguió la carrera de las 
armas, y hasta se sospechaba por sus biógrafos que había to- 
mado parte en las guerras de Alfonso V para la conquista del 
reino de Nápoles. De estrenuo caballero se le califica en el tí- 
tulo de sus obras; con Apolo, en sus versos, y con Marte en el 
ejercicio de las armas se le iguala por Gil Polo en su Canto 
del Turia: 

Ya veo al gran varón que celebrado 

Será con clara fama en toda parte, 

(1) Los más antiguos de que tenemos noticia fueron Diego de Fuentes y Vicente 
Mariner; pero uno y otro son sumamente pobres de datos en sus biografías. En 
uno de los ejemplares, en el de la edición de Valladolid de 1555, perteneciente á 
la escogida biblioteca de D. Manuel de Bofarull, que tenemos á la vista, se lee ma- 
nuscrita la siguiente interesante nota: «Francesch Jharoni Ramo á demanda de serta 
Senyora noble valenciana escrigué molt difusament la vida del magnífich y strenuo 
caballer Mossen Ausías March.» El señor Salvá, que vió dicho ejemplar y que co- 
pia esta nota en el Catálogo de su biblioteca , dice que han sido inútiles cuanta^ 
diligencias se han practicado para averiguar el paradero de esta biogratía. 


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— 35 — 

Que en verso ai rojo Apolo está igualado 

Y en armas está ai par del fiero Marte. 

Ausias March, etc., 

y él mismo en sus rimas hace frecuentes alusiones á la vida 
del soldado y al arte de la guerra. De haber peleado bajo las 
banderas de aquel insigne monarca tenemos hoy una prueba, 
á nuestro parecer irrecusable, en un documento que sale tam- 
bién por vez primera á luz en este nuestro trabajo (Apéndice 3), 
y es una carta dirigida á aquel rey por sus enviados ó embaja- 
dores, como á sí mismos se llaman, según parece, á Valencia, á 
fin de invitar á los nobles de este reino á tomar parte en su ex- 
pedición contra Nápoles, en la cual escriben que, «habiendo 
estado en Gandía, no han encontrado quien se haya ofrecido á 
servirle, más que Mossen Luís de Aragón y Ausias March.» 
La carta, como puede verse, no lleva fecha y por lo tanto no 
es dado señalar desde luégo y con certeza en cuál de las ex- 
pediciones realizadas por aquel monarca tomó nuestro poeta 
parte. Sin embargo, el estarfirmada en Valencia en l.°de Julio, 
la indicación que en ella se hace de que debían hallarse á últi- 
mos de dicho mes en aquella ciudad los que se comprometie- 
sen á servir en aquella jornada á su soberano, da lugar á sos- 
pechar que la expedición para la cual se invitaba á los nobles 
valencianos á tomar las armas era la que salió en un buen 
golpe de naves del puerto de Barcelona el 21 de Agosto 1424, 
cuyas banderas habían sido solemnemente bendecidas en esta 
ciudad el 4 de Junio, y en celebridad de cuya expedición tu- 
vieron lugar en la plaza del Borne de Barcelona unas justas 
reales en que tomó parte, como principal mantenedor del 
campo, el mismo monarca (1). 

Mas si tan sólo por congetura, aunque á nuestro entender 
asaz fundada, se colige del mencionado documento que Ausias 
March tomó parte en aquella hazaña, en cambio puede dedu- 
cirse de él con fundamento que debía ser Gandía la residencia 
habitual de los March, por ventura desde que el Mossen Pedro 
fué nombrado para desempeñar el cargo de tesorero del duque 
de aquel título. En dicha ciudad otorgó, como recordarán nues- 
tros lectores, su testamento el citado Mossen Pedro, y ¿quién 

(1) Campmany. Apéndice al tomo II de las Memorias históricas , página 30 
y siguientes. 


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— 36 — 

sabe si en ella ejercía el hijo, después de la muerte del padre, 
el mismo cargo que habla desempeñado éste en la casa de 
aquel magnate? Ignoramos si los eruditos valencianos han exa- 
minado los archivos civil y eclesiásico de aquella ciudad; pero 
se nos figura que un paciente y concienzudo examen de los 
mismos había de revelarnos no pocos de los sucesos hasta 
aquí ignorados de la vida del estrueno caballero y elegantí- 
simo poeta valeciano. 

Plácenos figurarnos á Ausías March asistiendo á las men- 
cionadas justas de Barcelona, embarcarse aquí en la flota real, 
pelear en Ñapóles á la sombra de las barras aragonesas, acos- 
tumbradas entonces á reflejarse triunfantes y á manera de 
ondulantes listas de oro y rojo en las plateadas olas del Me- 
diterráneo, y tomar parte y ganar fama de animoso en los glo- 
riosos hechos de armas que terminaron con la conquista de la 
poderosa ciudad reina del Mediodía de Italia. Mas ¿cuánto tiem- 
po permaneció el trovador soldado en aquel bello país de las ar- 
tes y de las ciencias y en la corte del ilustrado y generoso mo- 
narca, donde por espacio de muchos años hallaron espléndido 
hospedaje toda clase de cultura y los hombres doctos en todo 
linaje de humanas disciplinas, y que fué uno de los primeros 
y más brillantes focos del renacimiento; del monarca egregio 
y valiente, como ninguno de los de su tiempo y cual pocos de 
las edades pasadas loado en vida y llorado en muerte por la 
numerosa pleyáde de poetas que á su lado florecieron,, y de 
quien Ausías, en cuyo pecho no había al parecer lugar sinó 
para el amor de Teresa y para el dolor después que la hubo 
perdido, escribió que no temía al ensalzarle pecar por exceso 
en su alabanza: 

Pahor no sent que sobre laus me ven$a 
Llohant aquell qui totes lengues llohent, 

para celebrar cuyas hazañas le pareció que escaseaban poetas 

En gran defals es lo mon de poetes 
Per embellir los fets deis que be obren, 

y al cual, en suma, consagraba uno de sus cantos, no sabemos 
si escrito en la corte misma del rey ó después de su vuelta de 
Italia? 

¿Su amor á Teresa prendió en su corazón, mal guardado con- 


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ira sus tiros, por creer que le sería escudo la santidad del día 
en que fué herido: 

Amor, Amor, lojorn que 1‘ ignocent 
Per be de tots fou posat en lo pal 
Vos me ferís, car jo am guardaba mal 
Pensant qu‘ el jorn me fora deffenent, 

antes de trocar su lira de trovador por la espada de caballero, 
ó después que depuesta ésta tornó á descolgar de los venerados 
muros del paterno hogar el viejo instrumento cuyas cuerdas 
habían vibrado ya bajo las manos de sus progenitores? Ansias 
se llevó á su sepulcro, tan ignorado como lo fué su cuna, este 
otro secreto de la historia de sus amores. 

Se ha dicho que Ausías fué amigo, en cuanto pueden serlo 
quienes han nacido en regio tálamo el uno y de noble alcurnia 
el otro, de Garlos de Viana, y que éste fué grande admirador 
del inspirado trovador valenciano. Que pudieron existir cordia- 
les relaciones entre el que fué el rey de los poetas de su siglo 
y el que, no habiendo logrado ninguna de las dos coronas que 
llevó su padre y á las cuales su nacimiento le daba derecho, 
mereció ceñir la de cultivador de las letras ó protector de los 
ingenios de su tiempo, cosa es por todo extremo creible. Mas 
si realmente existieron, en ninguna de las obras suyas que 
han llegado hasta nosotros ha tenido á bien revelárnoslo. ¿En 
dónde y cuándo nació esa amistad, dado caso, que no negamos 
ni admitimos como un hecho cierto, que hubiese existido? Si 
en Nápoles, como por lo general se cree, deberíamos suponer 
un viaje de Ausías, ya anciano, ála corte de Alfonso el Mag- 
nánimo, ó á Sicilia, ó á Mallorca, y en cualquiera de esos su- 
puestos debió ser brevísimo el tiempo que pudo gozar del trato 
personal y de la estimación del docto y desventurado príncipe, 
pues éste no pasó á aquel reino hasta 1456, y á las dos islas ci- 
tadas hasta el 1458 y 1459, que era el mismo en que cerraba 
Ausías los ojos á la luz en su casa de Valencia. 

Como la demasiada claridad perjudica al efecto de ciertos 
cuadros, cuyo principal mérito consiste en la vaguedad de las 
líneas y en la delicadeza y suavidad de las tintas, por idéntica 
manera ofende á veces la fama de ciertos personajes históricos, 
que parecían más bellos y grandes en medio de las penum- 


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bras donde se destacaban y al través de la neblina en que 
parecían como envueltos, la luz sobrado viva que arrojan 
sobre ellos y sobre sus hechos los documentos históricos. Tal 
ha sucedido con nuestro poeta. Mientras no le conocíamos 
más que por sus sentidísimas esparsas , impregnadas de cierto 
perfume de melancolía cual el que se exhala de los cipreses que 
rodean un sepulcro, creimos ver al cantor más apasionado, al 
par que el más cristiano y casto de los amadores, rodeado, como 
las figuras de las tablas de la escuela del Angélico, de un nim- 
bo esplendoroso y místico; al cantor que había hecho de su co- 
razón una ara y un incensario de su lira ; al trovador que no ha- 
bía visto nunca del amor sinó el espíritu donde reside, jamás la 
corteza, más ó menos bella, donde está éste encerrado; al vate 
que, salvos tres ó cuatro cantos en que, cediendo acaso á in- 
fluencias nada sanas, se había permitido decir mal de las mu- 
jeres, no había visto á éstas sinó transfiguradas, por decirlo 
así, en su amada Teresa. Mas hé aquí que una mano escudri- 
ñadora saca de entre el polvo de un archivo documentos hasta 
ahora ignorados, y muéstrase por ellos el hombre con todas 
las debilidades, con todas las miserias que son patrimonio de 
nuestra flaca naturaleza, y al proyectarse la sombra de éste 
sobre la imagen y el nimbo del poeta, que tan bellos y tan bri- 
llantes mostrábanse antes á nuestra vista, pierden parte de su 
hermosura aquélla, parte de su esplendor el segundo. 

¿Fué tan casto el amante de Teresa como de sus cantos 
parece desprenderse haberlo sido? ¿Las lágrimas de dolor con 
que riega la sepultura de su amada fueron siempre ofrenda 
digna de aquella á quien las dedicaba ? Por el erudito anota- 
dor del Canto del Turia sabíamos ya que Ausías había con- 
traído dos veces matrimonio; la primera con doña Isabel Mar- 
torell, de quien enviudó antes de 1437, y la segunda con doña 
Juana Escoma, que murió también antes que él, aunque se 
ignora en qué año (1). De ninguna de las dos logró, según pare- 
ce, sucesión. ¿En qué época de su vida tuvieron, pues, lugar 
sus amores con Teresa, en la cual, por platónicos que los supon- 
gamos, no fuesen ofensa, si no á la santidad del matrimonio, 
por lo menos al exclusivo cariño que se deben mutuamente los 
esposos, ó en que éste no perjudicase á la sinceridad de los 

(1) Notas al Canto del Turia , pág. 242. 


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sentimientos que en sus versos se revela ? Sin embargo, no es 
esto lo que más daño hace al buen nombre de Ausías como 
amante y como poeta, dado caso que aquellos amores, aunque, 
llorados, al parecer, toda su vida, pudieron ser una pasión de 
sus juveniles años ; sinó sus relaciones ilícitas con otras mu- 
jeres, y entra éstas con una antigua esclava suya (olim sclava. 
mia, dice en su testamento), llamada Marta, de las cuales tuvo 
cuatro hijos bastardos, tres varones, Juan, Pedro y Felipe, y 
una hembra, Juana (1). 

Después de las escasas noticias que hemos logrado reunir 
del príncipe de nuestros trovadores, nada más sabemos de él, 
sinó que fué señor de Benierjó, título que parece haberle sido 
concedido por Alfonso V; que debió tener su residencia habi- 
tual y por ventura su casa solariega en Gandía ; que figuró en 
las Cortes de Valencia de 1446, y en suma que murió en esta 
ciudad, en la parroquia de Santo Tomás, en la cual poseía 
también dos casas, un sábado, 3 de Marzo de 1459. Hubo de 
ser enterrado, según ordenó en su testamento, en lo cimente - 
ri de la Sen de Valencia en lo vas ó capella deis March , en lo 
claustre de la Sen propio capítol; «pero los restos de varón 
tan insigne, dice el señor Ferrer y Bigné, difícilmente po- 
drían ser hoy encontrados para ocupar el lugar que les co- 
rresponde en un panteón de hombres célebres.» Para honra de 
la bella ciudad que baña el Turia sería de desear que sus hijos 
pusiesen el mayor empeño posible en descubrir las cenizas del 
gran poeta y de su padre, que deben hallarse confundidas en 
un mismo sepulcro, y que les levantaran un monumento en la 
ciudad donde exhaló aquél su último suspiro. 

Como otros muchos ingenios castellanos y catalanes de su 
tiempo y de los siglos siguientes, Ausías supo unir en amisto- 
so maridaje el ejercicio de las armas y de las letras, y añadir 
al dictado de «gran trovador,» con que le honra Santillana, el 
de «valeroso y estrenuo caballero» que le ha dado la posteri- 
dad. Despréndese de la lectura de sus obras que debió ser muy 
versado en filosóficas disciplinas y en humanas letras; que hubo 

(!) Así los nombra, en calidad de heredero al primero y de legatarios á los 
demás, en su testamento y codicilo, existentes en el Archivo general del reino de Va- 
lencia, de cuya lectura no hemos podido disfrutar, y que únicamente nos son cono- 
cidos por lo que de ellos dice el señor Ferrer y Bigné en su Reseña ya citada, Apén- 
dice número 1 , pág. 93. 


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de tener frecuente tralo con los poetas latinos, y en especial 
con Ovidio y Virgilio; que le eran familiares los troveros y los 
trovadores provenzales y catalanes; que conocía á fondo á los 
poetas italianos, y entre ellos al Dante, á quien recuerda con 
frecuencia por la severa concisión y adusta rigidez de su frase, 
y al Petrarca, á quien, como veremos más adelante, imita en 
varios pasajes de sus cantos. 

Al igual que Horacio pudo Ausías, al legar á la posteridad 
el volumen de sus estancias, exclamar: Exegi monumentum 
are perennius. Hemos acompañado hasta su sepulcro á su au- 
tor; detengámonos al pié de ese monumento, que al igual que 
al erigido por el Venusino ha de vencer en duración el bronce, 
no tan sólo para admirarlo como poetas, sinó para estudiarlo 
y examinarlo como críticos, en la seguridad de que subirá de 
punto nuestro entusiasmo por él, como resaltará más la gran- 
deza y hermosura del mismo cuanto más adentro en su exa- 
men y estudio penetremos. 


En cuatro grupos han distribuido los editores de March, 
sin duda acomodando su división á la que hallaron establecida 
en los más antiguos códices, sus diferentes esparsas, á saber: 
en cantos de amor , morales , uno espiritual y otros de muerte . 

Forman los primeros la parte más extensa é importante de 
sus obras. 

No es fácil tarea juzgar las poesías del eximio vate valen- 
ciano, ya que, dominando en ellas por igual manera, y casi po- 
dríamos añadir que en idéntica medida, la pasión y la razón, 
el ardor arrebatado del amante y el frío análisis del filósofo, 
aquél dando calor, éste adelgazando y como envolviendo en ne- 
bulosidades metafísicas sus conceptos, con dificultad puede el 
crítico dar su fallo sobre el valor de sus versos, sin poner su 
propio corazón en estado de sentir lo que el autor de éstos sen- 
tía, sin preparar su inteligencia para disponerla á comprender 
lo que la suya pensaba. De no hacerlo así córrese grave riesgo 
de ver en muchos de sus pensamientos, más que las ideas de 
un alma que, replegada en sí misma, estudia, escudriña y ana- 
liza sus propios afectos, las exageraciones y excentricidades de 
una mente enferma: porque, como dice él mismo de los pri- 
mores que amor le revela , son 


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Tais que ’ls sabents no basten á compendre, 

E quan ho dich de mos dits me desmenten 
Dant a parer que folies coses parle. 

Cant XXL — Fantasiant , etc. 

Así, pues, no perdiendo nunca de vista que sus amorosos 
conceptos fueron 

Sens algún art exits d’ bom fora seny, 

deponga el que pretenda juzgarlos la inflexible regla y el ri- 
guroso compás de la común crítica literaria , útiles á los más 
para poder apreciar los lunares de expresión ó de forma métrica 
que deslucen alguna que otra vez sus esparsas; tenga principal- 
mente en cuenta que, alejando, al igual de Horacio, al profano 
vulgo, ó sea á las ignorantes muchedumbres que pasean los 
ojos indifentes sobre los versos de los poetas , como los niños 
sobre las flores de un jardín, tan sólo para gozar un instante 
de sus perfumes y olvidarlos en seguida, nuestro trovador invi- 
taba únicamente á la lectura de sus cantos á los que estaban 
tristes ó á los que hubiesen en algún tiempo experimentado los 
graves deleites de la tristeza ; 

Qui no es trist de mos dictats no cur, 

O 'n algún temps que sia trist estat ; 

ó bien á los que, sintiéndose enfermos de alguna pasión, bus- 
casen en dicha lectura su remedio : 

E lo qui es de mals passionat 
Per ferse trist no cerque loe secur; 

Lisca mos dits mostrant pensa torbada. 

Cant I . — Quino es trist , etc. * 

Hase comparado Ausías March á Petrarca, y no han sido po- 
cos los que han creído haberle juzgado con añadir al nombre 
del amante de Laura el epíteto de valenciano. Como es más fá- 
cil estimar las personas y las cosas por su valor relativo que 
por el absoluto: como es por punto general más claro y exacto 
todo juicio que resulta de la comparación por semejanza ó por 
contraste de un objeto con otros de igual índole, creemos que 


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han de ganar nuestros lectores con que nos aventuremos á for- 
mular el juicio que hagamos acerca del que es considerado 
como el príncipe de nuestros trovadores, comparándole en al- 
gunos de sus aspectos con el que lo fué de los líricos italianos. 

Que existen algunas semejanzas entre nuestro poeta y Pe- 
trarca es un hecho á todas luces evidente. Que se encuentran 
en las obras del primero pensamientos y versos que hacen que 
sin querer se vengan á la memoria otros parecidos del segundo, 
no hay quien, habiendo recorrido las páginas de uno y otro, lo 
ignore. Pero que el trovador valenciano, aprovechando la cir- 
cunstancia casual de haberse enamorado, como el italiano, en 
una iglesia el Viernes Santo, haya celebrado esta circunstan- 
cia por igual manera y con palabras muy parecidas á las de 
éste (1); que haya destinado nuestro poeta algunos cantos á 
llorar la pérdida de su amada, cual consagró aquél multitud 
de sonetos á la muerte de la suya ; y que un observador erudi- 
to y diligente versado en la lectura de las obras de ambos inge- 
nios pueda apuntar, como con gran diligencia lo hizo el que 
fué nuestro amigo, señor Amador de los Ríos, varios versos de 
March que pueden creerse inspirados por otros del amante de 
Laura, no son, á nuestro parecer, fundamentos bastantes para 
sobre ellos establecer la semejanza entre uno y otro ingenio, 
ni deducir que fué el nuestro imitador del italiano. 

Cuando de los pormenores en algunos hechos, puramente 
fortuitos, relativos á la existencia de uno y otro poeta, y de al- 
gunas semejanzas, que pueden ser las más de las veces casua- 
les, que se encuentran en el modo de manifestar idénticos afec- 
tos, pasamos á examinar cómo uno y otro sintieron el amor 
y lo expresaron en sus versos, preséntanse á la vista dos 
amantes, cada uno de los cuales se ha hecho de aquél un ídolo 

(t) Recuérdense los versos que acerca de aquel hecho citamos hace poco de 
Ausías, y compáreseles con los siguientes con que refiere el principio de sus amo- 
res Petrarca : 

Era 1 giorno ch’ al sol si scoloraro 
Per la pietá del suo Fattore i rai; 

Quant’ i fui presso et non me ne guardai 
Que i be' vostri occhi Donna mi legaro, 

Tempo non mi parea da por riparo 
Contra colpi d' Amor, pero m’ audai 
Secur senza sospetto! 

Soneto II. 


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especial y con diferentes atributos, y dos poetas que lo han 
expresado por muy distinta manera y venerado con diverso 
culto. 

Se ha calificado de platónico el amor puro, casto y respe- 
tuoso de Petrarca á la esposa fiel y cariñosa de Hugo de Sade. 
El honor de caballero y el respeto á la santidad del matrimo- 
nio por su parte, y por parte de su querida sus deberes sa- 
grados de esposa y su dignidad altiva de mujer no le per- 
mitían tener otro. ¿Sería profanar los calificativos llamar al de 
Ausías amor cristiano, ó si se quiere, y hasta cierto punto, 
amor místico? Hé aquí cómo hablaba de él nuestro poeta : 

Fantasiant amor á mi descobre 
Los grans secrets qu ais pus subtils amaga, 

E mon jorn ciar al horaes es nit fosea, 

E visch d’ acó que persones no tastan. 

Tant en amor 1* esperit meu contempla 
Que par del tot fora del eos se aparte, 

Car mes desigs no son trobats en home, 

Si no en tal que la carn punt no ’l torbe. * 

Y de una manera más clara y expresiva en la siguiente es- 
parsa : 


Si com los sants sentints la lum divina 
La lum del mon conegueren per ficta, 

E menyspreant la gloria mundana 
Puig major part de gloria sentien; 

Tot en aixi tinch en menyspreu e fástig 
Aquells desigs que complits amor minva, 

Prenent aquells qui del esperit mouen 
Qui no *s lassat ans tot jorn multiplica. 

Cant XXI. — Fantasiant , etc. 

Hé aquí por cuán discreta manera, hablando de las diferen- 
cias que existen entre el lírico italiano y el valenciano, en quie- 
nes tanto como dos hombres distintos cree ver dos muy diversos 
principios , caracteriza Quadrado á uno y otro. « Petrarca, 
dice, considera el amor en sus efectos; Ausías en su esencia y 
origen: el uno, distinguiéndolo con dificultad de su amada, 
sólo lo considera encarnado en sus gentiles miembros; el otro 
fija en él sus ojos de águila, sorprendiéndolo cara á cara, sin 


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forma alguna, en toda su abstracción: el nombre de Laura se 
halla en cada verso de su poeta; Auslas una vez sola nombra 
á Teresa, y áun se ignoraría que fuera ésta su dama, si no vi- 
niera á apoyarlo la tradición: el amor de Petrarca tiene arco, 
venda y saetas; es todavía el amor de Anacreonte, menos sus 
miradas lúbricas y lo voluble de sus alas; no es el elemento de 
vida ó muerte, el sol resplandeciente ó la llama infernal que 
alternativamente ilumina á nuestro trovador (1).» Tan sólo una 
vez hace aparecer aquel amor Ausías en sus versos para recor- 
dar que tiene flechas de oro, plata y plomo, y que después de 
haber disparado en otros tiempos todas las de aquel primer me- 
tal, se quedó una con que le hirió á él: 

En aquell temps que primer d’ aquest fou 
Les fletxes d’or amor totes lan^á 
E desmembrat una s’en aturá 

Ab que ’m feri 

Cant LXXII . — 0 vos mesquins , ete. 

En suma, el amor de Petrarca, aunque puro, parece detenerse 
en las cualidades exteriores de su amada, tal es el placer que 
halla en describirlas; mientras que el de Ausías sólo aspira á 
la voluntad 

qui es en Fariña infinida, 

lo cual hace que pueda jactarse de que 

$0 que ’m fa vos amar 

No m’entra pas solament per la vista; 

y decir á su querida . 

Vostre esperit es aquell qui ’m conquista; 

y exclamar en suma, ponderando acaso con exceso la pureza 
de su amor: 


Si com Sant Pau Deu li sostregué Fariña 
Del cors per que ves divináis misteris , 

Car es lo cors del esperit lo carcer, 

(1) Ausías March .— Museo Balear , 15 de Marzo de 1875; pág. 135. 


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— 45 — 

E tant com viu ab ell es en tenebra, 

Ax¡ amor Tesperit meu arrapa 
E no hi aeull gens maculada pensa, 

E per $0 sent lo delit que no’s cansa, 

Si que ma carn lo ver amor no’m torba. 

Fmtasiant , etc. 

De esta diversa manera de comprender y sentir el amor los 
dos poetas italiano y valenciano ha debido seguirse el dife- 
rente modo de describirlo y expresarlo. Abrid por donde que- 
ráis las rimas del Petrarca, y encontraréis apenas un soneto 
en que no os hable de 


ó de 


i eapei d’oro a i* aura sparsi 

Che *n mille dolci nodi gli avolgea; 


il lampeggiar del angélico viso, 

ó bien 

di quei begli occhi 

(ove) il vago lume oltra misura ardea: 

que no os diga una y otra vez que, 

Non era Y andar suo cosa mortale, 

Ma d’ angélica forma, e le parole 
Sonavan altro che pur voce humana: 

que no os pondere por exagerado modo el tormento que le causa 
su velo, más cruel para el que 

Nebbia che ’l ciel cobra e ’l mondo bagni, 

y que 

due begli occhi adombra 

E par che dica: Hor ti consuma et pagni; 

ó que no recuerde 

l’aura antica, e i dolci colli, 

y las 

vedove herbe et le torbide acque 

E il voto e freddo nido in ch’ ella giaque; 


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— 46 — 

ó por último en que, confundiendo como en un sér, por la ana- 
logía de los vocablos, el laurel ( Lauro) y Laura, no ensalce á 
aquel árbol cual pudiera ensalzar á su propia amada. 

Si al menos se hubiese contentado con ponderar las cuali- 
dades físicas de su ídolo; con cantar hasta las más insignifi- 
cantes circunstancias y pormenores de la historia de su amor, 
que duró de quince á veinte años; con recordar los favores 
que de ella logró, y que fueron, á lo más, hoy una palabra de 
amistad, otro día una mirada menos severa, el de más allá un 
movimiento de ternura ál separarse de ella! Pero Petrarca, bien 
así como los artistas griegos que se complacían en levantar 
los simulacros de sus dioses en el fondo de un solitario y fron- 
doso valle, ó en medio de una fértil y verde llanura limitada 
por encantadoras perspectivas, ó en lo alto de un promontorio, 
á fin de que la hermosura y grandiosidad del paisaje diese ma- 
yor realce á las de la estatua , por igual manera gózase el 
amante de Laura en evocar á cada paso, como para mejor des- 
cribir las perfecciones de ésta, las más bellas imágenes del 
mundo físico, ó sea las esplendentes auroras, las puestas de 
sol de mil matices, los ríos que se deslizan suavemente mur- 
murando entre los álamos, los frondosos bosques, los escondi- 
dos y misteriosos valles, lugares todos los más á propósito para 
murmurarse al oido palabras de cariño los enamorados, y cuan- 
to, en una palabra, parecía poder servir de fondo al cuadro de 
sus amores, ó de expresión ó eco á los suspiros suyos ó de su 
querida. Fijad, por el contrario, vuestros ojos en cualquiera de 
las páginas de las obras del trovador valenciano, y de seguro, 
aunque leáis todos sus versos no lograréis trazar en vuestra fan- 
tasía ni siquiera la más vaga imagen de la mujer con tanta pa- 
sión por él amada; ni acertaréis á adivinar si era en la ciudad 
ó en el campo donde la veía y le pintaba el estado de su alma, 
tranquila y placentera cuando en amoroso éxtasis contemplaba 
sus perfecciones morales; agitada como mar tempestuoso cuan- 
do tenía que echarle en cara ingratitudes ó desdenes. 

No sabemos de ningún poeta que más reservado se haya 
mostrado en alabar la hermosura del objeto de su amor. En una 
página de sus obras cabrían los versos en que más ó menos 
indirectamente alude álas cualidades físicas de aquella á quien, 
sin embargo, llamaba bella ab bon seny , y lir entre carts en 
muchas de las tornadas de sus cantos. 


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Hé aquí de cuán distinta manera que Petrarca alaba los 
ojos, el ademán y la voz de la que ama: 

Yo viu uns ulls haver tan gran potenza 
De dar dolor e prometre plaher, 

Y esmaginant viu sus mi tal poder 

Que ‘n mon castell era esclau de remenea. 

Yo viu un gest é sentí una veu 
D’ un feble eos, e cuydara jurar 
Qu* un home armat yo ‘1 fera congoxar 
Sens romprem peí yo ‘m so retut per seu. 

Cant IV . — Lo viscahí , etc. 

En cambio, y en esto se diferencia por todo extremo del 
amante de Laura, loa repetidísimas veces, ya pondere su amor 
y celebre esperanzas, ya llore olvidos ó lamente desprecios, el 
entendimiento de aquella á quien llama con frecuencia plena 
de seny , como que era esta la cualidad que en ella más es- 
timaba. 

Ausías March, quesee que nadie cual él conoce los secre- 
tos del amor, y que afirma que éste se eclipsará cuando élffiuera, 

Deis grans secrets puch ser Apocalipsi: 

Yo defallint Amor fará eclipsi, 

Cant XCII . — Tot entenent , etc. 

pretende y repite en multitud de sus esparsas que nadie en el 
mundo ha sentido como él, ni cual él ha amado: 

Callen aquells qui d’ amor han parlat 
E deis passats delint tots llurs escrits, 

En mi pensant metenlos en oblits: 

En mon esguart nengu es namorat; 

ya que es de tal índole y tan sin esperanza el dolor que le ator- 
menta, que Dios lo reservó tan sólo para los condenados y para 
los que mueren sin esperanza: 

Per ais damuats nostre Deu la (passió) retench, 

Sois per aquells qui moren sens esper; 

Cant XLII . — Callen aquells , etc. 


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— 48 — 

y tales son sus tormentos que los que sufren los demás amado- 
res ni le infunden miedo, ni son para él siquiera una amenaza: 

Aquells affanys que 4 ls amadors acacen 
E sons común é quasi manifests, 

No son en mi, ni de semblans d' aquests, 

No 4 m fan pahor, ni sol mi no menacen. 

Por eslo cree que sería mejor para él no pensaré pasar la vida 
durmiendo: 


Plagués á Deu que mon pensar fos mort 
Y que passás la vida en durment. 

Cant XXX. — A$i com cell , etc. 

ó bien, como dice en otro canto, 

Lo milis de mi es com en res no pens; 

Tot quant yo puch de pensar me defens. 

Y es que, según confesión propia, habiendo buscado la 
vida por el camino de la muerte: 

Per lo camí de mort he cercat vida; 

le aconteció 


Si co ‘lmalvat que ‘n paradis vol cabré 
E ver 1’ infern ab cuytat pas camina, 

Y axi com cell que de raitgjorn les terres 
Va encercant per vent de tremuntana. 

Cant LXXXIII . — Per lo cami , etc. 

Y en realidad si hemos de juzgar al amante de Teresa por 
sus obras, por idéntica manera que pocos amadores le igua- 
lan en la pureza de su pasión, pocos, ó por ventura nin- 
guno puede comparársele en el ardor de la misma. Y si bien 
en sus esparsas se advierten apenas, ó encuéntranse muy de 
tarde en tarde los fogosos arrebatos y las impías imprecacio- 
nes de que están llenas las endechas de los poetas de pálido 
semblante, mustia y afeitada frente, negra y rizada melena de 
cierto moderno bando, para quienes no había compañía más 
grata que la de la luna, ni rumores á sus oidos más dulces que 
el de los cipreses balanceándose al leve soplo de las auras 


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— 49 — 

nocturnas, ni más poético placer que ir á maldecir de la vida 
entre lujosos panteones de mármol, y á cuyos dolores, para que 
nada les faltase de pomposo y teatral, era de ley que les acom- 
pañase la apóteosis del suicidio; en cambio ¿quién trocaría 
esas románticas tristezas, esos dolores de aparato, por los de 
nuestro poeta, viviendo siempre á solas con ellos, como el er- 
mitaño con los recuerdos de su vida pasada, como el que en la 
desgracia se alimenta únicamente de las memorias amargas de 
las perdidas felicidades, meditando sobre ellos, analizándolos 
con más minuciosidad y detenimiento que el anatómico el co- 
razón que tiembla y como que palpita aún bajo su escalpelo , 
y gozándose á veces en contraponerlos, á fin de que sea más 
acerba la pena y la punzada más aguda, con las ajenas ale- 
grías? 


Colguen les gents ab alegria festes, 

Loant á Deu, entremesclant deports; 

Plasses, carrers e delitahles orts 
Sien cercats ab recont de grans gestes; 

E vaja yo los sepilieres cercant 
Interrogant ánimes infernades. 

Cant. XXV . — Colguen les gents , etc. 

Yo som aquell que ‘n lo temps de tempesta 
Quant les mes gents festejen prop los fochs, 

E puch haver ab ells los propris jochs 
Vaig sobre neu descalg ab nua testa. 

Cant X . — No 'm pren aixi, etc. 

Las esparsas de Ausías son como un largo monólogo de su 
corazón ó de su mente, cuyos únicos testigos y oyentes son el 
dolor y el amor, en quienes y para quienes parece que única- 
mente vive. Ningún poeta ha podido con más razón que él 
llamar al llanto su amigo y enemiga suya la risa: 

Amich de plor é desamich de riure. 

«Entrégase á la tristeza, ha dicho Quadrado, como á su se- 
ñora querida; le da culto en la soledad y jamás la nombra sin 
que un epíteto de dulzura venga á templar su acíbar; jamás 
termina un canto sin haber hablado de las lágrimas, de los se- 
cretos atractivos del sufrimiento.» 

4 


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— 50 — 

Creemos excusado advertir á los que no hayan leído ú ho- 
jeado siquiera las obras del gran trovador, del más original y 
verdadero de los poetas eróticos, que aquella constante medi- 
tación sobre sí mismo, aquel concentrarse siempre y apoyarse, 
por decirlo así, en una misma idea, debía producir desvaneci- 
mientos en su inteligencia y vértigos en su voluntad: debía 
causar, al igual que al monómamo la idea fija en que vive, al 
par que la aparición en todos sus escritos de un pensamiento 
constante y en armonía con el estado permanente de su espí- 
ritu, un gran desorden en sentimientos é ideas. Y esto es lo 
que realmente pasó á nuestro poeta y lo que se revela en todos 
sus cantos, así en los de amor como en los de muerte; y esto 
es lo que ha hecho que pudiese decir el señor Milá de algunos 
de ellos, con su acostumbrada concisión y gráfica manera, «que 
per eix costat fan de mal llegir (1).» Por este motivo, si bien 
no es difícil indicar, como lo hemos hecho hasta aquí, los ras- 
gos más salientes y caracteríslicos de los versos amorosos del 
príncipe de nuestros poetas, cual no lo es señalar el tono domi- 
nante en cualquiera de las óperas del tierno y melancólico Be- 
llini, si pretendiésemos además dar á conocer los encontrados 
afectos que nacen de la pasión cuya cadena, como esclavo suyo, 
arrastra, sería preciso transcribir la mayor parte de sus libros. 

Ábrase el de sus esparsás de amor por el Canto XL, y allí se 
le ve dudando de si le ha de ser más grata la muerte ó ha de 
encontrar más dulce la vida: 

Si com F hom flach qui Y es for^at triar 
Ab qual de dos homens forts sa combatre 
No sab pensar ab qual dega debatre, 

Espaordit sos comptes no sab far; 

Ne pren á mi qui lo viure ni’ espanta 
E lo morir me será gran despit; 

Com viure vull la mort preuch en delit, 

Com vull morir la vida tincli per santa. 

Cant XL . — Sobres dolor , etc. 

Otras veces, desvanecida toda duda, y desesperanzado de ha- 
llar consuelo á los males que le aquejan, se arroja en los bra- 
zos de la muerte, á la cual, en la más atrevida personificación 

(1) Ressenya, png 149. 


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— 51 — 

que haya ideado jamás ningún poeta, presenta saliéndole al 
encuentro y llamándole con delicioso canto, mientras que la 
vida, igualmente personificada, le brinda con sus bienes. 

Quins tan segurs concells vas encercant, 

Cor malestruch, enfastijat de viure, 

Amich de plor e desamich de riure, 

Com soferras los mals qui son davant. 

Acuitat donchs á la mort que t’espera 
E per tos mals te allongues los jorns, 

Aytant es Umy ton delitos sojorns 
Com vols fugir á la mort falaguera. 

Bracos uberts es exida ’n carrera, 

Plorant sos ulls per sobres de gran goig: 

Melodiós cantar de sa ven hoig, 

Dient- amich, ix de casa ’strangera. 

En delit prendí donarte ma favor 
Que per nuil temps borne nat 1’ a sentida, 

Car yo defuig á tot home que’m crida, 

Prenent aquell que fuig de ma rigor. 

Ab ulls plorant é cara de terror, 

Cabells rompent ab grans hudulaments, 

La vida ’m vol donar heretaments 
E d’aquets dons vol que sia senyor. 

Cridant ab veu horrible y dolorosa 
Tal com la mort crid’ al ben hauirat; 

Car si 1’ hom es á mals aparellat 
La veu de mort li es melodiosa. 

Cant XXXII . — Quins tan segurs , etc. 

Abierto el pecho á la esperanza de que el de su amada no 
se cerrará á su consuelo, cree otras veces que debe alargarse 
su vida siquiera porque mientras ésta dure han de durar las 
alabanzas de aquélla. 

Aytant com puch iré vida allargant 
Perque l’estrem de tots mals es la mort; 

No’m trob esforc per haverne conort etc. 

La donchs njorré com parlá no’m volreu, 

E tinch per roll qui de mort no’s defen: 

Aquella es darrer dan é turment, 

No meresch yo que los meus jorns fineu etc. 


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— 52 — 


Plena de seny, no’ra abreujeu lo viure, 

Car m entre visch vostre lahor s’allarga; 

E vos lohant no’m trob la boca amarga 
Ne tard’ la má com de vos vull escriure. 

Cant. XXII . — Tal só com cell , etc. 

Perdida otras veces aquella misma esperanza , renuncia á 
toda consolación y hasta llega á creer que es para él un gran 
mal que pueda hallar defensa contra la tristeza; 

Hont es lo loch hont ma pensa repose? 

Hont será hom que mon voler contente? 

Ab escandall jo cerch tot fons e tente 
E port no trob hont aturar me gose. 

Lo que d’abans de tot vent me guardava 
Ara es en mi cruel platja deserta: 

Vagabunt vaig la casa qui m’es certa ; 

Treball es gran en part hont yo vagava 

Ya res del mon dolor no’m pot defendre; 

Perdut es ja tot lo goig de mon viure; 

A mos amichs de tristor puch escriure, 

No’m basta temps á poder m’ en rependre. 

Tant la tristor afalaga ma pensa 

Que tot m’es trist quant puch hoir ne veure, 

Tant que’m es greu que yo vinga á creure 
Que á tristor yo puch haver defensa. 

Cant LVII . — Hont es lo loch, etc. 

En suma, y para poner fin á esa breve pintura de la cons- 
tante y fiera batalla que se dan dentro de su corazón los más 
opuesios afectos, y que con tanta verdad se halla en sus ver- 
sos expresada, también alguna que otra vez se escapan de 
aquel triste corazón que, queriendo huir del dolor, tropieza 
con un dolor más grande: 

Fugint dolor en major dolor munt, 

gritos de angustia como aquel en que, recordando al atribula- 
do patriarca de Hus, maldice su existencia: 

Malehit lo jorn que’m fou donada vida ; 


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— 53 — 

ó este otro en que, creyendo que debía renunciar á toda feli- 
cidad, exclamaba: 

Malventurós no deu cercar ventara ; 

Creuhar se deu la front com la hi noraenan. 

Cant XXXIII. — Malventurós , etc. 


ó en fin aquella imprecación que, más ya que el ay de un 
corazón apenado, es el grito de un alma enloquecida por el 
sufrimiento: 


Foch crem ma carn é lo fum per encens 
Vaja ais danmats per condigne perfum; 

Mon esperi! traspás de Lethe ’l flum 
Perque de res d’ aquest mon no pens. 

Cant LXXm . — Qual será aquell , etc. 

Sin embargo, fuerza es convenir, y en esto se distingue 
nuestro poeta de los modernos eróticos escépticos, que esos 
arranques de desesperación son como los involuntarios gritos 
que hace exhalar al enfermo la vehemencia del dolor, y que se 
encuentran, como rumores perdidos, en la atmósfera de re- 
signación en que procura anegarse, acordándose siempre que es 
cristiana su alma, enamorada de otra igualmente cristiana, y 
que el amor que la profesa ha de sobrevivir á su cuerpo y á los 
deleites, como á la3 tristezas de este mundo; idea que si no es 
bastante poderosa para impedir que salgan fuera sus quejas, 
por más que su volutad así lo quiera, es por lo menos bastan- 
te dueño de él para mandar al corazón que se conforme al 
querer de Aquel que todo lo gobierna y ordena : 

• 

Clamar no ’s deu qui mal cerca si ‘l troba; 

Donchs vos, mon cor, no u$ senta pus clamar. 

Vostres gemechs no ‘s poden comportar, 

E vostres colps se mostren sus ma roba. 

Hajau esfors, car lo pijor es mort; 

Pnig k Deu plau, preneuhi paciencia: 

Eli es aquell qui fa de vos sentencia; 

Creurer debeu que no us fa ningún tort. 

Cant LXXVII . — Clamar no l s deu , etc. 


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— 54 — 

Permítasenos al llegar á este punto que, dando por terminada 
esta parte de nuestro trabajo, pongamos fin á ella con las opor- 
tunas reflexiones y elocuentísimas palabras con que concluye 
el análisis de los cantos de amor el ya citado eminente lite- 
rato y publicista mallorquín, señor Quadrado, que fué el pri- 
mero en nuestros tiempos que se ocupó en trazar por discreta 
manera y superior acierto el juicio crítico de nuestro insigne 
poeta. «Ignoro, escribe, si al analizar una por una las fibras de 
aquel corazón, al recorrer los gritos que de él arrancan las más 
fuertes y encontradas pasiones, y que sin enlace ni comentario 
apenas acaban de presentarse, asaltará á los lectores la mis- 
ma reflexión que me ocupa tristemente al transcribirlos. ¡ Se 
comprende bien lo que debía ser una vida concentrada siempre 
y apoyada en una idea, como el anacoreta en su columna, 
elevada sobre la tierra sólo lo bastante para producir vértigo 
y aislamiento ! ¡Loque debía ser aquel vuelo del alma, cer- 
niéndose en los aires y sostenida siempre sobre sus alas, sin 
nido donde guarecerse, sin otro contacto que el impalpable 
de la atmósfera en que vivía, sin divisar más que confusa- 
mente y á vista de pájaro los intereses y vida de los demás 
hombres! ¡Lo que debía ser aquel quietismo del dolor, aque- 
lla vista íntima abierta y vigilante siempre hacia dentro, ce- 
rrada á todo objeto por fuera.... aquel océano de deseos sin- 
tiendo siempre su vacío y sin esperanza de llenarlo, en el 
cual venían á chocarse todos los vientos con súbitas y vio- 
lentas embestidas! ¡Se concibe lo que hubo de ser la vida 

é historia de aquel hombre! Y no vengan á decirnos los hom- 
bres fríos y maduros que los versos no pasan de un honesto 
entretenimiento, que la poesía no es más que un vestido de 
gala: no son, no, aquellas ideas de las que reposan con la 
pluma ó se evaporan fuera del aposento; ni hay en ellas úni- 
camente más ó menos enérgicas declamaciones, imágenes más 
ó menos ricas; hay allí un curso completo de la ciencia del co- 
razón, el fruto del estudio y observación de una vida entera, y 
áun ésta aparecerá corta para los que, en vez de detenerse como 
nosotros, poetas más bien que metafísicos, en apreciar las be- 
llezas literarias y de expresión, sigan á Ausías, tras el hilo de 
su vasto sistema, por las profundidades del pensamiento (1)». 

(1) Ausías March. Museo Balear , pág. 204. 


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— 55 — 


Si bien en las ediciones de Ausías tienen el último lugar 
los cantos de muerte, hemos creído, alterando el orden esta- 
blecido, deber ocuparnos en aquéllos después de hacerlo en los 
de amor, porque los consideramos como la lógica y natural 
continuación de los mismos; porque son como el desenlace de 
un drama de amores que, habiendo empezado bajo la oscura 
bóveda de un templo en los días en que recuerda la Iglesia las 
divinas tristezas de Ghetsemaní y los acerbísimos dolores del 
Calvario, termina en una tumba detrás de la cual el amor se 
transfigura en la muerte que da vida eterna, y el dolor en espe- 
ranzas del paraíso. 

Después de haberla amado como no había poeta alguno 
amado á su dama, la flor terrestre, aquel lirio entre cardos, en 
cuya contemplación estática, pero no exenta de amarguras, ha- 
bía nuestro trovador vivido, fué, convertida en perfumes, á 
exhalarse ante el trono del Bien eterno. Los dedos de Ausías 
no hacen más que cambiar de cuerda en su melancólica lira, y, 
¡cosa extraña, si no la explicara la fe que ardía viva en su 
alma! los sones que de ella arranca no son tan tristes, por más 
que sean también muy dolorosos, como los que sacaban de la 
cuerda en que lloraba las penas del amor. Pronto nos dirá él 
mismo lo que adivinará cualquiera que sepa en qué parte del 
sér querido había puesto su afecto, y qué es lo que pensaba 
acerca de los futuros destinos de los espíritus. 

El primer afecto que experimenta al recordar que 

Aquelles mans que jaraés perdonaren 

Han ja roraput lo fil tenint la vida 

de la que fué su querida; al ver á su alma envuelta como en un 
manto de dolor, y al pensar cómo es ida para no volver aque- 
lla á quien amó cual aman los santos; 

En sa dolor m’ arma es envolcada... 


Com sens tornar la qu ara es anada; 


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— 56 — 

cuando recuerda que se han interrumpido para siempre los 
amorosos coloquios, y separado para no juntarse nunca más 
dos voluntades antes unidas, 

Quant iraagin les voluntáis unides 
Y ‘1 conversar separats pera serapre; 

y ve flotar sus pensamientos á impulsos de sus voluntades (per- 
dónennos los metafísicosel plural), como van y vienen las nu- 
bes en alas de los vientos; 

Mes voluntats mes pensaments aporten 
Avall y amunt si com los núvols Y ayre; 

por más que contemple el espíritu de su amada libre del barro 
que lo envolvía, con igual deleite que experimenta el devoto 
en el templo; 

Son esperit sens lo cors jo contemple, 

Tant delit sent cora 1* hom devot al temple; 

por má9 que no tema la muerte, y sí sólo que le falte el cielo, 
y ponga igual rostro al próspero como al adverso caso : 

La Mort no tem que lo mon damnifica, 

Sino que tem que 4 1 cel me desfallesca. 

Tot cas jo mir ab una egual cara; 

y que sea su amor como el horno que purifica el metal y con- 
vierte lo demás en humo; 

Tot ver amich á son ver amich ama 
De tal amor que Mort no la menyscaba: 

Ans el fornal qu apura Y or y acaba 
Dexant 1* or fi, els ais en fum derrama; 

Cant de mort I . — Aquelles mam , etc. 

no puede asegurar, sin embargo, que no encuentre su espíritu 
desierto de todo deleite, y no se espante él mismo de verse 
vivo, llegando hasta figurarse que su fantasía le engaña al re- 
presentársela muerta: 


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— 57 — 


Yo no pnch dir que no sia desert 
De tot delit quant morta la iraagin; 

# De mi mateix m* espant com no ‘m afín; 

Pensant sa mort empar que no 4 n so cert.... 

Cant III . — Quiserá aquell , etc. 

Mas ya que no puede dudar que realmente la perdió para 
siempre, ruega á Dios, como especial merced, que le acoja donde 
está ella, y puesto que con una sola herida llagaron sus dos 
corazones el Amor y la Muerte, una ésta lo que ella separó. 

A Deu mercé mes no se de que ‘t pregue 
Si no que mi en lo seu loch aculles: 

No tardes molt que d’ elle á mi no vulles 
Puig I* esperit hont es lo seu aplegue. 

E lo meu cors ans que la vida fíne 
Sobre lo seu abragat vull que jaga; 

Amor é Mort ferils de una plaga; 

Separáis Mort, dret es qu* ella ‘ls vehine. 

Cant I . — Aquellos mans, etc. 

Y es que, si bien el amor de Ausías no e& de los que aca- 
ban, sinó antes bien de los que crecen con la pérdida de la 
persona querida , 

Amor se pert entre gens per absenta 
E per la Mort la mi* Amor no fina : 

Ans molt més am á vos en mort qu’ en vida. 


D* aquella que la mort al mon Y a tolla 
Honest voler en mi román sens mésela; 

la fantasía le trae á veces el recuerdo del tiempo y de los lu- 
gares donde experimentó tristezas ó gozó alegrías, y c'»n él el 
dolor que acompaña siempre las pasadas memorias, siquiera 
sean melancólicas; 

Si res jo veigd’ ella dolor me dona, 

E si’m defuig par que d’ella m’ aparte: 

Lo terops e ’l loch ab lo dit la ’ra senyalen 
Segons en ells dolors é delits foren; 

Cant IV. — Puig me trob sol , etc 


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— 58 — 

ó le representa la imagen de sus últimos instantes, 

Quant l’esperit del cors li viu partir 
E li doní lo derrer besar fret; • 

Cant V.— Que val delit, etc. 

ó le murmura al oido las tristes palabras que le dijo antes de 
su partida: 

Dient plorant, no vullau mi leixar: 

Hajau dolor de la dolor de mí ; 

yen tales momentos, ¡cómo no sentirse hombre! ¡Cómo no 
admirarse de que su corazón no hubiese estallado de pena! 

O cor malvat del qui ’s ven en tal pas, 

Cora pecejat é sens sanch no román? 

¡Cómo no soltar la voz al dolor y arrancar á la lira, cuando 
se presentan á la fantasía tan tristes recuerdos, y llaman á la 
puerta del corazón tan acerbos pesares, versos como éstos: 

Car tant com puch jo’m dolch e dolre ’m vull, 

E com no’m dolch assats pas desplaher, 

Car jo desitg que perdés tot plaher, 

E que jamés cessás plorar mon ull! 

Cant VI .— Si per nuil temps , etc. 

Pero Ausías March era un gran poeta y como tal capaz de 
sentir, con más fuerza que los corazones vulgares, los grandes 
dolores, á la manera que lo es el Océano de ser sacudido y tur- 
bado hasta en sus más hondos senos por tempestades, que ape- 
nas podrían desplegarse en toda su imponente majestad en 
pequeños mares: Ausías March era también un gran cristiano, 
y por lo mismo, no tanto era el dolor de la separación de los 
cuerpos el que más tormento le daba, como la duda de si de- 
bía ó no ser eterna la de sus espíritus. Nuestro trovador tenía 
bastante temple de alma como hombre, y como cristiano fe so- 
brada, para despreciar esos amores teatrales que sólo se exhi- 
ben ante testigos y buscan para desahogarse lugares sombríos, 
pero dispuestos á manera de decoración escénica, si en su 
tiempo hubiesen estado de moda, como lo estuvieron en los 


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— 59 — 

nuestros; y para saber que todo acaba para los cuerpos con la 
muerte, basta el día en que sean llamados á gozar ó á sufrir 
con las almas, según contribuyeron á su salvación ó á su con- 
denación eterna. El sabe que los difuntos no piensan en los 
vivos, y que por lo tanto no agradecen los dolores que éstos 
sufren; 


Quant pens deis raorts que res del vius no pensen 
E los dolors que pas sens grat se perden: 

Cant I . — Aquelles tnans , etc. 

sabe también que los muertos no vuelven al mundo; 

Si be los morts en lo mon no retornen, 

y por esto no piensa en ir al sepulcro donde yace su amada, ni 
para esparcir flores sobre élla como pagano, ni para llorar 
sobre sus restos cual mujer de corazón flaco. 

Ni le preocupa si el cuerpo del que fué su ídolo es pasto 
de gusanos, ni si los transeúntes huellan indiferentes la losa 
que cubre sus cenizas: el único pensamiento que le aflige, la 
única espina que la muerte, al arrebatarle su amiga, ha dejado 
clavada en su corazón, es saber en qué compañía se encuentra 
en la otra vida, ó como dice él mismo: 

Quins esperits á tu de prop te son. 

Para averiguarlo se dirige al de su amada, diciéndole: 

Tu, esperit, si res no te’n defíen 
Romp lo costum que deis morts es comú: 

Torna en lo mon é mostram qu es de tu; 

Lo teu esguart no’m donará espaven: 

Cant VII . — Lo gran dolor , etc. 

y como no tiene, cual Dante respecto de Beatriz, la seguri- 
dad de encontrarla, para vivir amándola eternamente, en los 
celestes prados donde sestea el divino Esposo de las almas, se 
estremece al pensar que pueda por culpa suya estar en el in- 
fierno ó en el purgatorio, y ruega á la Virgen que, no tomando 
en cuenta de dónde vienen las oraciones que le dirige, no sean 
en daño de ella sus pecados; 


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— 60 — 


Mare de Deu, si es en purga tori 
Son esperit per no purgats delits, 

A ton Fill prech no guard los prechs d‘ hon venen, 

Mes llá hon van mos peecats no li noguen. 

Cant IV . — Puig me trob sol , etc. 

Por lo demás tan poco egoísta y carnal es su pasión, á di- 
ferencia de la de los amadores vulgares, que si pudiese echar 
de sí aquella duda, que es su tormento; si de cierto supiera 
que estuviese su amada gozando de la compañía de los bien- 
aventurados, ya no sentiría que hubiese sido herida por los dar- 
dos de la muerte: 

s E si cert fos qu’entre los sants fos mesa, 

Non volgra jo que de Mort fos defesa. 

Cant I . — Aquelles mans , etc. 

La duda, sin embargo, subsistía. Aquel nuevo Job, que con 
perderlo todo, al perder lo que era su único supremo bien aquí 
bajo, no había podido siquiera guardar dentro de su alma la 
esperanza de hallar en otro mundo mejor el espíritu á quien en 
vida había unido el suyo; aquel nuevo Job que, como el pa- 
triarca árabe, en un momento de desesperación había maldecido 
también su existencia, debía como aquél llevar hasta el he- 
roísmo su resignación : y hé aquí que en medio de los males 
que se desploman sobre su corazón, anegándole en amarguras, 
á manera de las olas que, cayendo sobre ella, cubren de salo- 
bres espumas la combatida roca que irgue su cabeza en soli- 
taria playa, impone silencio á aquél recordándole que 

Tot es bó puig es obra de Deu. 

«Admirable, sublime Ansias, exclama al llegar á este punto 
nuestro amigo Quadrado; después de oir de tu boca este verso, 
¿qué más pudiéramos añadir acerca de tí ni como hombre ni 
como poeta?» 


Habiéndonos detenido tanto, menos sin embargo de lo que 
hubiéramos deseado, en los cantos de Amor y de Muerte, difícil- 


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— 61 — 

mente podríamos, sin caer en repeticiones y pecar por difusos, 
extendernos en los Morales y en el Espiritual, escritos por 
ventura por nuestro trovador para buscar en la filosofía cris- 
tiana y en el amor divino un bálsamo alas penas que tan hon- 
damente le afligían. En ellos, sin dejar de mostrarse elegante 
y á momentos sublime poeta, aparece menos la fecundidad de 
su ingenio, por efecto sin duda del tono didáctico que con fre- 
cuencia en los mismos domina, y de que la materia se presta 
más á las severas bellezas de la razón que á las brillantes galas 
de la fantasía. Como árbol que tiene echadas sus raíces en el 
campo de la ética cristiana, produce más frutos que flores, ó úni- 
camente se reviste de éstas en cuanto sirven para atraer hacia los 
primeros las voluntades y á excitarlas á alimentarse de ellos. 

Es excusado decir que la moral de Ausías es elevada y no 
menos que su pasión pura. «Fundando, dice el crítico á quien 
acabamos de citar, la dignidad del hombre en su perfecciona- 
miento incesante, su felicidad y grandeza en el cuplimiento de 
su fin, levanta sobre estos pilares su noble cuanto sólido edi- 
ficio. Aplicando continuamente tan fecundo principio, no re- 
conoce en el hombre otra libertad que la que conserva respecto 
de sus mismos deseos, otra paz que conciliar su voluntad con 
su deber, otra sabiduría que la de mejorarse y atender á su fin, 
ni otro privilegio en el sabio que el de su inmensa responsa- 
bilidad sobre los que no conocen sinó los goces y tareas ma- 
teriales; no considera otro bien en la nobleza y opulencia que 
el de servir de instrumentos para el bien, otra ceguedad en la 
fortuna que la ceguedad de nuestras pasiones, que piden á sus 
favores lo que ellas no alcanzan á dar, otra ocasión de valor 
que la de morir por un gran bien ó en provecho de muchos, 
otra mayor cobardía que la del suicida, que escapa de los ma- 
les, como el bisoño ante el enemigo Moralista austero, de- 

searía establecer una severa censura que arrancase la máscara 
á los hipócritas, que los castigase en la opinión misma á que 
aspiran por recompensa, que desterrase esa moral cómoda, 
ficticia, de pomposa apariencia, estéril en virtudes y en frutos 
de verdad, sin los cuales 

<tU hora qui n’ es menys es arbre menys de fruit; 

Oras en bell ort son los homens del mon.x> 

Cant moral XI. — Lo tot es poch , etc. 


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— 62 — 

Como todós los hombres que, reconociéndose superiores á 
los espíritus comunes que les rodean, creen que el mundo, á la 
manera de un campo cansado de dar frutos, no puede producir 
ya más que generaciones de mente flaca y enteco corazón 
en cuerpo raquítico, y vuelven por lo tanto la vista á los tiem- 
pos que fueron, que tienen por mejores que los en que ellos 
viven, Ausías deseaba haber nacido cien ó más años atrás, 
porque creía que las generaciones presentes eran peores que 
las pasadas: 

Volgra ser nat cent anys ó pus atrás 
Perqué som cert, que 4 s pijoratlo mon. 

Cant moral VI . — Volgra ser nat , etc. 

Imagínase que 

Bondat, virtut han perduda sa rassa, 

Cossos humaos han molt disminuit: 

Deu es per nos mal honrat é servit 
E ja la mort pus estret nos abrassa; 

y deduce de ello que 

Foll es aquell que no imaginava 
Que fallirem, puig fall <?o per que som, 

Si com decau la rama é lo pom 
Si la rahel del arbre hom tallava. 

Cant moral V . — Yo crit lo bé, etc. 

¡Qué extraño, pues, que al presentarse ante sus ojos el triste 
cuadro de enfermedades morales que ofrecía la sociedad de su 
tiempo, y no viendo remedio á ellos en lo humano, rompiese 
indignado en este enérgico y doloroso apóstrofe! 

Yo ‘sguart lo cel é no veig venir flames 
Per abrasar la sodomita secta. 

Hon es lo temps que tu prenias venja 
De tots aquells que natura greujaven? 

Mire lo cel quant plourá la justicia 
Que ‘n temps passat entre nos habitava, 

E no veig res que d’ aquest loch devalle; 

En ié román tot quant de tu s’ espera. 

O senyor Deu, e quant será que ‘t mostres? 

Ja tarda molt com del mal hom no 4 t venges. 


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— 63 — 

Yo so ben cert qu aprés la mort 1* esperes, 

Mes en lo mon be 4 m sembla que ‘t mostrasses. 

Vulles haver pietat del teu poblé ; 

Puneix aquells sehents. alts en cadira 
Qui del Anyell volen la carn e lana 
E son contents que feres lo devoren. 

Cant moral X . — Qui de per si, etc. 

¡Qué extraño que al ver tan extendida la corrupción de cos- 
tumbres, hasta el punto de que no haya quien tenga derecho de 
censurar á los demás, crea que si hay alguno que sea excep- 
ción á lo que los otros practican, éste no rompa la regla gene- 
ral, de la misma manera que 

Un oronel l’estiu no denuncia ! 

Permítasenos que además de estas citas, y á fin de que nues- 
tros lectores puedan formarse un más cabal y exacto concepto 
del carácter y del tono que reinan en los cantos en que nos 
ocupamos, transcribamos algunas eslancias de aquel en que 
trata de*la fuerza de la voluntad y del menosprecio de la muer- 
te, que, con ser de los más cortos, es sin disputa, á juicio de 
nuestro amigo el Sr. Milá, uno de los más notables de esta 
parte de sus obras: 

Por de pijor á molts fa pendre mort 
Per’esquivar mal esdevenidor, 

Si bé la mort resembla cas pijor, 

Cell qui la pren la té per bona sort: 

E de’a<?ó Cató mostra camí 
E li mes nom us de la libertat, 

Car de tots ais pot esser l’hom for$at 
Sino en morir qu’es en nostre juhi. 

Algú la pren e reb nom de mesquí 
Fugint perill qui fes devant posat; 

Altre será de cor nobl’ animal 
Que vol morir per la valor de sí. 

Venint en mans d’enemich seu potent 
Sobrat lo cors guerrej’ ab lo voler; 

De vencedor encara ’s veu poder 
Vol perdre '1 cors per l’esperit vencent... 


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64 — 


Alguns passats que voluntat iniqua 
Los feu morir ó l’opinió vana, 

Aquets no llou, mes les de pensa sana 
Volent morir per fer llur arma rica. 

Perdent un poch per 1* inflnit atendré, 

Guanyant lo goig qu’ al Fill de Deu acosta; 

Gran es lo bé segons aquesta costa 

Que per la mort de tal hom s’ hagues vendre. 

Cant VII. — Por de pijor , etc. 

Renunciamos á analizar el canto espiritual. Pretender ha- 
cerlo valdría tanto, á nuestro modo de ver, como querer. con- 
tar los granos de incienso que entraran á formar parte de cada 
uno de los tenues retazos de vapor de que se compone la ligera 
nube que sale de un incensario , y analizar el perfume que de 
ella se exhala. No sabríamos cómo dar una idea aproximada 
de él, siuó comparándolo con la guirnalda de escogidas flores 
con que ciñe la devoción la imagen de un santo. Por la ener- 
gía y grandeza de sus conceptos, por el sabor verdaderamente 
religioso y hasta místico, que en él reina á trechos y por la 
espontaneidad de la expresión, más feliz por ventura que en 
ningún otro de los cantos en eslramps que tiene nuestro poeta, 
consideramos el espiritual como su obra más bella é inspirada. 
Hé aquí algunas de sus más notables estancias: 

Puig que sens tu algú á tu no basta 
Dónam la má ó pels cabells me lleva, 

Sino estench la rnia vers la tua 
Quasi forgat á tu mateix me tira. 

Yo vull anar envers tu al encontré: 

No sé perqué no fac lo que volria, 

E no sé qué aquest voler empacha 
Puig yo so cert haver voluntat franca. 

Llevar mi vull e prou no mi esforcé; 

£ó fá lo pes de mas terribles colpes; 

Ans que la mort lo procos á mi doga 
Placia’t Deu, puig teu vull ser, que’m vullas. 

Fer que ta sunch mon cor dur amollexca, 

De semblant mal guarí ella molts altres; 

Ya lo tardar ta ira ’m denuncia; 

Ta pietat no trob en mi que obre. 


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— 65 — 


No te repós qui en altra fi guarda 
Car en res ais lo voler no reposa; 

Qó fent cascú, é no hi cal subtilesa, 

Que fora tu lo voler no s’ atura. 

Si com los rius á la mar tots acorren, 

Aixis les fins totes en tu se’n entren; 

Puigte conech esfor^am que yo t’ame; 

Ven?a l’amor á la port que yo’t porte. 

'Qual será ’l jorn que la mort yo no tema 
E será quant de t’amor yo m’ inflame, 

E no ’s pot fer sens menyspreu de la vida, 

E que per tu aquella jo menysprehe. 

Llá donchs serán jus mi totes Ies coses 
Que de present me veig sobre los muscles: 

Lo qui no tem del fer leó les ungles 
Molt menys tembrá lo fibló de la vespa. 

O quant será que regaré les galtes 
D’aigua de plor ab les llágrimes dolses: 

Contrició es la font d’hont emanen, 

Aquell es clau que ’l cel tancat nos obre. 

D’atricció parteixen les amargues 
Perqué en temor més qu’en amor se funden, 

Mas tais quals son d’aquestes m’abunda, 

Puig son camí é via per les altres. 

Cant espiritual. 

Después de lo que llevamos dicho de Ausías como hombre y 
como poeta; después de los muchos versos suyos que hemos 
transcrito, ¿qué podríamos añadir acerca de las cualidades ar- 
tísticas de que estaba aquél tan ricamente dotado, y que tan 
bella y ostensiblemente se revelan en éstos? El señor Milá, á 
quien nadie acusará de que se deje llevar en sus juicios críti- 
cas ni por entusiasmos ni por antipatías convencionales, ni por 
las corrientes de las modas, — que las hay por desgracia en los 
gustos y en las # teorías estéticas, como en los trajes; — el se- 
ñor Milá, que califica á March de notable personalidad poética, 
dice de él «que le singulariza el especial acento de verdad que 
se manifiesta en sus obras, las cuales nos revelan con viveza 
grande y sin fingimiento cuanto él sentía, fuese buenoó malo.,. 
Era, añade, muy hijo de su tiempo, pero á la manera que serlo 

5 


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— 66 — 

suelen los grandes hombres, es á saber, como norma y excep- 
ción del mismo. No es un poeta completo, pero sí grande, y 
pocos habrá de quienes puedan recordarse pasajes tan bellos y 
tan elevados conceptos. Sobresaliente en la parte intelectual 
y afectiva, fáltale únicamente , — nosotros nos atreveríamos á 
limitar algún tanto lo demasiado absoluto de este juicio , — la 
fantasía inventiva, que convierte en un nuevo sér poético cada 
objeto representado ó cada situación del ánimo, sin que deje por 
esto de acercarse mucho á aquella soberana perfección que 
únicamente alcanzan del todo la natural inspiración ó el arte 
más exquisito. Ni mengua su valor el que como obra poética 
deje algo que desearla suya, ya que cuando hace que se exha- 
len ciertas voces de lo íntimo de su corazón , no le es dado en- 
tonces al lector acordarse de nada más y queda como preso y 
esclavo suyo.» 

No se le escapa al señor Milá el defecto de la oscuridad que 
en sus versos se nota, y que fué considerado como primor de 
no escaso valer por sus antiguos admiradores; «oscuridad que 
procede en parte, dice, de que quería adelgazar demasiado la 
materia, pensar por sí mismo, y decir lo que otros no habían 
sentido ni expresado;» y en parte, añadiremos nosotros, ade- 
más de lo arcaico del lenguaje, de lo violento y desusado de 
sus giros, efecto de la dificultad que al parecer experimentaba 
á veces en encerrar el concepto en el estrecho molde de su es- 
tilo, por demás conciso y epigramático, y en la forma harto di- 
fícil de sus estancias. Y esa oscuridad es, á nuestro juicio, la 
principal causa de que no sea hoy Ausías tan leidoy estimado 
como merece serlo. Sin embargo, cuando se ha logrado rasgar 
el velo que por las indicadas causas envuelve á veces con sus 
pliegues algunos de sus versos, entonces aparece tal cual es, ó 
sea verdadero poeta, y el trabajo que se ha empleado en desen- 
marañar el sentido de su frase queda con creces compepsado 
con el placer que se experimenta al comprenderle. 

Mucho dudamos que pueda hallarse un poeta más subjeti- 
vo; un poeta que, siéndomenos plástico, haya sido no obstante 
más que él aficionado á convertir sus ideas en imágenes, y por 
lo tanto á personificaciones y semejanzas. ¿Sería que se sintiese 
como obligado, más que otros, á acudir á ellas por la necesidad 
de explicar sus conceptos, por lo común abstractos y de suyo 
oscuros? Así lo creemos. Mas ora fuese éste el motivo, ora efecto 


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— 67 — 

de riqueza de imaginación, ello es que sus estancias están 
como matizadas de comparaciones, unas veces, y son las me- 
nos, sacadas de los objetos de la naturaleza, y otras, y con más 
frecuencia, de las ocupaciones y de los mismos afectos huma- 
nos, cual si creyese , — como discretamente observa el señor 
Quadrado, — que sólo el hombre puede explicar al hombre. 
Fácil nos sería formar un escogido y primoroso ramillete de 
ellas con trasladar aquí algunas de las que se encuentran es- 
parcidas en sus cantos; mas creemos que con las que se leen 
en los fragmentos citados las tendrán nuestros lectores de so- 
bras para apreciar la índole y riqueza de las mismas, á las 
cuales dan, á nuestro modo de ver, más realce y mayor ener- 
gía la manera especial y casi siempre idéntica de expresarlas. 
Dejemos á los descontentadizos y severos Aristarcos, que para 
andar á caza de defectos pasan no pocas veces distraídos ó 
mal humorados por delante de grandes bellezas, la poco grata 
tarea de ir apuntando uno á uno los lunares que afean de vez 
en cuando las obras de nuestro gran trovador, acá sorpren- 
diendo un verso duro y poco armonioso; señalando más allá 
alguna estancia prosaica; en un punto notando un giro vio- 
lento y que no disculpa la libertad de la hipérbaton, en otros 
indicando algunas rimas imperfectas y poco variadas. Nos- 
otros preferimos gozar en la blancura del lirio y en la fragan- 
cia del clavel, más que detenernos en señalar el grano de 
sucio polvo que habrá arrojado sobre ellos al pasar el viento. 
No todos los corazones son capaces de comprender, ni todas 
las inteligencias de apreciar las bellezas de sentimiento ó de 
concepto que derrama el artista en su obra, y es deber del crí- 
tico hacerlas resaltar para que sean más estimadas, por igual 
modo que el inteligente en pinturas pone á buena luz los cua- 
dros de los grandes maestros para que brillen más y mejor se 
pueda gozar de sus primores. Bastan para descubrir los luna- 
res de forma que puedan afear una obra del humano ingenio 
la vista menos ejercitada y una mente no educada en las ense- 
ñanzas estélicas; para poder juzgar con acierto á poetas como 
Ausías March, lo hemos dicho antes de ahora, es preciso ser 
capaz de sentir lo que habían ellos sentido y comprender lo 
que habían pensado. 


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— 68 — 


SUCESORES DE AUSÍAS MARCH 

Ausías es el astro más esplendente, lo hemos dicho antes 
de ahora, de la literatura catalana en los tres períodos en que 
al principio de este trabajo la dividimos. Al bajar al sepulcro 
va á su ocaso aquella poesía y comienza su crepúsculo ves- 
pertino; crepúsculo brillante aún mientras aquel astro ha 
traspuesto apenas los luminosos linderos del horizonte, pero 
cuyas esplendentes tintas van oscureciéndose á medida que se 
va hundiendo más en ellos. 

Dejamos apuntados algunos de los caracteres que distin- 
guen de los anteriores el último período de nuestra escuela 
poética. Ahora que vamos á ocuparnos más detenidamente en 
él, ¿no nos será dado indicar otros que, más que á la forma exte- 
rior, como los que entonces señalábamos, se refieren al espí- 
ritu que anima á los asuntos mismos, que son especial objeto 
de dicha escuela, al mismo tiempo que nos ocupemos en los 
principales de sus numerosos cultivadores que en ellos se ins- 
piraron? 

Hemos advertido más de una vez la dificultad de señalar, 
careciendo como carecemos de exactas noticias biográficas de 
un crecidísimo número de ellos, cuáles son los poetas que flo- 
recieron después de la muerte de Ausías ; pero no tememos 
mencionar como tales, por más que algunos de ellos alcanza- 
sen los días de este poeta y hasta compusiesen alguna de sus 
obras en los en que él exhalaba sus tristes ayes en los cantos 
de muerte, al mayor número de los que tomaron parte en el 
certamen valenciano de 1474, y sobre todo los concurrentes á 
las justas poético-religiosas de 1482, 1486 y 1488, algunos de 
los cuales por haber escrito sus obras en la segunda mitad de 
aquella centuria y por el carácter especial de las mismas, muy 
distinto del de las melancólicas y filosóficas esparsas del aman- 
te de Teresa, pertenecen en alma y cuerpo, permítasenos 
la expresión, á la nueva faz que ofrece la catalana escuela 
poética. 

No creemos ofender la susceptibilidad literaria, ni el amor 
á sus respectivos países de nuestros poetas contemporáneos 


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— 69 — 

valencianos y catalanes, ni oscurecer la merecida, pero menos 
brillante fama de los muchos ingenios que, así en las fértiles 
llanuras de allende, como en las agrestes comarcas de aquende 
el Ebro, cultivaron en el mencionado período la gaya ciencia, 
si les decimos que, á nuestro parecer, que es también el de 
críticos de más valía que nosotros, aquel período lo fué de de- 
cadencia para nuestras patrias letras. 

No somos de los que medimos los grados de cultura, ni la 
importancia literaria de una época dada, por el mayor ó me- 
nor número de hombres doctos, poetas y artistas, siquiera 
sean medianos, que en ella florecieron, ó de los congresos cien- 
tíficos y justas poéticas que se celebraron en la misma, ó por 
el ruido y aparato de que unos y otrys se rodearon. Sin salir 
de nuestra casa ó con sólo asomarnos á la puerta de la de 
nuestros vecinos, los provenzales, podríamos hallar un doble 
testimonio en favor de nuestra opinión en este particular 
asunto. Mireya y la Atlántida, obras de verdadero ingenio, 
fueron concebidas y por ventura en parte escritas en el apaci- 
ble retiro de una casa de campo la primera, y en las vastas 
soledades del Océano la segunda. Por lo demás, y puestos á 
un lado y en el alto lugar que merecen aquellas dos produc- 
ciones, en esta como en la otra parte de los Pirineos no hay 
más que una sola voz para proclamar que la poesía envejece 
y decae en medio de los felibrejados de los provenzalés y de 
los innumerables certámenes con que la festejan los catalanes. 
Copiosísima es la raiés que en una y otra comarca, Provenza 
y Cataluña, se produce; pero raquíticas y de escasa substan- 
cia no pocas veces, hueras las más, las espigas que en ellas se 
cosechan. Mucho el ruido que en ambas se produce; pero es el 
que hace el viento pasando por espesos cañaverales; no el ma- 
jestuoso rumor que despide la robusta y solitaria encina al 
sacudirla la brisa. 

Fácil es colegir de lo dicho que estimando como un dato 
literario, digno de tomarse en cuenta al hacer la reseña del 
último período de nuestra literatura, sobre todo en la parte 
que á Valencia le corresponde, la muchedumbre de certáme- 
nes que á últimos del siglo xv se celebraron en dicha ciudad, 
y el número verdaderamente considerable de poetas que á ellos 
concurrieron ; y apreciando al propio tiempo y alabando como 
es justo los esfuerzos que para el mayor florecimiento de la 


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— 70 — 

poesía, y en especial de la religiosa, hiciéronse, con mejor 
buena voluntad que acierto, por algunas personas influyentes, 
promoviendo aquellas justas de ingenio, no creemos, sin embar- 
go, que debamos detenernos á hablar uno por uno de todos los 
poetas, en su mayor parte meros metrificadores, que en ellas 
figuraron como vencedores ó como vencidos, y de muchos de 
los cuales apenas se conocen más versos que los impresos en 
las colecciones que de sus poesías se formaron. Así, pues, de- 
jando para los eruditos y bibliógrafos, que tienen la envidiable 
suerte de poseer algún ejemplar de los hoy por todo extremo 
raros libros dados á la estampa en el último tercio del siglo xv 
y primero del xvi, en que aquéllas se encuentran, el que sa- 
quen de la oscuridad en que yacen nombres tan del común de 
los críticos ignorados como los de Alcañiz, Nájera, Cardona, 
Gamizo, Llansol, Fira, Sent Climent, Villalba, Balaguer, Au- 
sías de San Juan y otros; ó algunos fragmentos todavía menos 
conocidos, de escasísimo interés como obras de arte, ha- 
blaremos tan sólo, al igual que lo hemos hecho en las anterio- 
res reseñas, de los que, siendo tenidos por más notables, ca- 
racterizan mejor aquel período literario en sus principales 
manifestaciones religiosas y satíricas, ya porque son sin dis- 
puta las que en él más dominan ó mayor importancia tienen, 
ya porque en la expresión de los sentimientos amorosos, los 
que tales asuntos trataron siguieron por lo común, con más 
ó menos fortuna, las huellas de su modelo y maestro Ausías. 

Figuran entre los primeros, ó sea entre los que trataron con 
preferencia asuntos religiosos, Mossen Bernat Fenollar y el 
comendador Mossen Juan Scribá, á quienes citamos juntos, 
como autores que fueron de una composición de carácter mís- 
tico, llena en ciertos trozos de verdadero sentimiento, titulada: 
Cobles de la passid de Jesuxristh, fe tes per Mossen Fenollar é 
per Mossen Johan Scrivá, cavaller , contemplant en Jesús cruci - 
ficat. Es una obra poética de cuarenta y seis estancias, de diez 
versos, dos de ellos quebrados, de las cuales corresponden 
veinte y tres á cada uno de sus dos autores, llena de notables 
conceptos y de elevadas y bellas imágenes con sencillez y ver- 
dad expresados, en la cual tropieza á veces el lector con pasajes 
no indignos de vates de más renombre que los nuestros. Sirvan 
de muestra de su estilo y valor poético las siguientes estancias: 


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— 71 — 


Mossen Johan Scrivá. 

O quant desecorda ab goig sens mesura 
De robes stranyes la viu cobrir, 

Y tolreus ab ira aquell sens tristura 

Tan digne vestir. 

Per sorts declarant á qui deu venir! 

O quant desacordeut les flors y espines, 

Y creu molt feixuga ab rams molt florits ! 
' O quant desacordent sponja y metzines 

Scarns y despits, 

Aprés de grans festes, lionors y convits ! 
Mossen Fenollar. 

O quant fonch deixeble inich ab ultratje 
Qui ’l Mestre vené per un tant baix for ! 

O quant fonch injust, cruel y salvatje 
Qui sois per gran por 
A mort jutjá T Rey qui nos dé son cor ! 

O trists y perversos ! y com no pensaven 
Punits de tal crim serían tots temps, 
Quant per vos matar així navegaven 
A veles é rems, 

Que us feren de mort sentir los estrems. 

Mossen Fenollar . 

O font abundant de tota bonea, 

Qui pot sens dolor la mare pensar 
Qui participant de vostre pobrea, 

Res no us pogué dar, 
Quant nu ab gran fret vos feu fort penar, 
Majorment pensant lo quant vos podíeu 
Usar de riquea é are us defuig; 

Per darla á nosaltres rey pobre moríau, 

Y aquella d’enuig 

Tant richa y tant trista que tot be 1¡ fuig. 

Mossen Johan Scrivá . 

De nostres pecats oh quanta esperansa 
Nos causa, Senyor, lo gest que mostrau; 
Lo cap inclinat es vera semblanza 
Que vos perdonau 

Los raals que morint en creu reparau; 


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— 72 — 

Los brasos teniu oberts que ’ns abrassen, 

Las mans foradades per grans donatius, 

Obert lo costat per tal qu’ us portassen 
Los morts é los vius 

Amor que d’ infern deslliura l’s catius (1). 

Permítasenos indicar de paso, y como una prueba de la in- 
fluencia que iba ejerciendo en la nuestra la poesía castellana, 
á la cual se franqueaba ya por entonces la entrada en los certá- 
menes antes mencionados, que Fenollar, al igual que otros 
poetas de su tiempo, escribió algunas composiciones en el ha- 
bla de Castilla. 

Aunque nacido en Barcelona, por las relaciones amistosas 
que hubo de tener con algunos poetas valencianos, nos permi- 
tiremos citar entre los más notables cultivadores de la poe- 
sía religiosa al comendador Miguel Stela, autor, entre otras 
obras de este género, de una que titula: Oracid á Den lo Pare , 
narrant tots los torments que Jesuchrist te devant , y de otra que 
denomina: Comedia de la sagrada passió de Jesuchrist . La pri- 
mera, en que va citando uno por uno todos los objetos de la 
pasión del Señor, acompañado cada uno de ellos de numero- 
sos calificativos, las más de las veces sobrado ingeniosos, no 
pocos rebuscados y traidos de muy lejos, adolece de falta de 
sentimiento y de sobra de estudio. Sin embargo, no creería- 
mos equivocarnos suponiendo que debió ser de las más esti- 
madas de sus contemporáneos , por todo extremo aficionados á 
los conceptos sutiles, que preferían á los afectos tiernos, y que 
más estimaban al poeta por lo que con trabajo pensaba que 
por lo que con verdad sentía. Hé aquí la invocación que hace 
á la Santa Cruz: 

Ñau de Nohé hont se salvá natura, 

Leny arborat en lo baix paradís, 

Temple de pau, divinal alogís, 

Sant estandart de la eternal pastura, 

Fust adorat de latría complida, 

Pal hont penjá la serp lo gran Juheu, 

Lit sangonós hont penjá home-Deu, 

Fértil palmer, famós arbre de vida, 

Salveu á mí sant porxe Siloé 
Tu que salvist mos besavi Nohé. 

(I) Jardinet d' Orots , pág. 18 y siguientes. 


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— 73 — 

En la que titula: A la cara de Judas com besa á Jesús , y en 
la dirigida A l gall, la exageración de aquellos defectos llega 
hasta los límites del ridículo (1). 

La segunda de las composiciones citadas está llena de un- 
ción religiosa, y á no ser por los nombres mitológicos de Apo- 
lo, Febo, Diana y Plutón que, si bien prueban la erudición 
mitológica del autor y la influencia clásica que iba invadiendo, 
para después desviarlas de su natural camino, las literaturas 
nacionales, están allí fuera de su sitio, podría, dentro de las exi- 
gencias del gusto ála sazón dominante, citarse como modelo 
entre las de su tiempo. Baste como muestra de su estilóla si- 
guiente estancia : 

Rey est deis reys lancat á tota pena, 

Sois, sens remey, d’espines coronat, 

De cedre te un jou sobre la squena, 

Desert d’amichs, deis seus desampara!, 

Sceptre portant de amarga sepultura, 

Lo rey Jesús nafrat de greu tristor, 

A la mort vá ab la mortal dolor, 

Dihent ais seus lur gran desaventura 

Filice Jerusalem, nolite flere super me , etc. (2). 

Por los versos que cita el señor Ferrer de las varias com- 
posiciones religiosas de Narciso Vinyoles, se nos figura que 
debió ocupar este poeta uno de los primeros puestos entre los 
de su siglo que cultivaron ese género, al par que por su fe- 
cundidad, por el mérito de sus obras. Mas no habiendo podido 
disfrutar de la lectura de la inestimable joya bibliográfica de 
Jes obres y les troves , que fué el primer fruto que, según la 
opinión más generalmente seguida, dió el invento de Guten- 
berg, al tomar carta de naturaleza en España, nos hemos de 
referir al juicio que de ellas han hecho los que han sido en 
esto más afortunados que nosotros, y sobre todo al que hace 
dicho señor Ferrer y Bigné en su curiosa Reseña tantas veces 
mencionada. 

Aunque reconocemos y confesamos con el señor Milá que 
la poesía religiosa no se elevó en nuestra literatura al ideal del 
género, ¿no podríamos gloriarnos, dada la bondad de alguna 

(1) Jardinel d ' Orats , pág. 36 y siguientes. 

(2) Ibid., pág. 44 y sigs. 


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— 74 — 

de las composiciones antes citadas de Corella y de Romeu 
Llull, de las obras que acabamos de indicar, de muchas 
otras de igual índole de un gran número de poetas valencia- 
nos y catalanes, que dejamos de mencionar por no pecar de 
difusos; y sobre todo, tomando en cuenta el sobresaliente mé- 
rito del canto espiritual de Ausías March, no podríamos glo- 
riarnos, repetiremos, que nuestra poesía sagrada, si no está por 
cima, compile por lo menos en abundancia y en precio con la 
de igual género de la literatura castellana? 

Más que la poesía religiosa sirven, no obstante, para ca- 
racterizar y dar especial sello á la escuela poética catalana 
de la segunda mitad del siglo xv las composiciones satíricas, 
ó por mejor decir, las que, inspirándose en asuntos baladíes, y 
que no son ni podrán ser jamás fuentes de elevada inspira- 
ción, verdaderos juegos de concepto, no menos que los de pa- 
labra desprovistos de valor estético, tienden naturalmente y 
casi diríamos por necesidad á la sátira, como elemento que 
contribuye á darle el interés y la importancia de que por sí 
mismas carecen. Por la mucha que, sobre todo en Valencia, 
sedióá ese linaje de composiciones, fué principalmente por lo 
que calificamos de período de decadencia el que estamos rese- 
ñando. 

Los poetas ya citados, á los cuales debemos añadir Jaime 
Gazull, Mossen Johan Vidal, Moreno, Verdanja, Vilaespinosa 
y el más renombrado de todos, Jaime Roig, son los principales 
cultivadores de dicho género. La mayor parte de las veces to- 
man sus composiciones la forma de coloquio ó cuestión, y en 
este caso recuerdan las temos ó jochs partits de la poesía 
provenzal, indicio y nueva prueba de que estaba todavía vivo, 
siquiera en la memoria de los poetas, el recuerdo de aquella 
poesía. De este número son la Questió sobre el Beure , Grat , 
Entendre et Voluntat , moguda per Mossen Fenol lar, prebere , 
á Mossen Johan Vidal , prebere , á en Verdanja é den Vilaespi- 
nosa , notaris, la qual questió es disputada per tots per Miguel 
Stela , que puede leerse en el ya citado fragmento publicado 
por el señor Brizdel Jardinet d'orats ; otra obra de autor no 
conocido, que se halla en la parte no dada á luz de aquel códice, 
que tiene por título: Colloqui ó rahonament fet entre dues da- 
mes, launa dama casada y Valtra de condició beata, al qual 
colloqui se aplica un altra dama vidua, etc., escrita contra las 


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— 75 — 

mujeres ; y el Procés de les olives é disputa deis joves é deis 
vells , en el cual entran como interlocutores los ya citados 
Moreno y Gazull, los cuales toman la defensa de los viejos, y 
Fenollar, que se constituye en patrono de los jóvenes, compo- 
sición esta última de carácter marcadamente satírico. 

Forman, en fin, un grupo aparte, por todo extremo impor- 
tante por la mayor fama de que gozan sus obras, sobre todo 
la última de ellas, la titulada : La brama deis llauradors del 
orta de Valencia, Lo somni de Johan, ambas del mencionado 
Jaime Gazull, y Lo llibre de les dones ó deis concells de Jaime 
Roig. La primera de dichas obras tiene importancia bajo el 
punto de vista filológico, en cuanto se refiere á la viciosa ma- 
nera de hablar de los labradores, con palabras algún tanto 
equívocas. Considérase la segunda con razón como una con- 
tinuación ó complemento del Procés de les olives, después 
del cual se encuentra por lo común impreso, y es también, 
al igual que éste, una especie de proceso donde las mujeres, 
blanco de las burlas del poeta, descontentas de la preferencia 
dada en el Proceso á los viejos sobre los jóvenes, nombran por 
abogado y procurador á los poetas de aquel tiempo Micer Artés 
y Despí, y por juez á la diosa Venus. Está escrita igualmente 
en la forma llamada codolada (1), ó sean versos de nueve sílabas 
con piés quebrados de cinco, que es la comunmente usada en 
las composiciones de aquel género, como puede verse en la 
siguiente muestra sacada de dicha obra : 

Puig sabeu quant es cosa certa 

Elles ab elles 

Y mes si son totes femelles, 

Tantost hi son 

Volen parlar de tot lo mon: 

En tot se meten; 

Y si callau, vos acometen 

Per traure noves, 

Y tost temps fant contras y probes 

Sobre tothom, etc. (2). 

(1) Acerca el origen y significado de esta palabra y de las varias Composicio- 
nes que llevan este nombre, en especial en nuestra literatura, véase la erudita 
monografía publicada por el señor Milá en la Revista de lenguas romanas , titu- 
lada Poetan catalans , etc. 

(5) Mita. Ibid., pág 56. 


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— 76 — 

Si los poetas de que llevamos hecha mención hasta ahora 
se contentaron con asestar algunos alfilerazos á las mujeres, 
— no pocos de los cuales, sin embargo, debían penetrar muy 
adentro en sus carnes, tan pesada era su mano, — al lle- 
gar su turno á Roig , de quien vamos á tratar brevemen- 
te, ya no fueron pinchazos de alfiler, sinó heridas de flechas, 
y de flechas envenenadas, las que hubieron de sufrir en su 
honra y en su fama. 

No sabemos de culto alguno en el cual la deidad qué es 
objeto de él no reciba exclusivamente de sus adoradores, ó el 
humo de las víctimas quemadas en sus aras, ó los olores del 
incienso; nunca sus insultos. Unicamente á la mujer ofrecen 
los poetas encomiadores suyos con harta frecuencia el perfume 
de la alabanza con una mano y con otra el sucio vapor de la 
calumnia, y si la ponen un día sobre las estrellas, la arrastran 
otro por el barro. ¿Cuántos de sus más entusiastas adoradores 
pudiéramos citar que, después de haber sembrado de flores el 
camino de la existencia de la que había sido su dama, y de 
haberla tejido esplendentísima guirnalda de encomios, han es- 
cupido luégo su semblante y manchado su fama por el más leve 
motivo á veces, sin causa las más y acaso por seguir las co- 
rrientes de la moda ? 

Y sin salimos del campo de nuestras literaturas, ¿quién 
podría contar las poesías, y en cada una de ellas los denuestos 
contra la más interesante y hermosa porción del linaje humano, 
que se han escrito desde que el provenzal Marcabrús, á quien 
su biógrafo califica de «maldieens e que dis raal de las femnas 
e de amor», y Serveri de Gerona y el Monje de Montaudón y 
otros cien trovadores lanzaron contra ellas sus violentos y li- 
bres serventesios, hasta que Pedro Serafí , el último de los 
poetas de la antigua escuela catalana, las puso en ridículo en su 
sátira contra el matrimonio; sin que podamos presentar como 
una honrosa excepción de la común costumbre de ofenderlas 
en su reputación, ni siquiera al amante de Teresa, ya que en 
tres ó cuatro cantos suyos, apartándose de sus usados tema y 
estilo, les echa en cara sus habituales infidelidades, y llega á 
tratar á alguna de ellas con sobrado duros y poco decentes ca- 
lificativos? 

Y volviendo, después de esta ligera digresión, á nuestro 
asunto, sálenos al paso el ya citado Jaime Roig, quien en la 


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— 77 — 

desnudez de la expresión deja atrás á todos sus contemporá- 
neos en decir mal de las mujeres. 

Son muy conocidas las noticias biográficas que acerca del 
primero de nuestros satíricos y famoso médico de doña Ma- 
ría, la discreta y prudente esposa de Alfonso V de Aragón, 
han visto la luz pública, para que debamos reproducirlas en 
este trabajo. Que llegó á una edad avanzadísima, más déla 
que se necesita para tener experiencia sobrada de los hombres 
y de las cosas y para llevar al sepulcro copiosísimos desenga- 
ños; que pasó por todos los estados de la vida y pudo conocer- 
los muy bien todos para describirlos ; que le llamaba su natu- 
ral inclinación á ver las cosas por su aspecto risible más que 
por el grave, lo saben cuantos han oido hablar de él y de la 
principal de sus obras. 

Lo Ilibre de les dones ó deis concells es la de más extensión 
de las de su género que posee nuestra literatura, pues se cuen- 
tan en ella más de doce mil versos; y si bien éstos son tan 
sólo de cinco sílabas, resulta no obstante sobrado difusa por 
la excesiva abundancia de aquéllos, y por su disposición en 
pareados por demás monótona. 

Partiendo de la cristiana y provechosa máxima de que la 
mejor de las obras de misericordia es enseñar y dar buenos 
ejemplos á la inexperta y poco avisada juventud, él, que se re- 
conoce ya viejo y que además vive alejado del mundo, cree 
deber emprender la composición de su obra, si bien principal- 
mente para uso de su amado sobrino Baltasar Bou, con el de- 
seo también de que los jóvenes y hasta no pocos viejos no se 
abrasen como incautas mariposas en la amorosa llama. Roig 
finge ser él mismo el héroe de su poema satírico, que divide 
en un prefacio y cuatro libros, y aquél y éstos á su vez en cua- 
tro partes. De aquella circunstancia saca el señor Milá motivo 
para considerar dicho poema como la obra que dió el plan y 
abrió camino á una nueva especie de ellas , que lograron des- 
pués excesiva boga en las letras castellanas, ó sea, á la novela 
picaresca, género de suyo harto escabroso y expuesto á caídas, 
en que ejercitaron no obstante su pluma ingenios tan sobresa- 
lientes como Mendoza, Cervantes y Que vedo. 

«Roig, ha dicho de él nuestro eminente crítico, es poeta sa- 
tírico de mucho valer y uno de los pocos que acertó á perci- 
bir con claridad y apropiarse nuevos aspectos de la naturaleza, 


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— 78 — 

y que supo además usar coa provecho de esa cualidad, gracias 
al donaire y abundancia de su expresión. Hésele acusado de 
exceso de erudición; mas este defecto, que es común á todos 
los poetas de su tiempo, no se repara ó se repara muy poco en 
su libro, y los que se han tomado por vocablos eruditos son 
palabras muy familiares y muy hijas de la tierra, que salen 
como á chorro de su pluma, cuando se propone calificar ó 
describir.» El principal y más reprensible defecto de su libro 
es la sobrada desnudez de los cuadros y la libertad de expre- 
sión que lo afean, y que recuerdan en más de un pasaje las que 
reinnn en muchos fabliaux franceses; defecto que no bastan 
á cohonestar el fin que, como hemos indicado, se propuso al 
escribirlo, y ni siquiera el que hubiese puesto como epígrafe al 
mismo aquel versículo del Cantar de los Cantares : Sicut lilium 
ínter spinas, sic amica mea ínter filias , como para dar á en- 
tender que quería que refluyesen en honra y loa de la Virgen 
la malicia y las malas artes que denunciaba de las demás mu- 
jeres. 

Como una muestra de su estilo y de la naturalidad y gra- 
cia de sus descripciones trasladaremos el siguiente pasaje en 
que pinta una tertulia de su tiempo : 


En casa mia 
Sino junyien 
0 no córrien 
Toros per festa, 
Cascuna sesta 
Fins llums enceses 
Moltes enteses 
(0 s’ho cuidaven) 
Les que filaven, 
Com diu la gent, 
Ab fust d’argent, 
S’ hi ajustaven. 
També y cridaven 
Jovens sabits 
Ben escaltrits; 
Llansats entr’elles 
A coceguelles 
Ells comensaven; 
Puig salmejaven 
De ses endresses, 


Teles é peces 
Que fan ordir 
Ab bell mentir ; 

Puig una clama 
L’altre disfama, 
L’altre despita, 
L’altre sospita, 

Altre flastoma; 
Conten prou broma, 
Tot de mal dien 
E y afegien 
Ab molts envits 
Deis llurs marits 
E s’en burla ven. 
Aprés jugaven: 
«Voleu palleta? 
Daume man dreta. 
Qui te l’anell ? 

Do us est ramell. 
Capsa ’b comandes, 


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— 79 — 


Ab ses demandes, 
Un arbre y cant 
Ocell donant.» 
Mes dir rahons 
Desvarions 
E marevelles 
De cent novel Ies 
E facecies 
Filosofíes 
Del gran Plató, 


Tullí, Cató, 
Dant, poesíes 
E tragedies. 

Tols alterca ven 
E disputaven ; 
Qui menys sabia 
Mes hi mentia ; 
E tots parlaven 
No s’escoltaven. 


Aquellos acentos en que los poetas nombrados y otros de 
inferior renombre habían exhalado con expresión más ó me- 
nos afortunada sus sentimientos religiosos, ó dado acaso con 
sobrada libertad rienda suelta á sus instintos satíricos; aque- 
llas voces con las cuales se mezclaban á veces los cantos im- 
pregnados de tristeza con que algunos imitadores de March, 
y hasta los mismos poetas citados, cuando se proponían seguir 
las huellas de éste, celebraban sus amores reales ó fingidos; 
aquellas obras serias ó de burlas por cima de las cuales aso- 
man, por desgracia para las letras con escasa frecuencia, — ya 
que nunca fué la patria, con perdón sea dicho, del señor Fe- 
rrer y Bigné (1) fuente preferente de inspiración para nuestros 


(1 ) Termina este señor su erudita Reseña histórico- critica sobre los poetas va- 
lencianos fie los siglos xm, xiv y xv, con estas palabras: podría deducirse (de 

su escrito) con a>gún fundamento que el siglo xm, época de conquista personificada 
por el rey don Jaime, es el siglo en que los poetas se inspiraron en la Patria; el 
siglo xiv, que termina con San Vicente, es el siglo de la Fe; y finalmente el si- 
glo xv % edad de oro de la literatura valenciana, enaltecida por Ausías March, es el 
que completa el fam<>so y antiguo lema Patria, Fides, Amor.» Prescindiendo de 
esta división, que hallamos por demás sistemática y no muy ajustada á la verdad his- 
tórica, nos ha de permitir el señor Ferrer que le advirtamos que aquel lema no es 
antiguo , como él le llama, ni histórico , como con menos fundamento todavía leape- 
lida el señor Ba laguer en su Historia política y literaria de los Trovadores 
(Tora. I, pág. 99) Y como pudiera acontecer que, apoyándose en la autoridadsuya 
y en la de este último, una y otra muy respetables, otros escritores siguiesen cali- 
ficándole de igual suerte, y fuese generalizándose la equivocada opinión, — que así 
es como nacen y se perpetúan los errores en historia, — de que aquel lema fué el de 
los Consistorios de Tolosa ó Barcelona, no creemos que tomen á mal ellos y cuantos 
han calificado de antiguo y de histórico dicho lema, que les digamos que éste fué 
ideado y por vez primera usado, junto con su sello, por los Mantenedores del año de 
la restauración de los Juegos Florales, al tener que inventar uno y otro para aque- 
lla naciente institución, de la que tiene á grande honra haber sido uno de los prin- 
cipales promovedores, — otro fué D. Antonio de Bofarull , — el autor de este escrito. 


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— 80 — 

antiguos trovadores, — algún canto más varonil y digno de loa, 
por ser patriótico, con que llora ó celebra algún otro poe- 
ta, ora la muerte del príncipe de Viana (1), ora el sitio 
de Rodas (2), ya la toma de Constantinopla (3), ya los he- 
chos de armas del animoso Alfonso V ; aquellos acentos, aque- 
llas voces, aquellos cantos, que se prolongan, aunque per- 
diéndose de día en día, como ya en otra ocasión decíamos, 
hasta principios del siglo xvi, son los postreros que exhala la 
escuela catalana, discípula de la de Tolosa, hasta en las comar- 
cas donde se había ostentado más fecunda, ó sea en el reino de. 
Valencia. Allí, mucho más pronto que en nuestras tierras, la 
lengua de Castilla pasó á ser la de los trovadores (4); de tal 
suerte se adelantó en su cultivo, en daño del habla catalana, — 
que fué alterándose allí más que en Cataluña y Mallorca, — que 
ya al promediar aquella misma centuria, casi al propio tiempo 
en que Lope de Rueda echaba los fundamentos del teatro nacio- 
nal en Sevilla, hacía Timoneda en Valencia sus primeros en- 
sayos en el arte dramático, que debían enriquecer pronto con 
sus obras el canónigo Tárrega, Aguilar y otros ingenios con- 
temporáneos del gran Lope de Vega; y que ya en los mismos 
días en que florecía el poeta-librero, Almudevar, al editar las 
obras de Roig y el Procés de les olives , lamentábase, en un 
lenguaje que no distinguiría del que aquí en las tierras cata- 
lanas se hablaba el gramático más perspicaz, de la ingratitud 
de los que, olvidados de la leche que habían mamado, miraban 
con desprecio las antiguas riquezas literarias de su patria, y 
salía á la defensa de su idioma contra los que lo acusaban de 
pobre y frío, siendo así, decía de él, que es muy abundante 
y muy gallardo (5). 

Por fortuna, á aquellos acentos y á aquellos cantos, hoy de 
pocos conocidos y de menos estudiados, sobrevivieron los de 
Ausías March, que fueron para los poetas valencianos de los 

(1) Fogassot y Guillén Gibert: Diccionario de Autores catalanes. 

(2) Francesch Farrer ó Ferrer. — Milá: Resenya , pág. 158. 

(3) Un poeta desconocido — Ibid. 

(4) El señor Ferrer se ve obligado á confesar, hablando de Vinyoles, que se 
nota en él cierto desvío de la lengua materna. Otro tanto podría decirse de algunos 
otros poetas de su tiempo. 

(5) Epístola proemial ais ¡ectors } de la edición de 1561 de las citadas obras, 
copiada por el señor Cerdá y Rico en sus Notas al Canto del Turia , pág. 423 y 
siguientes. 


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— 81 — 

pasados siglos, como lo son para los del presente, cual la sa- 
grada llama que, viviendo, hace que viva y arda en el pecho 
de aquéllos y de éstos el amor á su antigua poesía. 

Ausías March sobrevivió á la antigua escuela catalana, co- 
mo sobrevivirá ala desaparición, — que retarde Dios muchos si- 
glos, — déla lengua catalana como lengua hablada, al igual que 
han sobrevivido Virgilio y Horacio al rico idioma de los habi- 
tantes del antiguo Lacio. Los que habían sido sus compañeros 
ó sus discípulos en vida y que habían gozado del privilegio de 
leer sus valientes estramps y sus melancólicas esparsas , en co- 
pias sueltas, que debían multiplicarse prodigiosamente al pa- 
sar de mano en mano, al cabo de pocos años podían disfrutar 
ya del placer de verlas reunidas en más ó menos lujosos ma- 
nuscritos. Dudamos que de ningún otro poeta se hicieran más 
colecciones de sus versos que de los del amante de Teresa. De 
ellos, que sepamos, existen códices en la biblioteca del Rey, 
del duque de Medinaceli, de Valencia; dos copias más moder- 
nas, hechas en 1541 y 1542 por Pedro Vilasaló, una de las cua- 
les existía en poder de Mr. Tastú, de quien sabemos por su 
hijo que tenía reunido adundantes materiales para hacer una 
nueva edición de sus poesías, y otra, según Perez Bayer, en 
la biblioteca Escurialense (1). Hállanse además continuadas 
sus obras poéticas, en todo ó en parte, en los Cancioneros 
de París, en el de Zaragoza, y en el que posee entre sus 
preciosas curiosidades bibliográficas el señor don Mariano 
Aguiló. Más tarde, 1546, fueron otra vez compiladas las obras 
de Ausías March en un manuscrito, ordenado, según advierte 
don Luís Carroz en un prólogo puesto al frente del mismo, en 
vista de varios antiguos códices y de las dos ediciones hechas 
en Barcelona en 1543 y 1545, 

Existen varias versiones de nuestro poeta, unas que han 
visto la luz pública, si bien son rarísimas las ediciones donde 
se encuentran, otras dos que permanecen todavía inéditas, y 
algunas de las cuales ignórase el paradero. Es para nosotros la 
primera la del famosísimo humanista valenciano Vicente Ma- 
riner, quien transformó los cantos de amor de Ausías en ele- 
gantes y fáciles elegías latinas (2). Esta versión fué dada á la 

(1) Lo menciona Torres Araat en su Diccionario de Autores catalanes , ar- 
tículo March (Ausías). 

(2) El señor don Marcelino Menéndez Pelayo asegura en el Discurso quepro- 

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— 82 — 

estampa en Tournay en 1633 en 8.° por Luís Pillhet, con otras 
obras en prosa y verso del mismo traductor. El original de dicha 
versión, junto con otros escritos del citado humanista, existe 
en la Biblioteca Nacional de Madrid, rotulado con la signatu- 
ra F. f. 59. Gomo la edición de la traducción de Mariner es por 
todo extremo rara, hemos creido que nos agradecerían nuestros 
lectores que les diésemos, como en efecto lo hacemos, alguna 
muestra de ella. Véase el apéndice núm. 4. 

Trasladaron, aunque no con grande acierto, los versos de 
Ausías á la lengua de Castilla Baltasar de Romaní, y más ade- 
lante el conocido poeta y novelista Jorge de Montemayor. La 
versión del primero, que contiene los cantos de muerte y los 
morales y el espiritual, y únicamente veinte y seis de los de 
amor, sin duda porque no contenía más el códice que, según 
él mismo dice, halló entre los papeles de su casa, fué impresa 
en Valencia por Juan Navarro en 1539. Si bien es una de las 
cuatro ediciones que tenemos á la vista al escribir este traba- 
jo, excusamos dar su descripción, por cuanto pueden hallarla 
nuestros lectores, con grande inteligencia y exactitud hecha, 
en el Catálogo de la Biblioteca Salva . Considérase con razón 
la traducción de Romaní muy inferior á la del autor de la 
Diana, ya por no haber comprendido siempre el sentido del 
original, ya por haberse querido ajustar demasiado á él cuan- 
do le pareció posible hacerlo, con grave perjuicio de la armo- 
nía de los versos y especial medida de la lengua de Castilla. 
La traducción de Montemayor, que únicamente contiene la 
que él llamó primera parte, ó sea los cantos de amor, debió 
darse á la estampa en 1560. Si bien ésta es más estimada por 
los inteligentes que la de Romaní, peca en algunas ocasiones 
de sobrado libre y en otras de inexacta. 

Juan Pujol, presbítero de Mataró, poeta que floreció á úl- 
timos del siglo xvi, que compuso un poema A la batalla de 
Lepant , y á quien debemos colocar entre los admiradores é 
imitadores de Ausías March , como lo prueban las Glosas 
que compuso á varios de los cantos de éste, escribió, con el tí- 
tulo de Visió en somni, una composición en que supone que 
se le aparece aquel poeta, quien con grande enojo y por muy 
áspera manera se queja de los que le han traducido sin com- 

nunció en el ejercicio 2.° de sus oposiciones, que el Brócense tuvo el pensamiento 
de traducir á Ausías March. Ignoramos de dónde tomó este dato. 


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— 83 — 

prenderle, y por lo tanto de Montemayor y de Romaní; pero 
mucho más ásperamente de éste, ya que como valenciano es- 
taba más en situación de interpretar sus pensamientos; ha- 
ciendo en cambio grandes elogios del catalán Luís Juan Vileta, 
traductor también de Ramón Llull, del cual dice que «solo 
entre ciento es quien 

Reny lo qui reny y grunya lo qui grunya 
Qui sens dubtar ell vuy en Catalunya 
Mos dits entent del tot y sens fallir (1).» 

Si no fuesen apasionadas las alabanzas de Pujol, mucho 
sería de sentir la pérdida de esta versión, que es una de las 
dos á que antes nos referíamos, que no fueron dadas á la es- 
tampa. Es la otra la que cita Mayans, escrita en octava rima 
por el doctor don Narciso Arañó y Oñate, beneficiado en la 
iglesia de San Miguel de Valencia, y que poseyó en su rica 
V escogida librería aquel diligente y docto investigador de 
nuestras riquezas literarias. 

Respecto á las ediciones de las obras de nuestro poeta, nos 
limitaremos á indicarlas, remitiendo para mayores datos á nues- 
tros lectores al citado Catalogo de Salva y á los biógrafos Ro- 
dríguez, Fuster y Jimeno; y son la ya mencionada de 1539 (2) 
en los llamados caracteres góticos; otra del mismo año y de la 
misma ciudad, citada por Rodríguez en su Biblioteca valen- 
ciana , pero de cuya existencia dudan Salvá y otros bibliófilos, 
no menos que él renombrados y eruditos; dos de Barcelona, sa- 
lidas de las prensas de Carlos Amorós, una de 1543 y la segun- 
da de 1545; otra de Valladolid del año 1555; otra impresa por 
Claudio Bornat, también de Barcelona, en 1560, que pasa por la 
más correcta; la que se tiene por la primera edición de la ver- 
sión de Montemayor, dada á la estampa, según cree el señor 
Salvá, en el mismo año de 1560; á la cual sigue, según algu- 
nos bibliófilos, otra de Zaragoza de 1562; y por fin la de Ma- 

(1) Diccionario de Autores catalanes , artículo Pujol (Juan). 

(2) Del documento antes de ahora no publicado que trasladamos de una copia 
que nos ha sido comunicada por don M muel de Bofarull en el apéndice núm. 5, 
se colige que se proyectó poi un tal Luís Pedrol hacer una edición de las obras de 
Ausías March, que hubiera sido, si se hubiese realizado, la primera de todas y por 
lo tanto anterior ála de 1539. 


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— 84 — 

drid de 1579, en la cual se dieron por segunda vez á luz las 
versiones en ella reunidas de aquel poeta y de Romaní. En 1864 
el señor Briz, á quien tanto deben las letras y la poesía cata- 
lanas, dió á la estampa en Barcelona una nueva edición de las 
obras del elegantísimo y sutil poeta, con variantes sacadas de 
las diferentes ediciones que para editarla tuvo á la vista, en- 
riquecida con un fragmento que contiene varios cantos de la 
versión de Jorge de Montemayor y el Vocabulario de voces os- 
curas , publicado en la edición de Valladolid por Juan de Besa. 


Hemos llegado al término de nuestra tarea. Ai Jurado que 
ha de juzgarnos y después de él al público, si es que algún 
día damos á la imprenta este trabajo, que ha de confirmar su 
fallo, corresponden resolver si le hemos desempeñado ó no con 
acierto. Acaso al acometerlo contamos sobrado con nuestras 
fuerzas, ó nos hicimos la ilusión de que no sería de tan difícil 
ejecución como vimos que en efecto lo era, una vez pusimos en 
él nuestra mente y nuestra mano. Mas si pudimos engañarnos 
en eso, no nos aconteció lo mismo respecto del tiempo que se 
nos daba para llevarlo á cabo, que le tuvimos desde luego por 
muy escaso, si el mérito de la labor había de corresponder á la 
alteza y á lo difícil del sujeto. Y sin embargo, de mucho menos 
aún del que se nos concedía hemos podido disfrutar para compo- 
nerlo: y si bien ya sabemos que esta circunstancia, puramente 
personal, no ha de ser tomada en cuenta para atenuar la seve- 
ridad del fallo y hacer que se incline en nuestro favor la vara 
de la justicia, la invocamos aquí y la hacemos pública para 
tranquilizar nuestra conciencia, y para descargo ante el público 
de nuestra pobre reputación como escritores. 

Mucho desconfiamos de que nuestro humilde escrito alcan- 
ce la joya ofrecida como premio. Pero de todas maneras ten- 
dremos motivo de felicitarnos de haberlo emprendido, porque 
á medida que íbamos adelantando en él, íbamos al propio 
tiempo estimando más al poeta y las obras objeto del mismo. 
Antes amábamos ya á Ausías March y le teníamos por el Prín- 
cipe de nuestros trovadores : hoy sentimos por él un verdadero 
entusiasmo y le ponemos por cima de todos los poetas líricos, 
propios y extraños, que florecieron en el siglo xv. Por esto, 


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si tuviésemos esperanza de que nuestra voz, á la cual senti- 
mos en este momento que le falte la autoridad que da un pre- 
claro ingenio, ó un nacimiento menos humilde que el nuestro, 
pudiese ser oida de los poetas valencianos, les pediríamos la 
realización de dos grandes hechos que enaltecería por todo ex- 
tremo á su patria y á ellos, á saber: primero que interpusieran 
su poderoso valimiento para lograr de sus corporaciones popu- 
lares la realización del laudable propósito que se concibió hace 
algunos años, y que ignoramos por qué motivo no se llevó á cabo, 
de hacer una edición monumental de las obras de su gran trova- 
dor; y en segundo lugar, y para honrar dignamente por su parte 
la memoria de éste, que restaurasen su habla literaria, purifi- 
cándola y templándola en las abundantes y cristalinas fuentes 
del idioma de Ausías y de sus mejores poetas de los siglos xv 
y parte del xvi; única manera, á nuestro modo de ver, de evitar 
que llegue más pronto de lo que ellos quisieran el triste día en 
que digan los hijos de su país: «no leérnoslas obras de nuestro 
gran poeta, porque están escritas en una lengua para nosotros 
muerta.» La edición de las poesías de Ausías March sería un 
monumento destinado á dilatar su fama; la restauración de la 
lengua literaria en que escribió él sus versos sería el medio 
de que jamás desapareciese de la memoria de los hombres. 


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APÉNDICES. 


Núm. i, pág. 20. — 1361 (20 de Febrero). «Jaume March miles, 
ápoca á Bernardo de Ulsinelles, caballero y doctor en leyes, á la vez 
que tesorero real de 300 sólidos, resto de aquellos 5,000 que se le 
debían según el siguiente albará.» «Jo en P. March, maestre racio- 
nal de la córt del Senyor Rey atorch á vos en Jaume March, de casa 
daquell mateix Senyor, que per la dita córt vos son deguts quinqué 
mille sólidos barcinonenses los quals lo Senyor infant en P. de Ri- 
bagorza é d’Ampurias compte vos ha donats graciosament en ajuda 
de las messions que faes en vostre matrimoni é los quals jo per ma- 
nament del Senyor Rey á mí fet de paraula, é de voluntat del dit 
Senyor infant li he fets escriure per abatuts en lo dors de un albará 
á ell fet per mí que fo escrit en Valencie III dies del present mes de 
fabrer, ab lo qual era deguda per la córt del Senyor Rey major 
quantitat al dit Senyor Infant per les rahons en lo dit alberá con- 
tengudas. En testimoni de la qual cosa vos he fet lo present alberá 
segellat ab lo del dit meu offici. Scrit en Valencie XX dias del mes 
ffebrer anno Domini MCCCCXXX Quarto.» 

Núm. 2, p. 22. — En Ferrando per la gracia de Deu Rey d’Aragó, 
de Sicilia, etc., ais nobles, amats é feels nostres Mossen Ramón 
Dempuries, procurador en lo Comptat Durgell ó son lochtinent, 
Veguer et altres officials de la ciutat de Balaguer et al curats Vi- 
cariis et altres ecclesiastichs de la dita Ciutat salut et dilecció. Com 
los parents et amichs del amat nostre Mossen Pere March quon- 
dam, vullan et antenan apostar la ossa del dit Mossen P. en la 
Ciutat ó Regne de Valencia, á vos dits nostres officials manam etá 
vosaltres dits ecclesiastichs monestam que , encoatipent com ne se- 
rets request per los parents et amichs dél ditdeffimt ó altre per ells 
los liurets la dita ossa la qual es en aquexa Ciutat soterrada per 
90 que aquella puxan portar en lo dit Regne ó Ciutat de Valencia 
é ferne aquella solemnitat que ’s pertany et apó per res no mudets 
ó dilatéis en alguna manera sins entenets servir et complaure. Dada 
en la Vila de Morella sots nostre segell secret lo primer dia de Agost 
en lany de la Nativitat de Nostre Senyor mil-CCCCXIV. Rex Fer- 
dinandus, etc. — Archivo de la corona de Aragón, fól. 81, quinto del 
registro, núm. 2381. 


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Núm. 3, pág. 35.— Al molt alt é molt excellent Senyor lo Se- 
nyor Rey. — Molt alt é molt excellent Senyor: — No ha molts jorns 
passats scrivim á vostra Senyoría de 90 que dins aquesta Ciutat 
havíem fet per vostre manament segons lo cárrech que havíem en 
nostres memorials. Apres Senyor som stats á Gandía, hon solament 
avem trobat que á vos se sien proferts mossen Lois Daragó et Au- 
sías March. Es ver que mossen Bernat de Vilarig hi mostrá gran 
voluntat pero no pot per la via del duch. Apres Senyor som stats 
á Xátiva, de hont solament avem aut hun deis filis de mossen Ber- 
nat de^Puig. Es ver Senyor que tot hom ha gran voluntat en -servir 
vostra Senyoría, mas los huns no poden et los altres han faenes. 
Mas de la major part deis queus han respost ha hom algún senti- 
ment que en cas que vostra Senyoría ne donás guatje hi hirien 
molts donan tíos algún acorriment. Car en veritat Senyor lo mils 
dispost haurá prou afer ates que noy pot hom trovar hun ro9Í. E 
jatsia Senyor que per nostres memorials no es manat que tornem 
aquí, pero atenent vostra presta partida á nosaltres Senyor seria im- 
posible anar aquí et esser prets á la fy del juriol et la principal rahó 
per los rocpns é per tal Senyor segons trametem á vostra Senyoría 
los memorials ab les respostes de cascuns, suplicant vos Senyor se- 
gons avem en altra letra queus piada donar nos licencia que no 
ajam anar aquí. Car los dits memorials va tot 90 que poriem dir. 
Altres coses á present Senyor molt excellent noy ha que scriurer 
dejam á vostra Senyoría sino quens man com á humils vasalls lo 
qual Nostre Senyor aja en sa continua guarda donant vos 90 quel 
vostre cor desiga. Scrita en Valencie lo primer de juliol. — Senyor 
molt excellent.— Los indignes embaxadors vostres qui besant vos- 
tres peus et mans se recomanen humilment en gracia et mercé de 
vostra Senyoría. — Archivo de la corona de Aragón. Cartas reales 
sin fecha del reinado de Alfonso IV de Cataluña, V de Aragón. 

Núm. 4, pág. 82. Como muestras de las traducciones hasta aho- 
ra conocidas de Ausías March damos la del primer canto de amor, 
«Qui no es trist de mos dictats no cur», y la del canto que empieza, 
^ «Cervo ferit no MNMft la font» una y otra en latín, por Vicente 
Mariner, y las dos castellanas de este último, hechas por Baltasar 
Romaní y Jorge Montemayor. 

TRADUCCION DE VICENTE MARINER. 

Elegía I 

Qui non tristis adest nunquam mea carmina curet, 

Aut cui non pressit pectora mceror atrox, 


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Quiquae malis tritos vexantibus artus, 

Non ad tristitiam quaerat acerba loca. 

Carmina nostra legat, mentem quatiatque tumulto. 
Arte carent stulti mente renata viri 
Ad causam impellit quae in tot mea corde dolores 
Novit amor poena quae mihi causa fuit. 

Pars quaedam e non parva quidem reperitur 
Laetitiae magnae tristis in ingenis amcenae 
At si me pressum cuncti videre dolore 
Magnis laetitiis mens fuit acta mea. 

Utque meo simplex persistit corde Cupido, 

Sic laetor vicem videre in orbe nihil. 

Et quia gesta sua intento vel publica nosse 
Tum mea vel mixto corde dolore levat. 

Jam veniet tempus deserto ut pectore vivam 
Ut possim melius cernere amoris opus. 

Vitae hujus miserae jam sit vel nemo miserius. 

Me nam saepe suis aedibus arcet amor. 

Ast ego per se ipsum qui tantum diligo amorem 
Nec daré quae ipsae potest muñera magna negó. 
Tristitiae nunc corda suae mea tradere tentó, 

Et toto mecum tempore tristis ero. 

Ingenioque meo vix tándem educere possum 
Donum esse eximiis majus ubique bonis. 

Moerorem potius quam tot sua guadia adire, 
lili nam languor dulcis ubique subest. 

Delitiae nostrae magnae pars maxima substat, 

Haec quam vel quisquis jam sibi tristis habet 
Dum luget, praebent illi nam gaudia luctus, 
Laetaque sub toto pectore corda ferunt. 

Sic est asiduis quasi subge mat obrupta tellus 
Planctibus, inque illum ferveat orbe dolor. 

A multis studeo reprimi, cogoque vicissim 
Tantum non tristi pondere vita noscet. 

At qui oculis ego saepe meis sua commoda vidi, 
Jam sua damna peto, gaudia namque licent. 

Nemo sciet, fuerit si non expertus et acer 
Quot secumgestet gaudia solus amor: 

Ejus qui vero Paphiae tenet ulcere tela 
Ac si se tali cernat amore premi. 


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EPIGRAMMA. 

Flor ínter spinas, faciat Deus undique poseas 
Per te me vitae dura subiré mala. 

Robore namque meo in lapsus me amor injicit atrox 
Absque suo cui ingens vis sine fine subest. 


LIBER SECUNDUS. — ELEGIA TERTIA. 


Concursus cervus non sic fontem appetit ipsam, 

Ceu ego jam cupio semper adesse tibi. 

Et réquiem ingentem ducunt quam gaudia summa, 

Hoc solum possutn ponte subiré mihi. 

Tarda est illa dies quam tantis viribus opto, 

Emi quam multo saepe dolore meo. 

Et cito vel tarde venturam hanc arbitror esse; 

Si mors fortasse non secat ipsa viam. 

Spe labi aut possum certumque relinquere donum 
Nam te sic cupio majus ut omne bonum. 

Te peto nam nullis, in me te concito telis, 

Dum tua donentur pectora chara mihi. 

Mens si vel parvo secedit tempore nostra 
Pectus vel nobis credere adesse tuum. 

Hoc sine non possum desuniere gaudia laeta, 

Si vivit adhuc jam cito morte ruet. 

Ante oculos video peenarum culmina montis, 
Cassibus et nostris muñera firma fero. 

Et meus altus amor poterit depellere cuneta, 

Si tuus estque meus, nec mihi mons ut adest. 
lile ut descendet, noster labetur et idem 
Si cadit ex alto, vulnera magna feret. 

Extremum quoniam extremo dum traditur ipsi, 

Sorti infcelici non bona dat miseri. 

Saepe Deum quodeumque die precor indigne summe, 
Cujus causa quidem vel tibi major adest: 

Solum ut forte meo sensus tuus ardet amor, 

Et precor ut vires jam tibi donet amor. 

Extremisque adero si praestitit ista Cupido, 

Si quo in te sedeat invenit ille locum. 


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— 91 — 

Multa sede quidem in nobis furor assidet ejus, 
Pugna etiam prestat: nolumus arma tamen. 

Atque tuos casus timeo vel noscere quosdam, 
Nam dubito ne iliis stet tuus al tus amor. 

Haec quoniam ignoro, multo est mea vita dolore, 
Nescio quod servem semper ab igne latus. 

In te non equidem mea gaudia plena supersunt, 
Etsi plena velis protinus esse mihi. 

Consilium invitum tua corda Cupidinis urgent, 
Inque illo et tecum stant mea tuta bona. 

Ne timeas nostram cuneta haec depellere mentem, 
Et varium nostri cogere cordis opus; 

Servitiis etenim committent robora firma, 

Tales nam ser vos maximus optat amor. 

Si invidiam tantis sentís sermonibus ullam, 

Semper amore cares quod velit et dubitas. 

Hic quem morbus agit stabili non sede vagatur, 
Atque putas motus esse tibi réquiem. 

Si tibi non fidis vet quantum pectore polles, 

Hunc zelum rigidum dat mihi tantus amor. 

Corporis atque tui haud timeo, vel denique vires, 
Ne in me quid facerent quod daret inde necem. 
Pectus amo saltem quod vel mea pectora tangat, 
Nam timeo te altum semper amare Deum. 
Delitiisque tuis crescunt mea damna vicissim, 

Si ipso doles, damno laberer ipse tuo. 


EPIGRAMMA 

Praecipuum ut donum finem a te spero nostrum, 
Praesenti nimium laetor ut ipse die. 

Si vel praesenti fortunae maereo casu, 

In me jam casus denique nullus erit. 


TRADUCCION DE BALTASAR ROMANÍ. 

Ciervo herido no desea la fuente 
Con tal deseo qual yo de veros siento: 

El gran reposo de mi contentamiento 
Hallar no puedo sino por esta puente: 

Más tarde viene dia tan desseado, 


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— 92 — 

Mercado caro con mucho suspirar; 

Tarde ó temprano yo sé que ha de llegar 
Si mi camino por muerte no es cerrado. 

De esta esperanza no puedo ser echado 
Pues mi desseo de honesto bien me viene, 

Y cosa al mundo se que no detiene 

Sinó el querer que nunca me habeys dado: 

Mi pensamiento no pierde solo un punto 
De contemplar cómo podría ser; 

Mas no es possible : fáltame el merecer 
Bivo en vos, y para mí defunto. 

Un alto cerro de males me detiene 

Y al otro cabo tengo el contentamiento; 
Menoscabar podrá el querer que siento 

Si el vuestro mueve y no muestra que viene: 
Mi fantasía subir á lo alto piensa 
Por donde yo su gran caida temo, 

Que á todo extremo es dado un otro extremo, 

Y en baxo estado no es grave la ofensa. 

De cada hora estoy rogando á Dios 

De lo que en vos está la mayor parte, 

Que mi querer haya en el vuestro parte 

Y que amor ponga el suyo todo en vos; 
Haciendo esto sabríades dextremos; 

Mas yo no veo en vos donde estén puestos; 

Su pasión entra en lugares dispuestos 

Y contrastarles se puede y no queremos. 
Nuevas de vos más que la muerte temo, 

Que por un cabo dudo de vuestro olvido, 

De otro el desseo de saber ma vencido; 

De cada parte ay fuego do me quemo: 

No es en vos complir lo que yo pido, 

Nunca queráis á vos mismo forzaros, 

Porqués forzado con amor consejaros 

Que en los dos puntos está mi bien cumplido. 

No harán cosa en vuestro desservicio 
Mis pensamientos ni dél se mudarán; 

Mas á firmeza sujetos estarán, 

Que assí los quiere amor en su servicio: 

Destas razones si algún pesar habéis 
Sin amor sois ó no sabéys que quiere; 

No seréis firme si este mal hos hiere; 

Lo que es movible por seguro teméis. 

Si quanto debo de vos yo no confío 


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Mi gran querer me trae en este zelo, 

No porque temo vuestra virtud un pelo, 
Mas sois tan alta que de mi desconfío: 
Ved que locura es la que tengo en esto 
De vuestro espejo soy tan envidioso 
Que de vos mismo me hace ser zeloso 
Sin pensamiento de acto deshonesto. 


TRADUCCION DE JORGE DE MONTEMAYOR. 


Con sed el caminante no desea 
Lo medio que yo á vos la clara fuente, 

Al bien que el alma y cuerpo señorea, 

Jamas podré pasar por otra puente; 

El día tarda mucho aun que así sea, 

Y cómprolo á mi costa caramente, 

Mas él ha de llegar tarde ó temprano 
Si muerte no le estorba y va á la mano. 

No puedo de esperanza ser privado, 

Pues como el mayor bien á vos deseo, 

Y cosa no os estorba haberme dado 
Vuestro querer, el cual jamas poseo; 

Si yo en mi pensamiento os he alojado, 
Imaginando ver lo que no veo, 

Sin él no puede haber deleite junto, 

Y todo, si no es él, será difunto. 

Delante de mí está un monte de dolores 

En ver que nadie basta á contentarme; 
Menoscabar podría mis amores, 

Los vuestros no queriendo remediarme: 

Yo bajo si ellos bajan á menores 

Y si de alto caen no hay turarme; 

Así que cierto su caida temo, 

Que á todo extremo es dado otro extremo. 

Mil veces me veréis á Dios rogando, 

La cosa que está en vos muy grande parte 

Y el gran poder de amor está invocando 
Que alcance mi querer del vuestro parte : 

Y entónces iréis su extremo experimentando, 
Si en vos hallan lugar por algún arte, 


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— 94 — 

Porque en el más dispuesto entrarse vemos, 
Pudiendo cóntrastalle no queremos. 

Por una parte con temor de olvido 
Saber nuevas de vos, señora, temo, 

Por otra por sabello estoy perdido: 

¿A cuál iré si en ambas ardo y quemo? 

Mas nunca hallo en vos cosa que pido, 
Aunque queráis hacello por extremo: 

Amor os debe aconsejar forzado, 

Y si lo hace soy resucitado. 

Y no temáis en ver que va pasando 
Por tanta variedad mi pensamiento, 

Que seros servidor me va afirmando 

Y de los tales vive amor contento: 

Si de esto os enojáis que estoy hablando, 

El corazón tenéis de amor exento, 

Y el más movible por lugar seguro; 

Y no hay en vos firmeza ni amor puro. 

Si en vuestro gran valor no me he fiado, 
Mi gran querer lo hace y me deshace: 
Tener yo á vuestro cuerpo, es excusado, 
Pues ningún mal me puede hacer ni hace: 
Querría vuestro amor verle ocupado 
Del todo en mí, y áun no me satisface, 

Que si algún mal pasáis os doláis de ello 
Sin yo propio también hallarme en ello. 


Núm. S, pág. 83. — Sa. Ce. y Ca. Mag. — Luis Pedrol, de 
muchos días á esta parte á procurado de aver á su mano y juntar 
todas las obras de Ausías March poeta catalán que en muchas par- 
tes derramadas y casi perdidas se hallavan nunca hasta agora im- 
presas y aquellas corregir de muchos vicios que por descuido de los 
escriptores en ellas avía á fin de 'que assí correctas, juntas y redu- 
zidas á su devida forma se imprimiessen y la memoria de tan digno 
varón jamas se perdiesse, y porque en ello á sostenido muchas vigi- 
lias costos y trabaios suplica por tanto á V. Mag. sea de su merced 
concederle privilegio que las pueda hacer imprimir y que nadie en 
los reinos y señoríos de V. Mag. sin su expresso consentimiento 
las imprima ni á ellos se traigan vendibles de otras partes dentro 
de tres años so las penas en los tales privilegios sólitas y acostum- 
bradas que en ello el dicho Luis Pedrol recibirá merced muy sin- 


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— 95 — 

guiar de V. Mag. Quam Deus, etc. Reverso . — Luis Pedrol supplica 
lo el Almirante de Nápoles. — Supplica por privilegio para poder 
imprimir las obras de Ausías March poeta catalán que las ha reco- 
pilado y enmendado con gran trabajo por tres años que otro no las 
pueda vender en vuestros reinos de Mag. — fíat. — Que se vea pri- 
mero por alguna persona que... — Archivo de la Corona de Aragón: 
Colección de Cartas y Memoriales. 


FIN. 


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